A muchos les habrá entrado la risa al leer el título de este artículo. ¿Cómo es posible que, en tiempos de empleos precarios, salarios irrisorios y jornadas interminables, un funcionario se sienta frustrado? Teóricamente, cuenta con estabilidad laboral, sueldos dignos y horarios que posibilitan la conciliación entre la vida profesional y personal. Ello debería bastar para mantenerlo contento y a su máximo nivel de productividad. Parece que existiera una tácita obligación moral de sentirse pleno, de saberse un auténtico privilegiado si se compara su situación con los trabajadores de la empresa privada o por cuenta propia.

La cuestión es que un funcionario, antes que empleado público, es persona. Y como persona, su objetivo puede diferir muchísimo de las aspiraciones del funcionario que tiene sentado en frente. Hay quien cumple su sueño cuando aprueba unas oposiciones y obtiene plaza fija, mientras que, para otros, la consecución de dicha plaza es sólo un medio para seguir avanzando profesionalmente. Para alguien con inquietudes, sana ambición y ansia de proyección profesional, la frustración llegará, tarde o temprano, una vez se integre en la Administración Pública. Tomará conciencia de que lo más probable es que ése sea el puesto que ocupe durante el resto de su vida, ya que los concursos de traslado, promociones internas y comisiones de servicio se convocan muy de tarde en tarde, retrasan su resolución y con frecuencia son impugnados una vez dicha resolución se publica. 

A ello se añade el enchufismo o amiguismo, una práctica que ha existido, existe y existirá (por los siglos de los siglos), anteponiéndola a la cualificación y méritos del individuo. Es desesperante comprobar cómo las plazas vacantes no se asignan según los conocimientos, capacidades y aptitudes de cada funcionario, sino en base a la obsoleta baremación que prima la antigüedad. Por otra parte, la Administración Pública sigue sin tener en cuenta aspectos que en la actualidad son fundamentales para una óptima gestión del factor humano en cualquier organización: la inteligencia emocional y las soft skills o habilidades blandas de sus empleados: la identificación y autocontrol de las emociones, la capacidad para trabajar en equipo, la proactividad, la habilidad de liderazgo, la empatía, la asertividad… ni están ni se las espera. 

Esta situación desemboca en que, mientras funcionarios excelentes marchitan su talento haciendo fotocopias y rellenando bases de datos, otros no muestran el menor interés en aprender nada nuevo y se limitan pasar el tiempo hablando por teléfono y calculando los días que faltan para su jubilación. A menudo, los puestos de mando son ocupados por jefes que no saben ser líderes, individuos que no se ocupan ni se pre-ocupan por el bienestar emocional de los funcionarios que realizan las tareas más arduas y pesadas.

Ante este panorama desolador, es normal que el funcionario excelente, que acude cada mañana a trabajar guiado únicamente por su sentido del deber y de la responsabilidad, acabe frustrado. En consecuencia, su productividad disminuye, su carácter se agria, cae en el desánimo y el abatimiento, y el cansancio se refleja tanto a nivel físico como psicológico. El estrés y la ansiedad implican somatizaciones que derivan en enfermedad. Esta persona está sufriendo el síndrome del burnout. Ante nosotros tenemos un funcionario frustrado… y quemado, muy quemado.

¿Cómo recuperar la motivación perdida? ¿Qué hacer para levantarse cada mañana con una sonrisa en vez de arrastrar el cuerpo hasta la oficina? ¿Cómo sentir otra vez ilusión hacia el trabajo? Se le pueden dar muchas vueltas al asunto, pero la respuesta sólo es una: cambiando. ¿Y qué hay que cambiar? Aquí entra el juego el coaching como instrumento que impulsa a dicho cambio a través del autoconocimiento, el compromiso y la acción. El funcionario quemado, acompañado por el coach, tendrá de realizar un exhaustivo y sincero ejercicio de introspección, reconociendo sus miedos, identificando sus creencias limitantes, sustituyéndolas por otras potenciadoras, a fin de romper ese círculo vicioso de sufro-por-la-situación-pero-no-puedo-hacer-nada-para-cambiarla. He aquí un punto esencial: ¿realmente no puedo cambiar la situación? ¿De verdad? Entonces, la alternativa es que sea el funcionario el que cambie. Y cuando hablo de cambio, no me refiero a qué tiene o a qué hace, sino sobre todo, y en primer lugar, a quién es

Un proceso de coaching orientado al ser del funcionario puede ofrecer espectaculares resultados, desde un cambio radical de actitud hacia su puesto actual hasta romper los vínculos con la Administración y empezar una nueva etapa vital. Sea cual sea la decisión que tome el funcionario, debe estar cimentada sobre una percepción objetiva de la realidad, impulsada por un optimismo realista que reconozca y acepte los pros y contras de la opción elegida. Lo más importante es que dicha decisión persiga un objetivo alcanzable, realista, medible, sostenible en el tiempo, y que la persona se comprometa al 100% con el logro de ese objetivo. Ahí es donde nace la motivación: en el para qué. El funcionario excelente tiene necesidades de autoestima y autorrealización que, si no se satisfacen, provocarán un tsunami emocional que acabará por remover todo su mundo. Así que un sueldo digno no es suficiente, un horario decente no es suficiente, una estabilidad laboral no es suficiente. A la Administración Pública no le conviene alimentar su rol de vivero de funcionarios frustrados, porque entonces sólo conservará a los mediocres. Si ese funcionario aspira noblemente a la excelencia, sabrá aprovechar el proceso de coaching para recuperar la motivación, ser la persona que en verdad desea ser y conseguir sus objetivos profesionales. Aunque ello signifique solicitar una excedencia y abandonar la Administración temporalmente.

La frustración del funcionario
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