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Empacho de vulgaridad

Como dijo Arthur Schopenhauer: “La gente vulgar solo piensa en pasar el tiempo; el que tiene talento… en aprovecharlo”. He aquí una fabulosa sentencia: la correcta gestión del tiempo está vinculada a la optimización del talento. El famoso Carpe Diem se alza como lema de quien tiene sana ambición, ilusiones y proyectos que materializar. El espíritu que busca la excelencia tiene hambre de conocimiento, y no se conforma con observar el movimiento de las agujas del reloj. La vulgaridad es, por ende, compañera de la simpleza (que no de la simplicidad), rasgo común de aquellos que no ven más allá de sus narices y funcionan por inercia. Lo malo es que hay un auténtico empacho de vulgaridad, un inaudito empalago de ramplonería.

El miedo a la oveja negra

Desde las escuelas de negocios se nos repite que, para destacar entre otros profesionales, es imprescindible crear una marca personal potente y saber comunicarla a través de los medios adecuados. Si ofreces lo mismo que los otros – nos dicen – serás uno más, así que debes potenciar la diferenciación. En teoría, ser diferente es cualidad sine qua non para tener más posibilidades de alcanzar el éxito. En la práctica, decir o hacer algo que no se ajusta a lo políticamente correcto provoca ser calificado de “oveja negra”. La cuestión es que, al no mimetizarse con el rebaño, la oveja negra es peligrosa… y poderosa. El poder de la oveja negra reside en que no teme a las ovejas blancas, y ese poder inspira muchísimo miedo.

Más salud y menos hipocresía

A mi alrededor observo ansia por recuperar dinero y tiempo perdido. La pandemia nos dejó, y nos deja, ganas y necesidad de compensar todo lo que quedó atrás. ¿Todo? Quizás, para quien solo perdió dinero (que no es poco), sea hora de resarcirse. Pero, ¿dónde quedan las expectativas, los alicientes y la pasión? Ay, amigos… Más que en la cuenta corriente, esta crisis ha hecho estragos en las cabezas y los espíritus.

La perfecta imperfección (It´s ok not to be ok)

Soy una líder, y estoy cansada. Es un agotamiento físico, mental y emocional que me ha obligado a bajar el ritmo (elegante eufemismo para referirme a mi parón en seco) después de largos meses de esfuerzo y tensión acumulada. El viento huracanado que me daba alas ha comenzado a amainar, así que me he autoimpuesto medidas para lidiar con el exceso de responsabilidades y el calor de 40º que asfixia el entusiasmo: silencio, soledad y meditación. Sé que estas medidas me ayudarán a encarar las situaciones que escapan a mi control.

Elogio de la vida canalla

Vivimos en un mundo en el que la doble moral campa a sus anchas, protegida por el escudo de lo políticamente correcto. Talibanes de la norma y fariseos de valores baratos predican su mensaje de saber estar y estricto régimen protocolario cuando, en realidad, no tienen ni idea de lo que significa la palabra “clase”. Porque hay individuos que rompen las reglas con tanta naturalidad y gracejo que convierten esa elegante rebeldía en elemento característico de su marca personal. La vida canalla, que a muchos les gustaría disfrutar aunque no lo reconozcan, es la que han elegido llevar los indómitos, almas libres que encaran la existencia desde una perspectiva muy singular.