Los propósitos de Año Nuevo en la era del coaching

                Hoy acaba el año y tenemos por costumbre realizar un balance de los pasados 12 meses. Experimentamos emociones contradictorias y sentimientos encontrados cuando nos percatamos de que otro año se marchó, casi sin darnos cuenta, enfrascados en el alocado ritmo diario. Nos zambullimos en lo urgente y demoramos sine die proyectos e iniciativas que, año tras año, incluimos en la lista de buenos propósitos y quedan relegados a la cola de nuestras prioridades. Apenas hay tiempo para dedicarlo a lo realmente importante. Pero, ¿qué es lo verdaderamente importante?

                La procrastinación se hace dueña de la cotidianeidad. Una idea que no se lleva a cabo no cambia nada; un sueño que no se materializa no marca ninguna diferencia. Si no luchamos por lo que deseamos, ¿significa esto que hemos errado en la elección de los propósitos? Yo creo que más bien hemos confundido conceptos, ya que es posible fijar objetivos y realizar acciones que nos ayuden a su consecución, pero por encima de esos objetivos se encuentra un propósito superior, la fuerza que inspira cada paso y que nos empuja a levantarnos por más veces que caigamos.

                El propósito es la meta última de la vida y, en coaching, responde al a pregunta “¿Para qué?”. Si el individuo no sabe responder a dicha pregunta, tampoco podrá determinar los objetivos que le acerquen a la meta y que responden al “¿Qué?”, y mucho menos diseñar las acciones que posibilitan alcanzar los objetivos y que definen el “¿Cómo?”. Es muy divertido escribir listas llenas de buenos deseos, pero tengamos esto claro: esa lista no incluye propósitos, sino objetivos. El propósito sólo es uno y ocupa un lugar sobresaliente en nuestra hoja de vida, mientras que los objetivos pueden ser múltiples y han de cumplir la regla SMART: específicos, mensurables, alcanzables, relevantes y sostenibles en el tiempo.

                Si el propósito es aquello que nos mueve, significa que es energía, y no hay energía más poderosa que la emoción, del latín emotio, derivado del verbo movere. La emoción es energía en movimiento, y el coach acompaña al coachee a descubrir hacia dónde caminar. Quizás el miedo, las creencias irracionales y limitantes, o simplemente perseguir sueños ajenos en lugar de los propios, son la explicación al desconocimiento o abandono de nuestra meta. Lo maravilloso es que el propósito se mimetiza con nuestro sentido de ser, el significado del que dotamos a la existencia. Somos fácilmente manipulables si ignoramos quiénes somos; sin embargo, cuando tomamos consciencia de nuestro verdadero yo, también hallamos el auténtico sentido de nuestra vida. Ahí tenemos el propósito, la meta, el fin último que anhelamos y que nos insufla entusiasmo y vigor ante los obstáculos.

                Para que encajen las piezas de nuestro ser, hay que conocer el propósito, definir nuestra misión y visión, así como saber cuáles son los valores por lo que nos regimos. Mucho y bien se ha escrito sobre este tema y no quiero resultar repetitiva. Lo que sí me gustaría subrayar es que, cuando una persona piensa, siente y actúa en función de su propósito, su misión y visión, y con total fidelidad a sus valores, experimenta una inmensa felicidad. Es una felicidad que nace del interior, real, no derivada de placeres mundanos y eventuales, sino perenne y constante. La persona está alineada con su ser, con su significado de la vida, y ello le mantiene en un estado extraordinario: el sosiego del alma.

                ¡Fascinante! El propósito que nos impulsa favorece la serenidad del espíritu. A su vez, ejercitar la calma interior facilita el descubrimiento del propósito. Es una magnífica espiral de mejora continua, basada en una inicial toma de consciencia, el compromiso con objetivos SMART y la acción dirigida a la consecución de estos. Sin prisa pero sin pausa, como indica el kaizen coaching, avancemos con seguridad y coherencia hacia el destino que cada uno ha elegido para sí. Porque el hombre goza de un don divino que a menudo no aprovecha como debiera ni agradece lo suficiente: el libre albedrío. La libertad para pensar, sentir, decidir y actuar. La libertad para amar y ser amado, para descubrir su propósito y vivir en consonancia con él.

                El individuo ambiciona objetivos que son, desde una perspectiva lógica, imposibles de cumplir, y malgasta sus facultades y recursos persiguiendo quimeras. ¡Tanto potencial, talento y esfuerzo derrochados inútilmente! Ay, pero es que el hombre es espiritual, holístico, complejo, multidimensional, plétora de emociones, un misterio para sí mismo y guardián de razones que la razón no entiende. Ésa es la cuestión: resulta absurdo apelar a la racionalidad pura cuando se trata de aclarar el propósito de la vida. Es un elemento inmaterial, un asunto que trasciende el método científico y las capacidades del intelecto. Para encontrar el significado de la existencia y el sentido de ser hay que despertar hacia dentro y abrirse hacia fuera, escuchar el silencio y conversar en tácito diálogo con el único que posee la llave del alma: el yo.

                Esta noche de 31 de diciembre, cuando escribamos la típica lista de deseos, detengámonos un instante para reflexionar. En una imaginaria coctelera, mezclemos en justa medida la pasión, los acicates, el entusiasmo y la realidad. Añadamos un buen chorro de sentido común y otro pellizco de deseo. Agitemos sin miedo, sirvamos frío (que ya lo calentará el fuego de la ilusión) y bebamos a grandes sorbos, porque hoy estamos aquí, pero mañana quién sabe. Enhorabuena a quienes ya conocen su propósito, ánimo a los que están en camino de encontrarlo, y respeto a aquellos que ni siquiera se plantean buscarlo. A todos ellos, sin distinción alguna, ¡Feliz Año Nuevo!

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De líder a maestro: más allá de la excelencia profesional

Muchos hemos leído la obra de Stephen R. Covey “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”. La efectividad de las personas se comprende como algo que nace en el interior del individuo y se va desarrollando en sus relaciones con los demás hasta alcanzar la excelencia. Hay quien no conoce la existencia de otro libro del mismo autor: El octavo hábito”. Éste se define como descubrir la voz propia e inspirar a los demás para que encuentren la suya. Es decir, si los siete primeros hábitos conducían a la excelencia, el octavo nos llevaría a un nivel superior. ¿Y cuál sería ese nivel más allá de la excelencia? La grandeza.

No obstante, considero que este supuesto octavo hábito no es tal en sí mismo, sino que se trata de una consecuencia natural de la adquisición de los otros siete. La aventura más fascinante de una persona es desarrollar un sentido del yo, pero la consciencia se focaliza en transcender el ego y subordinarlo a un propósito superior, más grande que la meta personal. Cuando una persona crece, siente en su interior un ansia de continuar aprendiendo y ayudar a los demás a que también crezcan y aprendan. Una vez que la persona ha conseguido la grandeza, su impulso natural es el de ayudar a otras a que también la hallen. Es entonces cuando se transciende el liderazgo puro y nos adentramos en el terreno de la maestría.

El auténtico maestro es capaz de hacer ver a las personas lo mucho que valen y es ciertamente catalizador de movimiento, cambio y evolución. Para inspirar a los demás a encontrar su voz, hay que centrarse en el enfoque, gracias al cual se encuentran caminos, y en la ejecución, gracias a la cual se faculta a las personas para que sigan esos caminos. Todos conocemos las habilidades de un líder y no me detendré a enumerarlas. Simplemente, destacaré dos de ellas: la proactividad y la escucha activa. En este contexto, ser proactivo significa ayudarse a sí mismo, y para eso tiene que elegir actuar en su propio beneficio. Somos dueños de nuestras decisiones, acciones y omisiones, y si queremos saborear la grandeza es nuestra responsabilidad crecer como profesionales para después impulsar a otros. La escucha activa se concreta en comprender a los demás antes de que ellos le comprendan. Se instaura un delicioso equilibrio entre el despertar interior y la apertura al exterior, al entender que no hay contradicción entre la búsqueda de su bienestar y el deseo de la felicidad ajena. Un líder conquista la grandeza y se metamorfosea en maestro cuando, sin tener en cuenta su posición, elige inspirar a los demás a encontrar su voz. Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece. 

 Con respecto a la empresa, el supuesto octavo hábito es lo que distinguiría a las organizaciones éticamente responsables, que invierten en el bienestar de sus empleados, proveedores y clientes, y que son consideradas punteras en sus sectores. La situación profesional ideal que nos hace saltar de la excelencia a la grandeza es combinar voces, es decir, alzar mi recién descubierta voz y mezclarla con la voz de los demás, a los que he inspirado para encontrarla. La organización se tornaría en un grupo humano donde primase la confianza y la influencia de cara a la identificación de los empleados con los valores de la empresa. Perfecto, es lo idóneo, pero no siempre es posible. Por ejemplo, en un ambiente laboral donde la jerarquía se establezca siguiendo un patrón impositivo y los empleados no estén comprometidos con la filosofía e idiosincrasia de la organización, la combinación de voces no se conseguirá. Es necesario fomentar la comunicación transversal, ejercer un liderazgo democrático e inclusivo y que cada empleado, sea cual sea su lugar en el organigrama, tome consciencia de su valía.

Las organizaciones, aunque sean comunidades morales que interactúan con sus públicos, no tienen una voz propia, sino aquélla resultante del conglomerado de voces de sus empleados. Por ello, la grandeza (descubrir una voz propia e inspirar a los demás para que encuentren la suya), no puede aplicarse a entidades, sino únicamente a individuos. Es la persona quien busca respuestas, trabaja en su autoconocimiento, desarrolla su talento y optimiza su potencial hasta convertirse en líder y, en un momento dado, si va más allá de la excelencia, incluso en maestro.

Además, las redes sociales y los influencers tienen un tremendo peso en la percepción de la imagen de una empresa y la valoración que moldea su reputación. La hipotética grandeza de las organizaciones, sea cual sea la identidad que estas empresas han construido y que pretendan comunicar, es una construcción subjetiva que se elabora en la mente de sus públicos. Es una utopía pretender llegar a la grandeza empresarial sólo desde dentro. Lamento comunicarle a todos los gurús de la excelencia organizacional que, hoy por hoy, el poder para cimentar su imagen y su reputación no está en las manos de los directivos, sino en las del cliente.

En la actualidad, se habla mucho de programas de mentoring. El mentor es un líder y como tal está facultado para orientar a su aprendiz. El coach no enseña ni es experto en materia alguna; sólo realiza las preguntas poderosas adecuadas y es el coachee quien aprende a través de sus respuestas, a fin de obtener unos resultados concretos en un período de tiempo determinado. Por el contrario, el mentor sí domina cierta materia, y posee una sabiduría y experiencia (sabe que sabe) que le habilitan para enseñar a su mentee, con quien se establece un vínculo relativamente duradero. Tanto el coach como el mentor poseen un rol (uno acompaña, el otro guía) y un estatus (uno de igual a igual, el otro respetando una jerarquía). Por tanto, aunque coaching y mentoring son procesos que comparten algunas técnicas y funciones. el primero se define como una metodología y el segundo como una relación.

Quizás el concepto de mentor sea el que más se acerque al de maestro, si bien entre ambos existe un muro infranqueable: sabemos que el mentor es líder y las habilidades de liderazgo pueden y deben entrenarse si se desea alcanzar la excelencia, pero la grandeza que distingue al maestro es un fuego subjetivo que no se puede prender desde el exterior. La excelencia es un conjunto de capacidades y aptitudes que pueden ejercitarse y que mejoran con la práctica, pero la transmutación de líder a maestro es una llama que nace en el alma de la persona cuando encuentra su propia voz. La maestría no se ciñe al ámbito profesional y a la armonización del intelecto y las emociones, sino que engloba otras facetas vitales de la persona y abarca su dimensión espiritual. La excelencia es causa de la grandeza, pero la grandeza no es sólo el conjunto de los factores que conforman la excelencia. Como se suele decir, el todo es más que la suma de las partes. Grandeza es excelencia, sincronía y sublimación. El liderazgo se construye; la maestría se adquiere.

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La frustración del funcionario

A muchos les habrá entrado la risa al leer el título de este artículo. ¿Cómo es posible que, en tiempos de empleos precarios, salarios irrisorios y jornadas interminables, un funcionario se sienta frustrado? Teóricamente, cuenta con estabilidad laboral, sueldos dignos y horarios que posibilitan la conciliación entre la vida profesional y personal. Ello debería bastar para mantenerlo contento y a su máximo nivel de productividad. Parece que existiera una tácita obligación moral de sentirse pleno, de saberse un auténtico privilegiado si se compara su situación con los trabajadores de la empresa privada o por cuenta propia.

La cuestión es que un funcionario, antes que empleado público, es persona. Y como persona, su objetivo puede diferir muchísimo de las aspiraciones del funcionario que tiene sentado en frente. Hay quien cumple su sueño cuando aprueba unas oposiciones y obtiene plaza fija, mientras que, para otros, la consecución de dicha plaza es sólo un medio para seguir avanzando profesionalmente. Para alguien con inquietudes, sana ambición y ansia de proyección profesional, la frustración llegará, tarde o temprano, una vez se integre en la Administración Pública. Tomará conciencia de que lo más probable es que ése sea el puesto que ocupe durante el resto de su vida, ya que los concursos de traslado, promociones internas y comisiones de servicio se convocan muy de tarde en tarde, retrasan su resolución y con frecuencia son impugnados una vez dicha resolución se publica. 

A ello se añade el enchufismo o amiguismo, una práctica que ha existido, existe y existirá (por los siglos de los siglos), anteponiéndola a la cualificación y méritos del individuo. Es desesperante comprobar cómo las plazas vacantes no se asignan según los conocimientos, capacidades y aptitudes de cada funcionario, sino en base a la obsoleta baremación que prima la antigüedad. Por otra parte, la Administración Pública sigue sin tener en cuenta aspectos que en la actualidad son fundamentales para una óptima gestión del factor humano en cualquier organización: la inteligencia emocional y las soft skills o habilidades blandas de sus empleados: la identificación y autocontrol de las emociones, la capacidad para trabajar en equipo, la proactividad, la habilidad de liderazgo, la empatía, la asertividad… ni están ni se las espera. 

Esta situación desemboca en que, mientras funcionarios excelentes marchitan su talento haciendo fotocopias y rellenando bases de datos, otros no muestran el menor interés en aprender nada nuevo y se limitan pasar el tiempo hablando por teléfono y calculando los días que faltan para su jubilación. A menudo, los puestos de mando son ocupados por jefes que no saben ser líderes, individuos que no se ocupan ni se pre-ocupan por el bienestar emocional de los funcionarios que realizan las tareas más arduas y pesadas.

Ante este panorama desolador, es normal que el funcionario excelente, que acude cada mañana a trabajar guiado únicamente por su sentido del deber y de la responsabilidad, acabe frustrado. En consecuencia, su productividad disminuye, su carácter se agria, cae en el desánimo y el abatimiento, y el cansancio se refleja tanto a nivel físico como psicológico. El estrés y la ansiedad implican somatizaciones que derivan en enfermedad. Esta persona está sufriendo el síndrome del burnout. Ante nosotros tenemos un funcionario frustrado… y quemado, muy quemado.

¿Cómo recuperar la motivación perdida? ¿Qué hacer para levantarse cada mañana con una sonrisa en vez de arrastrar el cuerpo hasta la oficina? ¿Cómo sentir otra vez ilusión hacia el trabajo? Se le pueden dar muchas vueltas al asunto, pero la respuesta sólo es una: cambiando. ¿Y qué hay que cambiar? Aquí entra el juego el coaching como instrumento que impulsa a dicho cambio a través del autoconocimiento, el compromiso y la acción. El funcionario quemado, acompañado por el coach, tendrá de realizar un exhaustivo y sincero ejercicio de introspección, reconociendo sus miedos, identificando sus creencias limitantes, sustituyéndolas por otras potenciadoras, a fin de romper ese círculo vicioso de sufro-por-la-situación-pero-no-puedo-hacer-nada-para-cambiarla. He aquí un punto esencial: ¿realmente no puedo cambiar la situación? ¿De verdad? Entonces, la alternativa es que sea el funcionario el que cambie. Y cuando hablo de cambio, no me refiero a qué tiene o a qué hace, sino sobre todo, y en primer lugar, a quién es

Un proceso de coaching orientado al ser del funcionario puede ofrecer espectaculares resultados, desde un cambio radical de actitud hacia su puesto actual hasta romper los vínculos con la Administración y empezar una nueva etapa vital. Sea cual sea la decisión que tome el funcionario, debe estar cimentada sobre una percepción objetiva de la realidad, impulsada por un optimismo realista que reconozca y acepte los pros y contras de la opción elegida. Lo más importante es que dicha decisión persiga un objetivo alcanzable, realista, medible, sostenible en el tiempo, y que la persona se comprometa al 100% con el logro de ese objetivo. Ahí es donde nace la motivación: en el para qué. El funcionario excelente tiene necesidades de autoestima y autorrealización que, si no se satisfacen, provocarán un tsunami emocional que acabará por remover todo su mundo. Así que un sueldo digno no es suficiente, un horario decente no es suficiente, una estabilidad laboral no es suficiente. A la Administración Pública no le conviene alimentar su rol de vivero de funcionarios frustrados, porque entonces sólo conservará a los mediocres. Si ese funcionario aspira noblemente a la excelencia, sabrá aprovechar el proceso de coaching para recuperar la motivación, ser la persona que en verdad desea ser y conseguir sus objetivos profesionales. Aunque ello signifique solicitar una excedencia y abandonar la Administración temporalmente.

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