En los años 70, la colaboración entre Richard Bandler y John Grinder dio lugar al nacimiento del metamodelo de comunicación denominado “programación neurolingüística” (PNL). Desde entonces, se han publicado diversas obras a favor y en contra de esta disciplina. ¿Por qué tanta polémica y revuelo? Pues por una sencilla razón: a pesar de múltiples experimentos y estudios, la PNL no ha conseguido demostrar que exista un paradigma perfecto de comunicación que controle e identifique cada matiz del lenguaje.

Ya sabemos que la inteligencia emocional, gracias al entrenamiento de unas habilidades concretas, nos permite gestionar de forma apropiada las emociones propias y aumentar la calidad de nuestras relaciones interpersonales. Se afirma que la programación neurolingüística está íntimamente vinculada a la inteligencia emocional porque proporciona un modelo de aprendizaje y comprensión de las emociones. Joseph O´Connor y John Seymour, en su libro Introducción a la PNL, llegan a definirla como “el arte y la ciencia de la excelencia”. No obstante, el arte, tal y como yo lo entiendo, es creación de belleza de manera efímera y pasajera. Un cuadro permanece, pero el momento de pintarlo no puede repetirse. El artista expresa sólo una vez sus emociones y sentimientos cuando crea la obra, y aunque una pieza musical pueda interpretarse una y otra vez, el instante de su composición es irrepetible. Pero si al seguir un método tratamos de reproducir un axioma supuestamente infalible, ¿qué espacio queda entonces para la inspiración y espontaneidad con las que nos obsequian las musas?

Por otra parte, dado que no se han formulado teorías concluyentes o irrefutables sobre la efectividad de la programación neurolingüística, estimo muy atrevido incluirla en el conjunto de las ciencias exactas. La PNL intenta conjugar tres elementos: el funcionamiento del cerebro después de percibir el mundo a través de los sentidos, la construcción del lenguaje verbal y el papel del lenguaje no verbal, y la forma de organizar nuestras ideas y pensamientos para obtener unos resultados. Sus defensores insisten en la existencia real y comprobable de un patrón que representa la excelencia, y nos indican cómo hacer para alcanzar ese patrón. El qué permanece en un segundo plano mientras que el foco de atención se centra en el cómo. Y yo me pregunto: si sólo se trata de repetir patrones de comportamiento, ¿qué mérito tiene la consecución del objetivo? Si son las diferencias las que enriquecen y aportan valor al mundo, y son precisamente estas diferencias las que nos proporcionan opciones, ¿qué sentido tiene, pues, seguir un esquema cuadriculado?

Considero que en las investigaciones sobre PNL debería realzarse la figura del inconsciente, porque, aunque se le reconoce cierta importancia, es obvio que el arquetipo aprender a aprender se apoya demasiado en ese saber cómo. Estoy de acuerdo con la idea de que cada persona elabora su propia realidad (El mapa no es el territorio) y que estamos transmitiendo un mensaje incluso cuando permanecemos en silencio (Es imposible no comunicar), y por ello me resulta paradójico establecer estándares para alcanzar la excelencia. Yo veo la programación neurolingüística como una herramienta de coaching, un método dentro del método, porque no olvidemos que el coaching es una metodología. El coaching es la base y la PNL una simple herramienta, porque ésta, por sí sola, no sería capaz de inducir cambios efectivos y sostenibles.

Una curiosidad: este modelo destaca igualmente la importancia del fracaso. No seamos hipócritas: a todos nos gusta que los planes salgan bien. Un fracaso puede encararse con una u otra actitud, pero seguirá siendo eso: un fracaso. Llamemos a las cosas por su nombre. Si de ahí podemos extraer una enseñanza positiva, estupendo, pero el chasco no nos lo quita nadie. Será necesario evaluar lo ocurrido, reflexionar acerca de los fallos y establecer una serie de correcciones para evitar futuras equivocaciones. Es decir: aprender a no fracasar otra vez.

La vida se asemeja a un licor agridulce, cuyo sabor evoluciona desde el amargor de los primeros sorbos a la delicia de los últimos. La vida es amarga cuando nos golpea con la incertidumbre y la desdicha, agradable cuando desarrollamos la habilidad de adaptarnos a sus vaivenes, y deliciosa cuando la aceptamos tal y como nos es dada. Lo sabroso de la existencia es reconocerla como un regalo y aferrarnos a los momentos buenos, porque los malos vendrán solos. No debemos dejarnos invadir por la euforia ni maldecir los contratiempos, sino, simplemente, ser. La cuestión es que los seres humanos tendemos a ocultar nuestra auténtica naturaleza incluso no conociéndola. Nos ponemos una máscara que lucimos brillante y hermosa ante los demás, se funde con nuestra piel hasta el punto de que ahoga el alma y engulle nuestro verdadero yo. Por eso, llega un momento en que sufrimos demostrando una y otra vez a los demás quién se supone que somos, y mientras, nuestra pureza se va adulterando.

En el momento que cada individuo entiende que es responsable de su vida, en el instante en que se identifica con la causa de lo que le ocurre y no como un mero efecto de los acontecimientos, es cuando cae de pie sobre la verdad. Son muy sabias las palabras de Antoine de Saint-Exupéry, autor de El principito: “Sólo lo desconocido asusta a los hombres. Pero una vez que el hombre haya enfrentado a lo desconocido, ese terror se convierte en lo conocido”. Si ya poseemos el conocimiento, ¿a qué temer? ¿Para qué temer?

La programación neurolingüística no es uno de mis temas favoritos. Soy una firme valedora de la búsqueda de la excelencia, pero me resisto a la idea de que ésta se consiga a través de un sistema establecido. Comparto la secuencia “saber lo que queremos – reflexionar sobre qué opciones tenemos – ponernos en marcha”, porque esto es puro coaching… pero es tan grande el poder que duerme en el interior de una persona, que un único modelo no basta para despertarlo.

Crítica y elogio de la Programación Neurolingüística (PNL)
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