La neurociencia en la empresa: del neuromarketing al neuroliderazgo

La neurociencia ha irrumpido con una fuerza extraordinaria en el mundo de los negocios. Los resultados que arroja el estudio del cerebro son un valiosísimo material que, puesto al servicio de la economía, la administración de las empresas y la gestión del factor humano, impacta muy positivamente a la hora de desenvolverse con soltura en cualquier sector del mercado. El cliente de una empresa es un ser eminentemente emocional, exactamente igual que un directivo. La neurociencia, por ende, es clave para aumentar el bienestar de los profesionales y la rentabilidad de la entidad.

A través de las distintas estrategias de comunicación, empresas e instituciones buscan desesperadamente diferenciarse de su competencia. Entramos aquí en el terreno del neuromarketing, definido como la aplicación de las técnicas de la neurociencia al marketing con el objetivo de conocer y comprender los niveles de atención que las personas muestran a diferentes estímulos. Aún existe cierta creencia generalizada de que el objetivo de muchos estudios de neuromarketing no es conocer cómo funciona el cerebro del consumidor, sino buscar, mediante técnicas neurológicas, estrategias de engaño emocional. Sin embargo, es necesario concienciar a expertos y público de que el neuromarketing no acude a la manipulación, sino a la investigación y posterior utilización de instrumentos de persuasión y seducción en base a los resultados del estudio previo.

Si el neuromarketing ayuda a identificar qué es lo que emociona a las personas, el marketing de experiencias va un paso más allá y lo pone en práctica, ofreciendo a cada individuo una auténtica vivencia personalizada a fin de establecer una conexión directa entre la empresa y el público que desemboque en la percepción de una imagen determinada, la ganancia de una buena reputación y el establecimiento de un nexo emocional.

A su vez, vinculado al marketing de experiencias se encuentra el marketing relacional, que consiste, como su propio nombre indica, en la humanización de la relación entre la empresa y sus diferentes públicos. Un buen resultado de marketing relacional pasa por establecer relaciones mutuamente rentables con los distintos perfiles para cosechar más éxitos, ya que la diferenciación de la entidad depende, en gran medida, del trato individualizado al cliente, gracias al cual este percibe valor y preocupación por su bienestar.

Una vez que las organizaciones constataron las ventajas que las neurociencias aportaban al marketing empresarial, inevitablemente surgió otra inquietud: si funciona con el cliente, ¿por qué no aplicar la neurociencia para gestionar la empresa de manera más eficaz? Y así nació el neuromanagement, cuyo objetivo no es constreñir el potencial de los profesionales, sino todo lo contrario: a la mayor eficiencia y consecuente mayor productividad del ejecutivo se suman unas más fluidas relaciones entre los miembros de un equipo y los empleados de la empresa en general, un aumento de la motivación y la disminución de conflictos. La aplicación adecuada del neuromanagement es garantía de incremento de la creatividad y la concentración, favoreciendo la solución de los problemas con rapidez.

Cliente y líder de equipo, ambos son imprescindibles para la supervivencia de la entidad y su posicionamiento. Esta premisa es la que ha llevado a las organizaciones a interesarse por las neurociencias y aplicar sus descubrimientos para dar forma al concepto de neuroliderazgo. Un neurolíder se caracteriza por reaccionar veloz y eficazmente ante situaciones imprevistas o de crisis, moverse con total soltura en el medio digital y poseer una extraordinaria flexibilidad. Para ello se requiere un cerebro ágil, una marca personal potente sustentada en fuertes valores y principios, y el firme propósito de ofrecer cada día la mejor versión de uno mismo.

Durante décadas se creyó que la única base para la acertada dirección de una empresa residía en lo racional, y es cierto que las reglas científicas resultaron muy beneficiosas en su momento. Sin embargo, en la actualidad, el ámbito de los negocios es extraordinariamente complejo y cambiante. Las organizaciones se mueven en lo que se conoce como entorno VUCA (volatility, uncertatinty, complexity ambiguity; en español, volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad). Ya no rigen las normas de antaño y muchas veces es necesario quebrar las establecidas para garantizar la supervivencia empresarial. Para encarar las dudas y los altibajos del mercado con aplomo, la persona necesita el conjunto integrado por su pensamiento lógico, su estabilidad emocional y su grandeza espiritual.

En comparación con el neuromarketing, el neuromanagement y el neuroliderazgo aún se encuentran en fase de perfeccionamiento. No obstante, es indiscutible que la gestión empresarial exige un conocimiento exhaustivo de cómo funciona el cerebro tanto de los consumidores como de quienes dirigen el rumbo de la empresa y prestan sus servicios en ella, porque así se lograrán pingües beneficios tangibles e intangibles.

En resumen, el profesional debe tener claro que la racionalidad es imprescindible en el mundo de los negocios, pero no es la única pata de la mesa, ni mucho menos. Ante un cambio de paradigma, se exige un cambio de mentalidad, visión y acción. Resulta primordial, en un ambiente fluctuante e incierto, recurrir al plano consciente pero también al inconsciente, pues la ordenación de los pensamientos que precede a la toma de decisiones es la última fase de un proceso que comienza en las profundidades de la psique.

 

Fuente de la imagen: https://academialaspiramides.files.wordpress.com/2016/04/homer-simpson-pensando.png

Comparte en:

Una noche cualquiera

24 de diciembre, Nochebuena. Brota cierta nostalgia y desazón cuando se contempla el movimiento de las agujas del reloj. Tal vez la frase que mejor me defina sea “Érase una mujer a un reloj pegada”, como coloquial revisión del soneto de Quevedo. Tiempo…. Y salud. Esos son los verdaderos regalos de esta Navidad. Porque son escasos y se deslizan raudos como agua entre los dedos, porque son finitos y absolutos y no podemos controlarlos. La gestión del tiempo es una utopía, pues él fluye ajeno e indiferente a nuestras circunstancias y deseos. La buena salud es un extra que casi siempre viene de serie y que desaparece a poco que nos descuidemos. Ahora tenemos la oportunidad de apreciar el tiempo y la salud como se merecen.

Este año, he crecido a nivel emocional, espiritual y profesional. Mi familia se encuentra bien. He conocido a expertos en múltiples disciplinas que me han regalado su experiencia y sabios consejos. Tengo un techo bajo el que dormir y mi frigorífico está lleno. Mis amigos son nobles y leales. Tengo un trabajo que me permite vivir con dignidad y mi primer libro está a punto de publicarse. Los míos y yo hemos aprendido a lidiar con las ausencias y hace muchas Navidades que brindamos por los que se han ido, por lo que estamos aquí y por los que aún tienen que llegar. Por supuesto, entiendo que hay personas con graves problemas, pero la adversidad no es mayor durante una noche concreta; sólo la magnificamos. Sé que los reencuentros son especialmente emotivos en estas fechas y es fantástico dar de comer a medio árbol genealógico entre risas y achuchones, pero el calendario tiene otros 364 días en los que se puede hacer lo mismo. Así que, ¿de verdad tenemos derecho a quejarnos por una Nochebuena diferente? La melancolía es habitual compañera de juegos de la Navidad. Quizás, este 24 de diciembre gane una batalla muchos hogares, pero, por favor, no le permitamos ganar la guerra.

Me sobran el pavo relleno, el belén y la zambomba. Toda esa voluptuosa parafernalia está de más en un año en que lo principal es celebrar la vida. Es muy hermoso sentir alegría, mas, a veces, la carcajada resuena demasiado fuerte. Creo que la Navidad se ha desvirtuado hasta transformarse en una caricatura de sí misma. Todo es excesivo y delirante, nos invade lo kitsch y se impone la obligación de ser feliz. Tomemos consciencia: lo importante es qué se celebra, y no cómo se celebra ni dónde.

En cuanto al quién, estoy segura de que habrá más de uno que dé gracias por no tener que compartir mesa con el cuñado jartible ni con la suegra metomentodo. Esta Nochebuena, extraña para muchos, será para otros un bálsamo de calma y tranquilidad, libres de compromisos familiares y cenas multitudinarias que sólo acaban de tres formas: con borrachera, con discusión o con indigestión (o con todas). Hay personas que son metralletas pelando y comiendo gambas. Tendrían que acudir a uno de esos concursos de talentos en los que un individuo se desliza como si tal cosa cabeza abajo por una barra vertical, o una chiquilla de siete años borda la Habanera de Carmen, de Bizet. También se antoja insufrible aguantar la verborrea incesante del primo Fulanito presumiendo de su éxito entre las mujeres, o soportar estoicamente la mirada y dedo inquisidor de la tía Menganita repitiendo que se te va a pasar el arroz como no te eches novio pronto. Aunque estos personajes parezcan estereotipos, juro que son reales, que sus estómagos son pozos sin fondo y que suelen olvidar la vergüenza y el decoro en sus casas.

Descerebrados los ha habido, los hay y los habrá. No me sorprenden las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes malgastando el tiempo y jugándose la salud en fiestas clandestinas, sin mascarillas y sin respetar las medidas de seguridad. Me gustaría que los medios de comunicación, en lugar de bombardearnos con este tipo de material audiovisual, contribuyeran a mantener la fe y la esperanza. Mi abuela decía: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una jarra de vinagre”. A ver, oiga, no me eche más broncas ni me deprima con cifras desoladoras. Llevamos muchos meses con la misma cantinela. La clase política sigue dando palos de ciego y exhibiendo su incompetencia, incapaces de evitar la tragedia, ¡Estoy harta de restricciones y de toques de queda! Yo, y todos los españoles, y todos los ciudadanos de este pobre planeta. Ahora es momento de insuflar ánimos y energía. Necesitamos paz, tranquilidad y, sobre todo, amor, que es el antídoto del miedo. Hay tanto pánico en el ambiente que pretendemos eliminarlo a base de juerga y desfase, cuando lo único que puede neutralizar su poder es el amor.

Ha sido un año muy duro, y lo que nos queda. No es necesario reunir a 30 comensales para demostrarles que los amamos a todos. Ellos ya lo saben. A través de la historia, los obstáculos han sido el aliciente que nos han empujado a avanzar. Somos seres gregarios y sociales, pero en la Naturaleza no sobreviven los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan a las circunstancias. Sí, es cierto que la Nochebuena del 2020 será distinta a las del pasado, pero adaptémonos a los que nos ha tocado y así multiplicaremos las probabilidades de que la Nochebuena de 2021 vuelva a ser lo que consideramos “normal”.

Los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, mientras que los no creyentes hacen lo propio con el solsticio de invierno o se limitan a disfrutar de un período de descanso vacacional. Sea como fuere, lo cierto es que todo ello remite a una misma idea: la luz. Es época de renacimiento, de amanecer y esplendor. Y me refiero a una chispa interior, no a la vorágine consumista y estridente de la Navidad mediática. Este año no es posible armar la marimorena en 50 metros cuadrados, pero no nos hundamos en el pozo de la negatividad. Hay mucho por lo que dar las gracias, aunque esta Nochebuena sea una noche cualquiera. Feliz Navidad.

Comparte en:

La imagen del poder y el postureo 2.0

Estamos, literalmente, inmersos en una ola de exhibicionismo digital. El consumo de Internet y el tiempo que pasamos en las redes sociales se han disparado. Fotos, vídeos, podcasts y, en el mejor de los casos, algún que otro texto medianamente interesante. Así aplacan su sed los narcisistas y los voyeurs. Los dirigentes no son inmunes al hechizo de las redes sociales y son conscientes de su fuerza. Si antes eran las celebrities quieren mostraban una vida aparentemente pluscuamperfecta, los gobernantes se han subido al carro de esta vorágine digital. La imagen del poder encuentra su escaparate idóneo en el postureo 2.0, y yo me pregunto: si una autoridad adultera su esencia para conseguir más likes, ¿hasta qué punto su conducta puede considerarse ética?

Las redes sociales son uno de los escenarios donde se desarrolla esa intrincada obra de teatro que es la comunicación política. Como si de estrellas de cine se tratara, políticos de toda ideología comparten su día a día: reuniones de trabajo, asistencia a eventos, inauguración de congresos, visita a instituciones o corporaciones… Sin embargo, ¿cuántas fotos debieron tomarse hasta lograr la que mejor transmitiera un mensaje concreto? ¿Dónde queda la naturalidad? ¿Qué ha ocurrido con la transparencia que, supuestamente, ha de regir la comunicación entre dirigentes y ciudadanos? La sociedad de la información se metamorfosea en un corral de vecinos digitalizado hasta decir “basta”. A través de machacones posts y tweets, el ideario político deriva hacia el adoctrinamiento de la masa.

Ahora resulta que el modelito de la ministra fulanita, estudiado al detalle por los usuarios de Instagram, es más importante que el último decreto en el que estampó su firma. El perfil griego del alcalde menganito, admirado en Facebook por sus incondicionales, es alabado aunque sus declaraciones sobre economía local carezcan de sentido. Sufrimos una invasión de políticos que, ávidos de conectar con las generaciones más jóvenes (en teoría, nativos digitales), saturan Internet con imágenes de ellos mismos intencionadamente tergiversadas.

Postureo 2.0 que arrasa con la honestidad y la ética. Imagino a los guionistas de turno exprimiéndose los sesos, construyendo los cimientos de la siguiente barbarie que, en breve, aparecerá publicada en Facebook, Instagram o Twitter. Porque hay un guion, seguro. Nos están contando una historia –un cuento chino, más bien- con giros inesperados que nos mantienen pegados al ordenador y al móvil, a la espera de que aquellos que deciden nuestros destinos nos comuniquen sus ocurrencias a través de sus perfiles públicos. Somos receptores de una comunicación digital que ha tornado en unidireccional, violando el espíritu con el que nacieron las redes sociales.

Así las cosas, la imagen del poder se limita a la escenificación estática de la toma de decisiones por parte de los gobernantes. Es curioso: se utilizan las nuevas tecnologías para dar pasos hacia atrás en cuanto a interacción Administración/administrado se refiere. Hasta el protocolo evoluciona y es una disciplina dinámica y flexible, elemento imprescindible en la estrategia de comunicación global de la entidad. ¿Cómo es posible que no exista escucha activa ni se genere feedback? ¿De qué sirven las redes sociales si no es el propio dirigente quien responde a los comentarios, sino un community manager a sueldo? Y que conste que la tarea de un community manager me parece fundamental, pero más aún lo es conocer de primera mano las inquietudes de los ciudadanos, y esto es responsabilidad de quien ostenta el poder.

Tampoco anhelo demonizar a nadie. ¡Allá cada uno con su marca personal! Además, el deseo de reconocimiento es innato al ser humano: cualquier individuo disfruta recibiendo el aplauso de sus semejantes. Lo que me indigna es que el culto al yo ha desbancado a la honradez y la cercanía como valores primordiales de quienes ostentan el poder. Ese postureo descarado, esa pose artificial y repetitiva me produce un hartazgo insoportable.

Se han perdido las formas y la vergüenza, porque para lograr la complicidad de los demás no es necesario recurrir a tácticas maquiavélicas, sino acercarse de buena fe al prójimo. Aparentar lo que no se es desgasta la identidad y despierta emociones negativas en los otros. Si existe manipulación en vez de persuasión, entonces no es auténtica comunicación política; es propaganda barata. El postureo le ha arrebatado prestigio a la clase política, que vende muy barato su popularidad y hace oídos sordos a las críticas y reproches de la ciudadanía con tal de multiplicar su presencia en el mundo digital.

Ya lo dijo Salvador Dalí: “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí”. Quizás, esta afirmación no deba quitarnos el sueño en boca de un genio de la pintura que construyó su propia leyenda. No obstante, sí me preocupa que la frasecita de marras se haya convertido en el mantra de nuestros gobernantes. Nos desconciertan con normativas absurdas e irreverentes salidas de tono que, lejos de provocarles inquietud o arrepentimiento, son ya su orgullosa seña de identidad. ¡La reputación por los suelos, oiga, pero la imagen del poder queda bien clarita! Aquí mando yo, y el resto a tragar. Pues yo me quedo con una soberbia máxima de William Shakespeare: “El más puro tesoro al que puede aspirar un ser humano en estos tiempos es una reputación sin mancha”. He ahí la clave: la imagen del poder es una percepción del ciudadano, y la reputación es un juicio de valor sobre dicha imagen. Señor gobernante, ya le estamos juzgando, y la sentencia es: culpable.

 

Fuente de la imagen: https://www.nortes.me/2020/09/27/postureo-politico-o-el-traje-nuevo-del-emperador-de-nuestro-tiempo/

Comparte en:

El alma que hablar puede con los ojos… incluso con mascarilla

“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. ¿Qué musa visitaría aquella noche a Gustavo Adolfo Bécquer para inspirarle a escribir estos versos? Es la sublime expresión de cómo los ojos son capaces de expresar el mensaje del espíritu. Cada mirada es única, como lo es cada persona en su subjetividad. Si una imagen vale más que mil palabras, los ojos son ese espejo del alma donde se reflejan las más íntimas emociones.

“Érase un hombre a una nariz pegado”. Así comienza el soneto A una nariz de Francisco de Quevedo. Pues bien, hoy nos encontramos ante un hombre encolado a una mascarilla, apéndice inaudito tras el que precisamente se oculta la pituitaria, como si de un tipo de bozal se tratara.  Quedan nariz y boca ahogadas por la celulosa o el tejido, mientras las orejas sufren el roce continuo de gomas elásticas, cual versión contemporánea de los látigos de antaño. Solo los ojos quedan a la vista; solo ellos, luchando por escapar de sus órbitas para realizar la más básica, esencial y prioritaria de las funciones que nos definen como seres humanos: comunicar.

A causa de la mascarilla, la voz se distorsiona y las voces se dispersan entre susurros y reverberaciones. Mantener una conversación medianamente decente se convierte en misión imposible, y no digamos si nuestro interlocutor posee una discapacidad auditiva. Las manos, disparatadas, gesticulan fuera de control, en un intento de hacer llegar las palabras a quien hace ímprobos esfuerzos por entendernos. Escuchar se vuelve un ejercicio agotador, para el que resultan imprescindibles infinita paciencia y hasta ciertas dosis adivinatorias en caso de que el hablante se niegue a repetir una y otra vez lo que ya ha dicho.

Quedan los ojos, entonces, como único vehículo de testimonio y canal de manifestación. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar (Antonio Machado dixit), y a cada paso nos cruzaremos con una variedad infinita de miradas: inquietas, tristes, intrigantes, cabizbajas, perdidas, serenas… y, las menos, confiadas. Porque la confianza requiere tiempo y voluntad (al igual que el olvido y el perdón) y, por desgracia, somos siervos del reloj y la pereza. Mirar a los ojos del otro mientras hablamos es una demostración de autoestima y franqueza, y no todo el mundo se ama a sí mismo ni acostumbra a contar las verdades. Si las miradas matasen, más de uno se caería redondo al suelo. Y no es necesario abrir la boca ni realizar ademán alguno, porque ya se encargan los ocelos de clavarse en los ocelos ajenos, mientras el alma compone en silencio estrofas henchidas de rencor.

Los ojos son capaces de atraer la atención y dirigirla hacia otro punto concreto. Es decir, no solo despiertan curiosidad en los demás, sino que también la reorientan. El neuromarketing ha aprovechado esta cualidad a través de la técnica del eye tracking, que extrae información del individuo analizando sus movimientos oculares. Al saber qué llama la atención de una persona, es posible desarrollar estrategias para guiar su trayectoria visual hacia un objeto o lugar determinado. Pero el eye tracking no ha hecho más que extrapolar al campo del neuromarketing una realidad de la vida cotidiana: los ojos revelan qué deseamos. En efecto, es imposible controlar la reacción de las pupilas cuando nos encontramos ante nuestro objeto (o sujeto) de deseo. Llegan a aumentar hasta 30 veces su tamaño aunque el resto del cuerpo se mantenga impertérrito. ¡No hay mascarilla que encubra una mirada anhelante! El contacto visual excita, agita y compensa la sonrisa escondida.

También la programación neurolingüística ha estudiado el lenguaje de los ojos y lo ha denominado “claves de acceso ocular” o “pistas de acceso ocular”. No obstante, aunque es verdad que ciertos movimientos oculares se relacionan con determinados patrones de comportamiento, considero que cada individuo es tan complejo y fascinante que resulta utópico reducirlo a un patrón determinado.

Dijo Miguel de Unamuno: “Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan”. Abiertos de par en par como ventanas al mundo interior, invitan a asomarse a los navegantes que se detienen un instante en su puerto, acogiendo tal vez al náufrago que espera ser rescatado. Una mirada delata las emociones dormidas en los recónditos rincones del ser, haciéndonos sentir vulnerables pero también aliviados, porque en ausencia del verbo, los ojos claman libremente aquello que no nos atrevemos a confesar.

Hay ojos que te escudriñan de arriba a abajo y los que nunca se posan en ti; unos que parpadean sin cesar y otros que parecen flotar en una laguna seca; estos que lloran ignorando la presencia de extraños y aquellos que contemplan la vida pasar sin alterarse lo más mínimo. La mirada es el eco de nuestra naturaleza, aquella que rebasa la frontera de lo físico. Una mascarilla acalla el trueno de la voz y suaviza la intensidad de los aromas, pero no puede apagar el brillo de esos dos luceros que resplandecen en el rostro.

En Los ojos verdes, Bécquer narra la leyenda de un joven noble que es arrastrado a la muerte por una mujer (ángel o demonio) de ojos color esmeralda, de la que se enamora locamente. ¿Qué importan las mascarillas si podemos deleitarnos con la belleza del iris? Aún podemos cobijarnos bajo el manto cálido de una mirada compasiva y ver reflejadas las estrellas en las pupilas de nuestros seres queridos. Sí, el alma puede hablar con los ojos… incluso con mascarilla. Hoy, además, es el momento de besar con la mirada.

Comparte en:

Los bustos parlantes: la epidemia de la comunicación 2.0

A los pocos días de decretarse el estado de alarma, leí en El País un artículo cuyo título me hizo sonreír: “La invasión de los bustos parlantes”. El texto destacaba la cantidad de personas que, desde el inicio de la crisis sanitaria, aparecían en Internet con el objetivo de informar, comentar o criticar la extraordinaria situación. Se dio un boom de comparecencias en las que el emisor del mensaje, según su experiencia más o menos dilatada en esto de hablar a la cámara, se volcaba en mayor o menor medida sobre la pantalla hasta el punto de que casi podíamos contar los pelos de su nariz. Daba igual repetir lo que ya había dicho fulanito o menganito; lo importante (y urgente) era ser miembro del club de los bustos parlantes.

Sin embargo, como bien indicaba el autor de este artículo, “debido al desgaste de los materiales, los bustos ya no informan, ni sosiegan ni animan. La confianza los vuelve paisaje”. La comunicación de crisis debe ser directa, breve, concreta y concisa. Nada que ver con lo que hace esta plaga de comentaristas, contertulios y colaboradores, además de supuestos expertos en diferentes materias, que han colonizado los medios digitales. ¡Señores, entiendan que, en estos momentos de indignación generalizada, su rol no es contribuir al aumento de la confusión, sino informar con objetividad sobre lo que está ocurriendo ahí fuera! La avalancha de opiniones y juicios marea y hastía. La obsesión por asaltar la intimidad del espectador a base de primeros planos, que tuvo cierta gracia al principio, ya aburre a quien simplemente desea conocer datos reales.

Por otra parte, a causa del teletrabajo, las videollamadas y los webinars, los ojos acaban la jornada secos y enrojecidos. No los maltraten, encima, obligándoles a contemplar unas ojeras mal disimuladas con maquillaje cuarteado, el grano chivato de un rebelde acné no tan juvenil o las raíces de unos cabellos que piden a gritos un tinte, aunque sea uno barato de supermercado que apeste a amoníaco. Ah, porque ésa es otra cuestión: es comprensible y dispensable que en medio de una reunión online se cuele la voz de un niño o el ladrido de un perro, pero oigan, cuiden su aspecto, su indumentaria y, sobre todo, respeten las normas de cortesía. La buena educación ha de regir nuestra conducta y comportamiento incluso cuando quienes nos escuchan están a kilómetros de distancia, aunque no lo parezca porque les hemos contado hasta la última peca de los mofletes.

Hablando de webinars, durante el confinamiento he asistido a varios. Algunos me han parecido muy dignos, otros me han sorprendido gratamente por su originalidad y los menos me han resultado infumables. Vamos a ver… Un webinar no puede consistir en hablar con el mismo tono de voz durante hora y media mientras pasamos una diapositiva tras otra. No lea en voz alta lo que pone en la diapositiva. ¡Yo sé leer! Esto es una falta de respeto a la persona que se inscribe en la actividad y nos está dedicando su tiempo. Quien se ponga al frente de un webinar, sea cual sea el número de asistentes, debe asimilar previamente tres ideas fundamentales:

  • Prohibido ser un busto parlante. Todo lo que se diga ha de tener un sentido y un significado.
  • Es imprescindible marcar un objetivo (¿Qué quiero conseguir? ¿Para qué organizo este webinar? ¿Qué quiero comunicar?), trazar una estrategia comunicativa (¿Cómo voy a transmitir el mensaje?) y elaborar un guion (¿De qué forma voy a transmitir el mensaje? ¿Qué pasos voy a dar? ¿De cuántas partes va a constar mi conferencia?).
  • Empatía, empatía y más empatía. Incluso en un entorno digital, las personas se mueven impulsadas por sus emociones. ¡Es vital establecer una conexión emocional con los participantes desde el minuto uno! No puedo sentarme delante de la cámara y soltar mi rollo; hay que motivar a los asistentes para que intervengan, estar pendiente de lo que escriben en el chat, nombrarles y felicitarles por sus aportaciones.

 

El orador que se presenta ante el público sobre un escenario o detrás de un atril juega con diversos elementos:

  • La cronemia o cronémica, definida como la estructuración del tiempo durante la celebración de un evento. Criterios para ordenar los comportamientos temporales son la preeminencia, el género, la antigüedad o la edad.
  • La proxemia o proxémica, relativa al uso del espacio en el que interactúan los asistentes al acto según su estatus, las tareas que realizan o su grado de conocimiento acerca del asunto a tratar.
  • La kinesia o kinésica, que se refiere al lenguaje no verbal.
  • La paralingüística, relativa a los matices que acompañan a las palabras: el tono, los silencios, las pausas, el ritmo, tono de voz, velocidad al hablar…

 

Es obvio que un webinar o una videollamada apenas nos permite jugar con el elemento temporal y espacial, y es por ello que las expresiones faciales y la voz toman el protagonismo. ¡Cuidado con los gestos que delatan inseguridad o titubeo! ¡Atención a las connotaciones de una frase pronunciada en cierto tono! Rostro y voz son dos herramientas magníficas que nos permitirán captar y mantener la atención de los oyentes durante toda nuestra intervención. Ya sea como ponentes en un webinar o a la hora de cerrar un acuerdo comercial a través de videollamada, la clave del éxito reside en lo que transmitamos con nuestras expresiones faciales y en cómo utilicemos los numerosos recursos de nuestra voz. Si la cara es el espejo del alma, la voz es, en palabras de Alejandro Jodorowsky, “tu segundo rostro. Ella revela tu inteligencia, tus sentimientos, tus deseos y tu fuerza”.

Jamás levantemos la voz para imponer una idea; antes bien, reforcemos nuestros argumentos. No seamos bustos parlantes que cotorrean aquí y allá repitiendo como loros frases vacías. La comunicación 2.0 es bidireccional, inmediata y social: aquí no sirve el “yo, yo, yo…”, sino el “nosotros”. Avanzamos hacia un modelo de negocio digital que, paradójicamente, debe cuidar en extremo las relaciones humanas y la atención personalizada. Los bustos parlantes tienen los días contados si solo ofrecen verborrea y politización de mensajes. Son una epidemia a la que vencerán los auténticos profesionales de la comunicación.

Comparte en: