La perfecta imperfección (It´s ok not to be ok)

Soy una líder, y estoy cansada. Es un agotamiento físico, mental y emocional que me ha obligado a bajar el ritmo (elegante eufemismo para referirme a mi parón en seco) después de largos meses de esfuerzo y tensión acumulada. El viento huracanado que me daba alas ha comenzado a amainar, así que me he autoimpuesto medidas para lidiar con el exceso de responsabilidades y el calor de 40º que asfixia el entusiasmo: silencio, soledad y meditación. Sé que estas medidas me ayudarán a encarar las situaciones que escapan a mi control.

Problemas, circunstancias adversas, acontecimientos imprevistos, accidentes… En efecto, no podemos controlarlos, pero sí podemos desarrollar la resiliencia, que supone un aprendizaje y conlleva un crecimiento personal y una demostración de la fuerza del alma que nos hace contemplar el mundo con otros ojos. Ser resiliente es tomar consciencia tanto de nuestra fragilidad como de nuestros recursos para recuperarnos de una tragedia. Sin embargo, la resiliencia llevada al extremo muta a competencia desadaptativa: al sobreestimar nuestras facultades, nos adentramos en terreno pantanoso.

Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido, El hombre en busca de sentido último y En el principio era el sentido, nos habló de que la vida es digna de ser vivida incluso cuando existe sufrimiento, ¡precisamente a través de ese sufrimiento! La diferencia entre el individuo común y el hombre extraordinario reside en la actitud que se adopte ante la desgracia. Somos dueños de nuestras decisiones, actos y omisiones, y aunque no poseemos el don de escoger las cartas con las que nos obsequia la existencia, sí podemos elegir cómo jugarlas. Para Frankl, el sentido de la vida es encontrar un propósito: si conocemos un por qué, siempre hallaremos un cómo.

La cuestión es que, a  veces, la fatiga nubla nuestro juicio. ¿Qué ocurre cuando tu identidad se desdibuja? ¿Qué sucede cuando dudas de que tu propósito vital sea x? ¿Y si, de repente, ya no te apasiona aquello por lo que has luchado durante tanto tiempo? Es necesario expresar las emociones, sentimientos, ideas y pensamientos que nos asaltan en nuestras horas más bajas. El autoconocimiento y el abrazo al yo permiten establecer “líneas rojas” que no debemos cruzar, so pena de dañar nuestra salud física, mental, emocional y espiritual. Somos humanos, no superhéroes. ¡Somos perfectamente imperfectos! La manifestación de la debilidad es, en verdad, una muestra de seguridad y fortaleza. ¡Está bien no estar bien! It´s ok not to be ok!

Mantenerse al pie del cañón, aguantando impertérritos los envites del Destino, nos pasa factura. Es entonces el momento de frenar y perdonarnos. Perdonarnos por haber forzado la máquina, por no haber sabido (o querido) escuchar la voz del espíritu que rogaba descanso. Se trata de una autocompasión sana, que nada tiene que ver con el victimismo o la culpa, sino con la adecuada identificación y gestión de nuestras emociones. ¡Hay que practicar la bondad hacia uno mismo, como sublime acto de amor propio!

Al abuso de la resiliencia en la vida analógica se suma la presión a la que nos somete la vida digital. “Dientes, dientes”, cuerpos de infarto, ropa de marca, familia ideal y éxito profesional. Nos convertimos en hologramas insensibles y patéticos, y corremos el riesgo de que la frontera entre persona y personaje se difumine. Es lógico que, a medio-largo plazo, y a causa de la exhibición aparentemente pluscuamperfecta del hacer y el tener, se produzca un cortocircuito en el ser. Mantener la apariencia de una continua felicidad exige un gasto energético brutal y terrible. Reconocer que sufrimos, pedir ayuda y desahogarnos es una magnífica catarsis que nos devuelve la armonía interior. Cuando la esencia grita “¡Basta!”, la matrix calla.

La pandemia continúa haciendo estragos en todo el mundo. Seguimos enfrentándonos a un enemigo invisible que posterga una y otra vez la consecución de nuestros objetivos. Vivimos en una incertidumbre abrumadora, y hasta los más curtidos especialistas en salud mental coinciden en afirmar que jamás habían visto tal incremento en número de casos de ansiedad y depresión. El implacable tic-tac del reloj resuena como un trueno que se estrella contra el océano. Estamos perdidos en un mar de respuestas huecas y vacilantes. El único absoluto que encontramos entre tanta relatividad es la aceptación de que estamos mal, y tenemos derecho a sentirnos así. “Todo irá bien” es un mantra que, en ocasiones, resulta tan falso como contraproducente. ¡No hay ninguna garantía de que todo irá bien! Optimismo realista, siempre; pensamiento positivo radical, nunca.

La conclusión es que los seres humanos  tenemos días buenos, malos y regulares, y es ridículo fingir alegría cuando la tristeza se apodera de nosotros. Esa tristeza es circunstancial y, afortunadamente, tiene fecha de caducidad, pero también es muy real, se siente aquí y ahora y merece consideración y respeto. Yo he decidido activar el modo “vacaciones cerebrales”. Porque lo necesito, porque me da la gana y porque estoy orgullosa de mi perfecta imperfección.

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Elogio de la vida canalla

Vivimos en un mundo en el que la doble moral campa a sus anchas, protegida por el escudo de lo políticamente correcto. Talibanes de la norma y fariseos de valores baratos predican su mensaje de saber estar y estricto régimen protocolario cuando, en realidad, no tienen ni idea de lo que significa la palabra “clase”. Porque hay individuos que rompen las reglas con tanta naturalidad y gracejo que convierten esa elegante rebeldía en elemento característico de su marca personal. La vida canalla, que a muchos les gustaría disfrutar aunque no lo reconozcan, es la que han elegido llevar los indómitos, almas libres que encaran la existencia desde una perspectiva muy singular.

Estos personajes de vida canalla exprimen las horas más allá de los límites del tiempo. Tienen por costumbre irse a la cama cuando la ciudad comienza a despertar: cerrar los bares y abrir las puertas del duermevela forma parte de su cotidianidad. Se zambullen en los espacios oníricos donde les sumergen los vapores etílicos y, a veces, alucinan con otras sustancias de cuyo nombre no quiero acordarme. Enamorados del amor, con frecuencia histriónicos y salvajes, que olvidan llenar la nevera porque están demasiado ocupados cultivando el jardín de su universo interior.

Sostienen desafiantes la mirada, crápulas de discurso elevado y extraordinaria inteligencia. Sus arrugas son testigo y consecuencia de la alegría más desbordante y la decepción más amarga. Sus juergas y frustraciones los han encumbrado a la categoría de mitos, deidades que protagonizan gloriosos textos y sublimes melodías. Son, en fin, ídolos de carne y piel, quizás más delicados que el resto de los mortales, y a quienes la Historia acoge entre sus brazos como una madre acuna a su hijo recién nacido.

Tenemos numerosos exponentes de vida canalla, tanto a nivel patrio como internacional, y los encontramos en todas las épocas. ¿Cómo ignorar las innumerables correrías de Giacomo Casanova o las comprometidas  amistades de Frank Sinatra? ¿Qué extraña melancolía envolvió al ambiguo Lord Byron, considerado aun hoy prototipo del poeta maldito? ¿Cómo resistirse al carisma de Jaime de Mora y Aragón, aristócrata y actor, figura imprescindible de los años dorados de Marbella, municipio de cuya Oficina de Turismo llegó a ser el responsable? ¿Qué sería de Joaquín Sabina sin sus “cenicientas de saldo y esquina” o sin su “princesa de la boca de fresa”? ¿Acaso alguna influencer o famosilla de tres al cuarto puede compararse con Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, que se bebía el agua de los floreros en cada escapada a Madrid y toreaba vaquillas sin despeinarse? ¿Cómo olvidar a Sara Montiel deleitándose con el sabor y el aroma de un buen puro?

Caballeros y damas que esgrimen la espada de la osadía, defendiendo con uñas y dientes su feudo de libertad, que no de libertinaje. Porque la vida canalla se confunde a menudo con la perversión y la ruindad, pero son conceptos muy dispares: el pícaro hace de su capa un sayo y hace lo que le da la real gana sin lastimar a los demás. Ahí radica la diferencia entre un desalmado malasangre y un magnífico granuja. El canalla que define el Diccionario de la Real Academia y el que yo ensalzo son radicalmente opuestos. El golfo con encanto y la reina sin corona son especies en peligro de extinción. Por eso despiertan admiración, y por eso nos duele cuando alguno de ellos abandona las jaranas terrenales para seguir la fiesta en el Más Allá. Sí… hay canallas y canallas. Aquel cuyo atractivo hoy ensalzo resulta irresistible porque esconde, en el fondo (muy en el fondo) un corazoncito sensible y ávido de ternura. Quizás fue la soledad no escogida la que les moldeó esa imagen aparentemente fría y superficial o, tal vez, fue la mala reputación ganada a pulso la que les condenó a la soledad.

Es imposible mantener una perenne conducta ejemplar. Hay reglas que están para cumplirse y hay otras que están para romperse, y lo importante es saber cuándo y cómo. Ya Aristóteles hacía malabares con la inteligencia emocional cuando dijo:

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

 

Si aplicamos la inteligencia emocional al cumplimiento de las normas y su hipotética vulneración, obtenemos las palabras del Dalai Lama:

“Aprende las reglas y así sabrás cómo romperlas apropiadamente”

 

Quien lleva una vida canalla ha roto mil y una reglas y eso le hace feliz, teniendo en cuenta que la felicidad no es una emoción (breve, intensa y pasajera) sino un estado y, por tanto, implica perdurabilidad. ¿Esto significa que para ser feliz hay que pasarse el día de parranda? En absoluto. Lo que digo es que a nuestro cuerpo, cerebro y espíritu les viene de lujo romper de vez en cuando las ataduras del corsé que otros nos imponen. Hay que liarse la manta a la cabeza, dar una patada al suelo… ¡y que salga el sol por Antequera!

Si queremos avanzar, tendremos que romper las reglas en alguna ocasión. Bienvenida sea la vida canalla si con ella adquirimos conocimiento, habilidad y experiencia. Recibámosla con gusto si nos trae una mayor creatividad y sensibilidad. Gocémosla y salgamos de nuestra aburguesada zona de confort, abramos la mente y dejémonos sorprender por lo inesperado. Que el miedo a las lágrimas no nos impida contemplar la belleza que nos aguarda fuera de la caverna. Desde la humanidad más desbordante, permitámonos cometer errores y caer, y así nos levantaremos mejores y más fuertes. Tal vez no pasaremos a la Historia como sí han hecho otros, pero podremos decir bien alto: “Que me quiten lo bailao”. Como afirmó la oradora motivacional Mary Lou Cook:

“Para abrir nuevos caminos, hay que inventar; experimentar; crecer, correr riesgos, romper las reglas, equivocarse… Y divertirse”

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El ego y esa amante inoportuna que se llama soledad

Algunas veces, cuando aún no había irrumpido en nuestras vidas esta vorágine pandémica, me sentía perdida entre calendarios. No sabía el motivo de tanto malestar, aunque tal vez fuera la sensación de que algo grande estaba a punto de llamar a la puerta, pero tardaba demasiado. Quería hacer, quería tener, y quería parecer… aunque no sabía muy bien el qué. Hasta que comprendí que mi ansiedad era provocada por un duende travieso llamado ego, que me mantenía alejada de un amigo fiel denominado yo, utilizando la trampa del perfeccionismo y la promesa de una buena reputación.

Decidí, un buen día, que no perdería más tiempo buscando y dejaría que ese algo grande me encontrara a mí. Me reconcilié con mis defectos y virtudes y me premié por mis logros, grandes o pequeños, porque entendí que siempre habría alguien que podría hacer, tener o parecer más o mejor que yo, pero nunca ser como yo.

Cuando se afronta la existencia desde el ser, y merced a la calma que otorga la sana autoestima, nace una infinita compasión hacia el conjunto de la humanidad. Se trata de una compasión cimentada en la idea de misericordia y solidaridad, sin connotaciones peyorativas que remitan a desigualdades. El ego nos hace creer que somos el ombligo del mundo y, aunque somos excepcionales en nuestra unicidad, nuestra valía como especie se equilibra gracias a la dignidad y libertad innatas al ser humano. ¡Cuánta compasión encontramos en un abrazo sincero o en un silencio cómplice!

Atreverse a vivir desde el yo y no desde el ego implica tomar consciencia de tres realidades:

  • Lo que hago no me define
  • Lo que tengo no me define
  • Lo que opinen de mí no me define

Ser yo significa que soy la misma persona haga lo que haga, tenga lo que tenga, opinen lo que opinen. Aceptarse a sí mismo conlleva amarse sin reproches y sin condiciones, como únicamente puede conseguirlo quien conoce la diferencia entre estar solo y sentirse solo. Surgen del abismo de mi memoria los versos escritos por el maestro Joaquín Sabina, y que integran el estribillo de su canción Que se llama soledad:

Y algunas veces suelo recostar

Mi cabeza en el hombro de la luna

Y le hablo de esa amante inoportuna

Que se llama soledad.

En principio, resulta paradójico utilizar en la misma frase las palabras “amante” y “soledad”, pero su unión cobra sentido si (además de rendirnos ante el genio del compositor) reflexionamos acerca de nuestra naturaleza. La soledad elegida voluntariamente es bálsamo para las heridas emocionales y las provocadas por el estrés. La soledad impuesta, por el contrario, es un veneno que marchita el corazón y amarga la cotidianeidad. De ahí el terror que despierta la posibilidad de un nuevo confinamiento domiciliario: nos separan, nos aíslan y nos roban la libertad de escoger, imponiéndonos una soledad que acarrea angustia y tristeza extremas, y que es origen de numerosas enfermedades físicas y psicológicas. El individuo está diseñado para vivir en sociedad e interactuar con sus semejantes, pero puede sentirse solo en medio de una multitud, como una gota de agua en la inmensidad del océano. El hombre tiene derecho a estar solo si así lo desea, pero el sentimiento de soledad quiebra las mentes más poderosas.

Apegarse a la pareja y responsabilizarla de nuestra felicidad, como teórica cura frente a la soledad, es una actitud egoísta y errónea. Las parejas más felices son aquellas cuyos miembros, independientemente de un proyecto de vida común, tienen sus particulares ilusiones, propósitos y expectativas. El fundamento del amor en pareja se halla en el amor propio, que permite al sujeto establecer una relación de respeto y confianza con el otro. Si una relación se asienta en la frivolidad, el interés o la hipocresía, significa que el ego es el elemento dominante y no existe auténtico amor. Al fin y al cabo, como dijo Albert Camus: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”.

Amarse a uno mismo es el antídoto para que la toxicidad del ego no nos convierta en carcasas vacías, usuarios compulsivos de redes sociales, ávidos de likes y followers. En esta colosal feria de las vanidades, donde la reputación se basa en el hacer y el tener, el ser queda relegado a un segundo plano. Las redes sociales deben utilizarse con elegancia y prudencia, para transmitir mensajes que contribuyan a hacer del mundo un lugar más hermoso, y no para alardear de esto o aquello. Hay que ser muy valiente para rebelarse contra la ordinariez e ignorar los groseros comentarios de la masa de incultos que invade internet. Incluso cuando ya hemos aprendido a vivir desde el yo, hay que seguir reforzando nuestro autoconcepto y la actitud de agradecimiento hacia quienes nos rodean: el ego dormita agazapado en cualquier rincón y el murmullo más aterciopelado puede romper su letargo. Por eso, cuando la tentación de sucumbir a la jactancia pronuncia mi nombre, le ordeno que no levante la voz.

Ese algo grande que buscaba con ahínco emergió el día que dejé de pensar demasiado y comencé a vivir. El ego cayó de su pedestal y la soledad no fue nunca más una amante inoportuna. Cuando encontramos ese algo grande, la energía se concentra en el propio círculo de influencia, relegando el hacer, el tener y la reputación a diminutos rincones del tiempo y el espacio. Ese algo grande, en fin, es la felicidad de regresar, como arrepentidos hijos pródigos, al hogar donde reside nuestra esencia: el yo.

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La neurociencia en la empresa: del neuromarketing al neuroliderazgo

La neurociencia ha irrumpido con una fuerza extraordinaria en el mundo de los negocios. Los resultados que arroja el estudio del cerebro son un valiosísimo material que, puesto al servicio de la economía, la administración de las empresas y la gestión del factor humano, impacta muy positivamente a la hora de desenvolverse con soltura en cualquier sector del mercado. El cliente de una empresa es un ser eminentemente emocional, exactamente igual que un directivo. La neurociencia, por ende, es clave para aumentar el bienestar de los profesionales y la rentabilidad de la entidad.

A través de las distintas estrategias de comunicación, empresas e instituciones buscan desesperadamente diferenciarse de su competencia. Entramos aquí en el terreno del neuromarketing, definido como la aplicación de las técnicas de la neurociencia al marketing con el objetivo de conocer y comprender los niveles de atención que las personas muestran a diferentes estímulos. Aún existe cierta creencia generalizada de que el objetivo de muchos estudios de neuromarketing no es conocer cómo funciona el cerebro del consumidor, sino buscar, mediante técnicas neurológicas, estrategias de engaño emocional. Sin embargo, es necesario concienciar a expertos y público de que el neuromarketing no acude a la manipulación, sino a la investigación y posterior utilización de instrumentos de persuasión y seducción en base a los resultados del estudio previo.

Si el neuromarketing ayuda a identificar qué es lo que emociona a las personas, el marketing de experiencias va un paso más allá y lo pone en práctica, ofreciendo a cada individuo una auténtica vivencia personalizada a fin de establecer una conexión directa entre la empresa y el público que desemboque en la percepción de una imagen determinada, la ganancia de una buena reputación y el establecimiento de un nexo emocional.

A su vez, vinculado al marketing de experiencias se encuentra el marketing relacional, que consiste, como su propio nombre indica, en la humanización de la relación entre la empresa y sus diferentes públicos. Un buen resultado de marketing relacional pasa por establecer relaciones mutuamente rentables con los distintos perfiles para cosechar más éxitos, ya que la diferenciación de la entidad depende, en gran medida, del trato individualizado al cliente, gracias al cual este percibe valor y preocupación por su bienestar.

Una vez que las organizaciones constataron las ventajas que las neurociencias aportaban al marketing empresarial, inevitablemente surgió otra inquietud: si funciona con el cliente, ¿por qué no aplicar la neurociencia para gestionar la empresa de manera más eficaz? Y así nació el neuromanagement, cuyo objetivo no es constreñir el potencial de los profesionales, sino todo lo contrario: a la mayor eficiencia y consecuente mayor productividad del ejecutivo se suman unas más fluidas relaciones entre los miembros de un equipo y los empleados de la empresa en general, un aumento de la motivación y la disminución de conflictos. La aplicación adecuada del neuromanagement es garantía de incremento de la creatividad y la concentración, favoreciendo la solución de los problemas con rapidez.

Cliente y líder de equipo, ambos son imprescindibles para la supervivencia de la entidad y su posicionamiento. Esta premisa es la que ha llevado a las organizaciones a interesarse por las neurociencias y aplicar sus descubrimientos para dar forma al concepto de neuroliderazgo. Un neurolíder se caracteriza por reaccionar veloz y eficazmente ante situaciones imprevistas o de crisis, moverse con total soltura en el medio digital y poseer una extraordinaria flexibilidad. Para ello se requiere un cerebro ágil, una marca personal potente sustentada en fuertes valores y principios, y el firme propósito de ofrecer cada día la mejor versión de uno mismo.

Durante décadas se creyó que la única base para la acertada dirección de una empresa residía en lo racional, y es cierto que las reglas científicas resultaron muy beneficiosas en su momento. Sin embargo, en la actualidad, el ámbito de los negocios es extraordinariamente complejo y cambiante. Las organizaciones se mueven en lo que se conoce como entorno VUCA (volatility, uncertatinty, complexity ambiguity; en español, volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad). Ya no rigen las normas de antaño y muchas veces es necesario quebrar las establecidas para garantizar la supervivencia empresarial. Para encarar las dudas y los altibajos del mercado con aplomo, la persona necesita el conjunto integrado por su pensamiento lógico, su estabilidad emocional y su grandeza espiritual.

En comparación con el neuromarketing, el neuromanagement y el neuroliderazgo aún se encuentran en fase de perfeccionamiento. No obstante, es indiscutible que la gestión empresarial exige un conocimiento exhaustivo de cómo funciona el cerebro tanto de los consumidores como de quienes dirigen el rumbo de la empresa y prestan sus servicios en ella, porque así se lograrán pingües beneficios tangibles e intangibles.

En resumen, el profesional debe tener claro que la racionalidad es imprescindible en el mundo de los negocios, pero no es la única pata de la mesa, ni mucho menos. Ante un cambio de paradigma, se exige un cambio de mentalidad, visión y acción. Resulta primordial, en un ambiente fluctuante e incierto, recurrir al plano consciente pero también al inconsciente, pues la ordenación de los pensamientos que precede a la toma de decisiones es la última fase de un proceso que comienza en las profundidades de la psique.

 

Fuente de la imagen: https://academialaspiramides.files.wordpress.com/2016/04/homer-simpson-pensando.png

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Una noche cualquiera

24 de diciembre, Nochebuena. Brota cierta nostalgia y desazón cuando se contempla el movimiento de las agujas del reloj. Tal vez la frase que mejor me defina sea “Érase una mujer a un reloj pegada”, como coloquial revisión del soneto de Quevedo. Tiempo…. Y salud. Esos son los verdaderos regalos de esta Navidad. Porque son escasos y se deslizan raudos como agua entre los dedos, porque son finitos y absolutos y no podemos controlarlos. La gestión del tiempo es una utopía, pues él fluye ajeno e indiferente a nuestras circunstancias y deseos. La buena salud es un extra que casi siempre viene de serie y que desaparece a poco que nos descuidemos. Ahora tenemos la oportunidad de apreciar el tiempo y la salud como se merecen.

Este año, he crecido a nivel emocional, espiritual y profesional. Mi familia se encuentra bien. He conocido a expertos en múltiples disciplinas que me han regalado su experiencia y sabios consejos. Tengo un techo bajo el que dormir y mi frigorífico está lleno. Mis amigos son nobles y leales. Tengo un trabajo que me permite vivir con dignidad y mi primer libro está a punto de publicarse. Los míos y yo hemos aprendido a lidiar con las ausencias y hace muchas Navidades que brindamos por los que se han ido, por lo que estamos aquí y por los que aún tienen que llegar. Por supuesto, entiendo que hay personas con graves problemas, pero la adversidad no es mayor durante una noche concreta; sólo la magnificamos. Sé que los reencuentros son especialmente emotivos en estas fechas y es fantástico dar de comer a medio árbol genealógico entre risas y achuchones, pero el calendario tiene otros 364 días en los que se puede hacer lo mismo. Así que, ¿de verdad tenemos derecho a quejarnos por una Nochebuena diferente? La melancolía es habitual compañera de juegos de la Navidad. Quizás, este 24 de diciembre gane una batalla muchos hogares, pero, por favor, no le permitamos ganar la guerra.

Me sobran el pavo relleno, el belén y la zambomba. Toda esa voluptuosa parafernalia está de más en un año en que lo principal es celebrar la vida. Es muy hermoso sentir alegría, mas, a veces, la carcajada resuena demasiado fuerte. Creo que la Navidad se ha desvirtuado hasta transformarse en una caricatura de sí misma. Todo es excesivo y delirante, nos invade lo kitsch y se impone la obligación de ser feliz. Tomemos consciencia: lo importante es qué se celebra, y no cómo se celebra ni dónde.

En cuanto al quién, estoy segura de que habrá más de uno que dé gracias por no tener que compartir mesa con el cuñado jartible ni con la suegra metomentodo. Esta Nochebuena, extraña para muchos, será para otros un bálsamo de calma y tranquilidad, libres de compromisos familiares y cenas multitudinarias que sólo acaban de tres formas: con borrachera, con discusión o con indigestión (o con todas). Hay personas que son metralletas pelando y comiendo gambas. Tendrían que acudir a uno de esos concursos de talentos en los que un individuo se desliza como si tal cosa cabeza abajo por una barra vertical, o una chiquilla de siete años borda la Habanera de Carmen, de Bizet. También se antoja insufrible aguantar la verborrea incesante del primo Fulanito presumiendo de su éxito entre las mujeres, o soportar estoicamente la mirada y dedo inquisidor de la tía Menganita repitiendo que se te va a pasar el arroz como no te eches novio pronto. Aunque estos personajes parezcan estereotipos, juro que son reales, que sus estómagos son pozos sin fondo y que suelen olvidar la vergüenza y el decoro en sus casas.

Descerebrados los ha habido, los hay y los habrá. No me sorprenden las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes malgastando el tiempo y jugándose la salud en fiestas clandestinas, sin mascarillas y sin respetar las medidas de seguridad. Me gustaría que los medios de comunicación, en lugar de bombardearnos con este tipo de material audiovisual, contribuyeran a mantener la fe y la esperanza. Mi abuela decía: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una jarra de vinagre”. A ver, oiga, no me eche más broncas ni me deprima con cifras desoladoras. Llevamos muchos meses con la misma cantinela. La clase política sigue dando palos de ciego y exhibiendo su incompetencia, incapaces de evitar la tragedia, ¡Estoy harta de restricciones y de toques de queda! Yo, y todos los españoles, y todos los ciudadanos de este pobre planeta. Ahora es momento de insuflar ánimos y energía. Necesitamos paz, tranquilidad y, sobre todo, amor, que es el antídoto del miedo. Hay tanto pánico en el ambiente que pretendemos eliminarlo a base de juerga y desfase, cuando lo único que puede neutralizar su poder es el amor.

Ha sido un año muy duro, y lo que nos queda. No es necesario reunir a 30 comensales para demostrarles que los amamos a todos. Ellos ya lo saben. A través de la historia, los obstáculos han sido el aliciente que nos han empujado a avanzar. Somos seres gregarios y sociales, pero en la Naturaleza no sobreviven los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan a las circunstancias. Sí, es cierto que la Nochebuena del 2020 será distinta a las del pasado, pero adaptémonos a los que nos ha tocado y así multiplicaremos las probabilidades de que la Nochebuena de 2021 vuelva a ser lo que consideramos “normal”.

Los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, mientras que los no creyentes hacen lo propio con el solsticio de invierno o se limitan a disfrutar de un período de descanso vacacional. Sea como fuere, lo cierto es que todo ello remite a una misma idea: la luz. Es época de renacimiento, de amanecer y esplendor. Y me refiero a una chispa interior, no a la vorágine consumista y estridente de la Navidad mediática. Este año no es posible armar la marimorena en 50 metros cuadrados, pero no nos hundamos en el pozo de la negatividad. Hay mucho por lo que dar las gracias, aunque esta Nochebuena sea una noche cualquiera. Feliz Navidad.

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