Fake news, cerveza y michelines

En un mundo donde los titulares de prensa rotan a la misma velocidad que las tendencias de moda, no resulta extraño que las fake news hayan establecido su imperio. Luchamos contra el coronavirus encerrándonos en pisos diminutos y consumiendo cantidades ingentes de información y de cerveza. Se disparan las ventas de harina y levaduras mientras los michelines aumentan de tamaño día a día. Incertidumbre, morbo y miedo juegan una partida macabra en la que la banca siempre gana. El ciudadano, por desgracia, pierde.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Führer cuando Adolf Hitler ostentaba el poder en Alemania, ha pasado a la Historia como orador al servicio del engaño y la destrucción. ¡Qué horror, usar la inteligencia para un fin tan mezquino! Goebbels no ocultaba su recurso a los embustes, afirmando categóricamente: “Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad”. Hitler no se quedaba atrás cuando aconsejaba: “Haz la mentira grande, hazla simple, continúa repitiéndola y finalmente se la creerán”. ¡Ay, el populacho! Como una marioneta, la masa es susceptible de mangoneo y por ello es tan peligrosa. El individuo que alza la voz exigiendo explicaciones es considerado una amenaza para el sistema y por eso se le acalla sin piedad, de manera fulminante.

Las fake news persiguen diferentes objetivos, pero todos ellos se integran en dos categorías: económicos y de reputación. En lo que se refiere al dinero, unos ganan y otros pierden; en lo relativo a la reputación, siempre hay un quebranto. La muchedumbre se limita a creer y repetir la noticia que acaba de leer en los mentideros de las redes sociales. ¿Para qué extender esos bulos?  ¿Para qué plantar semillas de miedo y odio? La cuestión es que por cada “clic” de un usuario que sufre la ansiedad de la duda, hay alguien que obtiene ingresos. Cuando el usuario navega por la red y comparte noticias falsas está contribuyendo a desvirtuar la realidad y se erige en un miserable portavoz de la falacia y la injuria.

Internet, bien utilizada, es un conducto ideal para acceder a información útil y veraz, pero usada con metas oscuras es portadora de calumnias (ya lo dijo Voltaire: “Calumniad, calumniad, que algo quedará”). En tiempos de la II Guerra Mundial no existían Internet ni las redes sociales, pero un discurso pronunciado por alguien con carisma arrastraba al vulgo hasta la enajenación. La fuerza de un gobernante reside, en realidad, en la fuerza de aquellos a quienes gobierna. Solo hay que saber hacia dónde orientarla y cómo sacar provecho de ella.

Desde el “Pan y circo” (Panem et circenses) que los emperadores de la Antigua Roma ofrecían al pueblo para así mantenerlos contentos y que no se inmiscuyeran en los asuntos de Estado, se han levantado muchas cortinas de humo para desviar la atención. Hay circunstancias que marcan la diferencia entre una nación gobernada con sabiduría y un país que navega a la deriva. ¡No debemos consentir que el Panem et circerses tenga su contemporáneo alter ego en un Estado de Bienestar corrupto! El pensamiento crítico del ciudadano se diluye en una amalgama de alcohol, azúcar y falsedad. La información es tergiversada y adulterada hasta tal punto que resulta creíble, precisamente, por lo descabellado de su contenido.

Recordemos cómo en 1938 Orson Welles hizo entrar en pánico a todo Estados Unidos cuando retransmitió por la radio una supuesta invasión extraterrestre. Junto a la compañía de teatro que él mismo dirigía, Welles se limitó a interpretar la novela La guerra de los mundos, del británico H.G. Wells. La apelación a las emociones y una fantástica estrategia comunicativa posibilitaron que 12 millones de americanos creyeran que estaban siendo invadidos por marcianos. Se vivieron intensas escenas de terror, con multitudes echándose a las calles y carreteras, huyendo hacia ninguna parte en medio del caos. Las fake news llegan tan lejos porque hablan a nuestro cerebro emocional, un volcán cuya erupción tiene la facultad de suscitar la alegría más desbordante y la desesperación más absoluta. El ataque extraterrestre era falso y, sin embargo, muchos lo creyeron cierto y reaccionaron con un pavor colosal. No nos riamos de ello… porque ya sabemos lo que puede ocasionar la lealtad ciega a un dictador.

El sensacionalismo es lo habitual en esta era de consumo masivo de noticias. La información se traduce en una serie de titulares a cuál más llamativo. A los pocos minutos, ese titular habrá sido sustituido por otro más agresivo, más provocador, más polémico. Hemos entronizado a la desinformación y le hemos otorgado autoridad para que influya en nuestras decisiones y actos. ¡Despojemos de credibilidad a las noticias inverosímiles que circulan por canales digitales! Solo así recuperará su prestigio la denostada profesión de periodista. La propaganda no es información y ni siquiera persuasión, sino manipulación.

Hoy, los minutos transcurren ante las pantallas del ordenador y el teléfono móvil mientras rumiamos patatas fritas por puro aburrimiento. Al mirarnos al espejo nos percatamos de los kilos que se van acumulando en la tripa o en las caderas, pero no tomamos consciencia del veneno que va intoxicando nuestra capacidad de discernimiento. La resaca de la cerveza desaparecerá y venceremos a los michelines con algo de ejercicio físico y dieta, así que no cedamos ante el bombardeo infame de las fake news. De lo contrario, estaremos enriqueciendo a aquellos que se aprovechan de quienes tienen hambre y sed de verdad.

Comparte en: