Una noche cualquiera

24 de diciembre, Nochebuena. Brota cierta nostalgia y desazón cuando se contempla el movimiento de las agujas del reloj. Tal vez la frase que mejor me defina sea “Érase una mujer a un reloj pegada”, como coloquial revisión del soneto de Quevedo. Tiempo…. Y salud. Esos son los verdaderos regalos de esta Navidad. Porque son escasos y se deslizan raudos como agua entre los dedos, porque son finitos y absolutos y no podemos controlarlos. La gestión del tiempo es una utopía, pues él fluye ajeno e indiferente a nuestras circunstancias y deseos. La buena salud es un extra que casi siempre viene de serie y que desaparece a poco que nos descuidemos. Ahora tenemos la oportunidad de apreciar el tiempo y la salud como se merecen.

Este año, he crecido a nivel emocional, espiritual y profesional. Mi familia se encuentra bien. He conocido a expertos en múltiples disciplinas que me han regalado su experiencia y sabios consejos. Tengo un techo bajo el que dormir y mi frigorífico está lleno. Mis amigos son nobles y leales. Tengo un trabajo que me permite vivir con dignidad y mi primer libro está a punto de publicarse. Los míos y yo hemos aprendido a lidiar con las ausencias y hace muchas Navidades que brindamos por los que se han ido, por lo que estamos aquí y por los que aún tienen que llegar. Por supuesto, entiendo que hay personas con graves problemas, pero la adversidad no es mayor durante una noche concreta; sólo la magnificamos. Sé que los reencuentros son especialmente emotivos en estas fechas y es fantástico dar de comer a medio árbol genealógico entre risas y achuchones, pero el calendario tiene otros 364 días en los que se puede hacer lo mismo. Así que, ¿de verdad tenemos derecho a quejarnos por una Nochebuena diferente? La melancolía es habitual compañera de juegos de la Navidad. Quizás, este 24 de diciembre gane una batalla muchos hogares, pero, por favor, no le permitamos ganar la guerra.

Me sobran el pavo relleno, el belén y la zambomba. Toda esa voluptuosa parafernalia está de más en un año en que lo principal es celebrar la vida. Es muy hermoso sentir alegría, mas, a veces, la carcajada resuena demasiado fuerte. Creo que la Navidad se ha desvirtuado hasta transformarse en una caricatura de sí misma. Todo es excesivo y delirante, nos invade lo kitsch y se impone la obligación de ser feliz. Tomemos consciencia: lo importante es qué se celebra, y no cómo se celebra ni dónde.

En cuanto al quién, estoy segura de que habrá más de uno que dé gracias por no tener que compartir mesa con el cuñado jartible ni con la suegra metomentodo. Esta Nochebuena, extraña para muchos, será para otros un bálsamo de calma y tranquilidad, libres de compromisos familiares y cenas multitudinarias que sólo acaban de tres formas: con borrachera, con discusión o con indigestión (o con todas). Hay personas que son metralletas pelando y comiendo gambas. Tendrían que acudir a uno de esos concursos de talentos en los que un individuo se desliza como si tal cosa cabeza abajo por una barra vertical, o una chiquilla de siete años borda la Habanera de Carmen, de Bizet. También se antoja insufrible aguantar la verborrea incesante del primo Fulanito presumiendo de su éxito entre las mujeres, o soportar estoicamente la mirada y dedo inquisidor de la tía Menganita repitiendo que se te va a pasar el arroz como no te eches novio pronto. Aunque estos personajes parezcan estereotipos, juro que son reales, que sus estómagos son pozos sin fondo y que suelen olvidar la vergüenza y el decoro en sus casas.

Descerebrados los ha habido, los hay y los habrá. No me sorprenden las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes malgastando el tiempo y jugándose la salud en fiestas clandestinas, sin mascarillas y sin respetar las medidas de seguridad. Me gustaría que los medios de comunicación, en lugar de bombardearnos con este tipo de material audiovisual, contribuyeran a mantener la fe y la esperanza. Mi abuela decía: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una jarra de vinagre”. A ver, oiga, no me eche más broncas ni me deprima con cifras desoladoras. Llevamos muchos meses con la misma cantinela. La clase política sigue dando palos de ciego y exhibiendo su incompetencia, incapaces de evitar la tragedia, ¡Estoy harta de restricciones y de toques de queda! Yo, y todos los españoles, y todos los ciudadanos de este pobre planeta. Ahora es momento de insuflar ánimos y energía. Necesitamos paz, tranquilidad y, sobre todo, amor, que es el antídoto del miedo. Hay tanto pánico en el ambiente que pretendemos eliminarlo a base de juerga y desfase, cuando lo único que puede neutralizar su poder es el amor.

Ha sido un año muy duro, y lo que nos queda. No es necesario reunir a 30 comensales para demostrarles que los amamos a todos. Ellos ya lo saben. A través de la historia, los obstáculos han sido el aliciente que nos han empujado a avanzar. Somos seres gregarios y sociales, pero en la Naturaleza no sobreviven los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan a las circunstancias. Sí, es cierto que la Nochebuena del 2020 será distinta a las del pasado, pero adaptémonos a los que nos ha tocado y así multiplicaremos las probabilidades de que la Nochebuena de 2021 vuelva a ser lo que consideramos “normal”.

Los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, mientras que los no creyentes hacen lo propio con el solsticio de invierno o se limitan a disfrutar de un período de descanso vacacional. Sea como fuere, lo cierto es que todo ello remite a una misma idea: la luz. Es época de renacimiento, de amanecer y esplendor. Y me refiero a una chispa interior, no a la vorágine consumista y estridente de la Navidad mediática. Este año no es posible armar la marimorena en 50 metros cuadrados, pero no nos hundamos en el pozo de la negatividad. Hay mucho por lo que dar las gracias, aunque esta Nochebuena sea una noche cualquiera. Feliz Navidad.

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El placer de recibir versus la felicidad de dar

En este otoño plagado de incertidumbre y nuevas restricciones, he constatado una hermosa realidad: la felicidad es posible. He escuchado quejas por doquier (yo misma me he permitido algunos momentos de bajón) y constantes críticas a la gestión de la pandemia por parte de los gobernantes. Sin embargo, no he llegado a sentir ira ni impotencia. Como antítesis a los episodios aislados de placer que provocan los sentidos al ser estimulados, he disfrutado de un prolongado estado de paz y calma. Frente al requerimiento y la exigencia, yo he optado por la entrega y la confianza. El resultado, sereno y magnífico, se llama felicidad.

La crisis de valores que se ha instalado en nuestra cotidianeidad tiene su origen en la confusión entre placer y felicidad. Mucha gente equipara estos conceptos, pero son completamente distintos. Esta diferencia tiene una base biológica indiscutible. El ser humano es una maravilla de la naturaleza y producimos hormonas de todo tipo y para todos los gustos, como mensajeros que recorren el cuerpo y que condicionan nuestras reacciones. Si hablamos de placer y felicidad, hay que hacer referencia a cuatro de ellas: la endorfina, la oxitocina, la dopamina y la serotonina.

  • La endorfina es un analgésico y anestésico natural. Se produce, por ejemplo, al hacer deporte o reírse a carcajadas.
  • La oxitocina se encarga de establecer vínculos emocionales y sociales. Se la conoce como “la hormona del amor”, ya se trate de amor romántico, afecto social o autoconfianza.
  • La dopamina es un estimulador y acelerador. Su exceso puede conducir a adicciones y trastornos de la personalidad y el comportamiento.
  • La serotonina es un inhibidor que equilibra y apacigua la violencia y el dolor, de manera que la felicidad resultante se mantiene estable a lo largo del tiempo.

Centrémonos en las dos últimas. Imaginemos que un individuo consume cualquier sustancia adictiva. La dopamina estimula a una neurona, y a otra, y a otra… Y cuando las neuronas son estimuladas excesivamente y con demasiada frecuencia, tienden a morir. La neurona posee un fantástico mecanismo de defensa contra esto: reduce la cantidad de receptores que pueden ser excitados, en un intento desesperado por mitigar el daño de la sobreestimulación. En psicología, este proceso se denomina “supresión de estímulos”. Esta persona necesitará cada vez más cantidad de la sustancia en cuestión para obtener la misma cantidad de placer, porque hay menos receptores disponibles. Al final, recibes una dosis enorme, pero no sientes nada. A esto se le llama “tolerancia”. Y cuando las hormonas empiezan a morir, significa que hemos desarrollado una adicción. La felicidad, por el contrario, no depende del consumo de drogas ni se define como un eventual “subidón”, sino que es una disposición perenne con respecto a la vida. Como la serotonina es un inhibidor, apacigua a los receptores y provoca alegría. Experimentamos, entonces, ese sentimiento de ser uno con el Todo.

Hay una cosa que suprime la serotonina: la dopamina. Paradójicamente, cuanto más placer busques, más infeliz serás. El capitalismo exacerbado y la competitividad empresarial llevada al límite han desdibujado, intencionada y deliberadamente, la línea que separa placer y felicidad, de tal manera que la persona crea que, en verdad, la felicidad se puede comprar. Un sistema económico que fomenta el narcisismo y el hedonismo solo conduce a la destrucción de la esencia humana. Encontramos al hombre de hoy asfixiado por mensajes de consumismo compulsivo, hipnotizado por una falsa promesa de felicidad, cuando, en verdad, la imposición de tan absurdas expectativas le lleva a la frustración y la ansiedad.

El mes de octubre ha sido extraño y emocionante. He llevado a cabo una serie de actos desinteresados, a fin de proporcionar el bien a otras personas a las que aprecio y admiro, sin pensar en ningún momento en obtener un beneficio para mí. Todas, sin excepción, han agradecido mi gesto, y esa gratitud me ha hecho sonreír como hacía tiempo que no lo hacía. No tengo necesidad de decir públicamente el nombre de esas personas, porque eso sería alimentar mi vanidad y traicionar su confianza. Simplemente, destacaré que todos sus éxitos y logros son más que merecidos, y que su categoría profesional es directamente proporcional a su calidad humana. Soy afortunada, porque en esta jungla que es el mundo de la empresa, donde solo sobreviven quienes se adaptan y arriesgan, he encontrado a personas excepcionales. ¡Eso que me llevo, y que me quiten lo bailao! Mi admiración, aprecio y respeto para todos ellos.

Así que, partiendo de la biología y añadiendo unas gotitas de mi propia experiencia, deduzco las siguientes conclusiones:

  • El placer es pasajero. La felicidad es permanente. La intensidad del placer camina de la mano de su brevedad, mientras que la felicidad implica persistencia.
  • El placer es visceral, instintivo, carnal. La felicidad es etérea, lúcida, espiritual. Al igual que el sentimiento nace de la elaboración consciente de la emoción en el neocórtex, la felicidad brota de la sensata reflexión relativa a los propios alicientes.
  • El placer se experimenta solo: mis emociones, mis La felicidad se alcanza en grupos sociales, en cuyo seno la energía fluye y se crean nexos de unión. Recordemos: necesitamos integrarnos en tribus y sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos, pues así obtenemos la seguridad y el reconocimiento fundamentales para nuestra autorrealización.

Considero que el placer es recibir y la felicidad es dar. Si te hacen un regalo, sin duda sentirás placer, pero si eres tú quien hace un regalo, entonces sentirás felicidad. Es un hermoso obsequio para el alma ofrecer tus alas al prójimo para que vuele más y más alto. No es complicado ser feliz. Solo hay que amar.

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¡Mamá, quiero ser emprendedor!

Recuerdo a la maravillosa Concha Velasco, embutida en medias negras y chaqueta azul de lentejuelas, cantando a grito pelado “Mamá, quiero ser artista”. La revista fue un género muy popular en España en los años 80, hasta que el capitalismo impuso su ley y ya no resultó rentable viajar en furgoneta por la piel de toro cargando plumas y tacones. Pues bien, ese “Mamá, quiero ser artista” que hacía temblar a los progenitores cuando lo escuchaban de labios de sus hijos, se ha transformado hoy en una frase no menos inquietante: “Mamá, quiero ser emprendedor”. ¡Horror!

El deseo de triunfar es lícito y legítimo, ya sea sobre los escenarios o liderando una empresa. Lo malo es que a nuestros jóvenes les han vendido una versión almibarada de lo que significa emprender. Una de las mayores mentiras del ámbito laboral es que el emprendimiento es la panacea a los problemas de desempleo. Es cierto que ser tu propio jefe tiene muchas ventajas, pero también conlleva numerosos inconvenientes. Ah, no, pero no interesa que esa parte negativa salga a la luz, porque entonces los eufemismos ya no tendrían sentido y al emprendedor se le llamaría por el nombre que realmente le corresponde pero que nadie quiere pronunciar: “autónomo”.

¡La palabra maldita, el término prohibido, el vocablo tabú! Todos quieren ser emprendedores, pero no quieren oír hablar de ser autónomos. Ya, oiga, ¡pero es que es lo mismo! Podrá usted tomar decisiones sin nadie que le tosa, pero las consecuencias de esas decisiones serán únicamente responsabilidad suya, para lo bueno y para lo malo. Inestabilidad, preocupaciones y domingos delante del ordenador.

En estos meses han cerrado empresas consolidadas, de larga e impecable trayectoria, que contaban con una envidiable cartera de clientes. Nada han podido hacer para enfrentarse al enemigo invisible que ha robado empleos y vidas. Un coronavirus cualquiera se ha llevado por delante la economía de la nación. Pequeños y medianos empresarios han visto desaparecer sus negocios de la noche a la mañana. Otra cosa es el jovenzuelo inexperto al que llenan la cabeza de pajaritos. Ese cree que va a comerse el mundo haciendo cuatro cursos de informática. Pues no, hijo, no. Tendrás que lidiar con el propietario del local que alquilaste, los proveedores que te reclaman el cobro de materiales, los clientes insatisfechos (eso, cuando llegan clientes), el colega de la Agencia Tributaria (mejor no hablar del asunto tributario), las facturas incomprensibles de telefonía e internet y hasta con tu madre, que exclamará, mientras coloca el dedo acusador a diez centímetros de tu nariz: “Te lo dije”.

Yo creo que, en una situación como esta, no es conveniente hacer leña del árbol caído. Lo malo de vender humo es que nadie quiere recoger las cenizas cuando prende el fuego del fracaso. Sobreviene un incendio de frustración y deudas que ya es bastante castigo para el emprendedor que no quiso ver ni escuchar más que el amanecer de sus sueños y la voz de su pasión. Ningún empresario tiene el éxito garantizado eternamente, ya se trate de un popular hombre de negocios o de un chaval recién llegado a la jungla empresarial. También hay quien emprende por necesidad o se recicla después de años trabajando para otros. A todos ellos les quedará por delante una trayectoria profesional rebosante de esfuerzo y sacrificio. Habrá alegrías y satisfacciones, y es aconsejable alimentarse de ellas antes de que las crisis despierten el hambre.

Para ser empresario hay que estudiar, formarse y hacer números hasta decir basta. La vocación y la pasión deben ir acompañadas de una laboriosa investigación de mercado, a fin de conocer cuáles son las necesidades del cliente y si nuestro producto o servicio las satisface. Invertir en diseño e innovación no es cosa de broma y marca la diferencia entre ser uno más o convertirse en referente. Mantener la cabeza fría hasta en los momentos más difíciles es básico para sobrevivir en el actual entorno VUCA, caracterizado por una gran  volatilidad (volatility), incertidumbre (uncertainty), complejidad (complexity) y ambigüedad (ambiguity).

Habría que hacer un monumento al autónomo. Con su trabajo de sol a sol, tiran del carro de la economía y dan de comer a muchas familias. El camino está lleno de obstáculos, contratiempos, imprevistos, injusticias y disgustos. ¿Cuántos encajes de bolillos habrán hecho muchos empresarios durante las épocas de crisis, intentando averiguar cómo pagar las nóminas a todos sus empleados a final de mes? ¿Qué habrá sentido el fontanero, el electricista, el chapuzas de barrio a quien la pandemia confina en su casa, imposibilitándoles ganar el pan con el sudor de su frente? ¿Cómo se las habrá ingeniado esa madre soltera que hacía jornadas de 12 y 14 horas diarias, cuando de repente un bicho se come sus posibilidades de pagar la hipoteca?

Imagino que hay quien se ha despertado más de una vez en medio de la noche empapado de un sudor frío (eso, si ha logrado conciliar el sueño). No conozco ninguna escuela de negocios donde se impartan las asignaturas “Empresa versus pandemia”, “Cómo despedir a tus empleados cuando ya no te queda ni un euro en el banco” o “Cómo renunciar al que ha sido tu sueño durante toda la vida”. No hay secretos para triunfar y tampoco para mantenerse a flote en medio de la tempestad profesional. Lo único que está en manos del emprendedor es ser consciente de lo que implica ser el propio jefe. Hay que pensarlo muuuuucho antes de plantarse y decir: “Mamá, quiero ser emprendedor”. Un consejo: cambia las palabras y a ver cómo te suena eso de “Mamá, quiero ser autónomo”.

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El alma que hablar puede con los ojos… incluso con mascarilla

“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. ¿Qué musa visitaría aquella noche a Gustavo Adolfo Bécquer para inspirarle a escribir estos versos? Es la sublime expresión de cómo los ojos son capaces de expresar el mensaje del espíritu. Cada mirada es única, como lo es cada persona en su subjetividad. Si una imagen vale más que mil palabras, los ojos son ese espejo del alma donde se reflejan las más íntimas emociones.

“Érase un hombre a una nariz pegado”. Así comienza el soneto A una nariz de Francisco de Quevedo. Pues bien, hoy nos encontramos ante un hombre encolado a una mascarilla, apéndice inaudito tras el que precisamente se oculta la pituitaria, como si de un tipo de bozal se tratara.  Quedan nariz y boca ahogadas por la celulosa o el tejido, mientras las orejas sufren el roce continuo de gomas elásticas, cual versión contemporánea de los látigos de antaño. Solo los ojos quedan a la vista; solo ellos, luchando por escapar de sus órbitas para realizar la más básica, esencial y prioritaria de las funciones que nos definen como seres humanos: comunicar.

A causa de la mascarilla, la voz se distorsiona y las voces se dispersan entre susurros y reverberaciones. Mantener una conversación medianamente decente se convierte en misión imposible, y no digamos si nuestro interlocutor posee una discapacidad auditiva. Las manos, disparatadas, gesticulan fuera de control, en un intento de hacer llegar las palabras a quien hace ímprobos esfuerzos por entendernos. Escuchar se vuelve un ejercicio agotador, para el que resultan imprescindibles infinita paciencia y hasta ciertas dosis adivinatorias en caso de que el hablante se niegue a repetir una y otra vez lo que ya ha dicho.

Quedan los ojos, entonces, como único vehículo de testimonio y canal de manifestación. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar (Antonio Machado dixit), y a cada paso nos cruzaremos con una variedad infinita de miradas: inquietas, tristes, intrigantes, cabizbajas, perdidas, serenas… y, las menos, confiadas. Porque la confianza requiere tiempo y voluntad (al igual que el olvido y el perdón) y, por desgracia, somos siervos del reloj y la pereza. Mirar a los ojos del otro mientras hablamos es una demostración de autoestima y franqueza, y no todo el mundo se ama a sí mismo ni acostumbra a contar las verdades. Si las miradas matasen, más de uno se caería redondo al suelo. Y no es necesario abrir la boca ni realizar ademán alguno, porque ya se encargan los ocelos de clavarse en los ocelos ajenos, mientras el alma compone en silencio estrofas henchidas de rencor.

Los ojos son capaces de atraer la atención y dirigirla hacia otro punto concreto. Es decir, no solo despiertan curiosidad en los demás, sino que también la reorientan. El neuromarketing ha aprovechado esta cualidad a través de la técnica del eye tracking, que extrae información del individuo analizando sus movimientos oculares. Al saber qué llama la atención de una persona, es posible desarrollar estrategias para guiar su trayectoria visual hacia un objeto o lugar determinado. Pero el eye tracking no ha hecho más que extrapolar al campo del neuromarketing una realidad de la vida cotidiana: los ojos revelan qué deseamos. En efecto, es imposible controlar la reacción de las pupilas cuando nos encontramos ante nuestro objeto (o sujeto) de deseo. Llegan a aumentar hasta 30 veces su tamaño aunque el resto del cuerpo se mantenga impertérrito. ¡No hay mascarilla que encubra una mirada anhelante! El contacto visual excita, agita y compensa la sonrisa escondida.

También la programación neurolingüística ha estudiado el lenguaje de los ojos y lo ha denominado “claves de acceso ocular” o “pistas de acceso ocular”. No obstante, aunque es verdad que ciertos movimientos oculares se relacionan con determinados patrones de comportamiento, considero que cada individuo es tan complejo y fascinante que resulta utópico reducirlo a un patrón determinado.

Dijo Miguel de Unamuno: “Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan”. Abiertos de par en par como ventanas al mundo interior, invitan a asomarse a los navegantes que se detienen un instante en su puerto, acogiendo tal vez al náufrago que espera ser rescatado. Una mirada delata las emociones dormidas en los recónditos rincones del ser, haciéndonos sentir vulnerables pero también aliviados, porque en ausencia del verbo, los ojos claman libremente aquello que no nos atrevemos a confesar.

Hay ojos que te escudriñan de arriba a abajo y los que nunca se posan en ti; unos que parpadean sin cesar y otros que parecen flotar en una laguna seca; estos que lloran ignorando la presencia de extraños y aquellos que contemplan la vida pasar sin alterarse lo más mínimo. La mirada es el eco de nuestra naturaleza, aquella que rebasa la frontera de lo físico. Una mascarilla acalla el trueno de la voz y suaviza la intensidad de los aromas, pero no puede apagar el brillo de esos dos luceros que resplandecen en el rostro.

En Los ojos verdes, Bécquer narra la leyenda de un joven noble que es arrastrado a la muerte por una mujer (ángel o demonio) de ojos color esmeralda, de la que se enamora locamente. ¿Qué importan las mascarillas si podemos deleitarnos con la belleza del iris? Aún podemos cobijarnos bajo el manto cálido de una mirada compasiva y ver reflejadas las estrellas en las pupilas de nuestros seres queridos. Sí, el alma puede hablar con los ojos… incluso con mascarilla. Hoy, además, es el momento de besar con la mirada.

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El síndrome de la cabaña y la zona de confort

Después de tanto tiempo enclaustradas, muchas personas sienten miedo a salir a la calle. Un halo de ansiedad envuelve el momento de abrir la puerta y lanzarse de nuevo al exterior. El regreso a la normalidad se antoja peligroso, como un desafío vital al que no es posible enfrentarse y mucho menos salir victorioso. Al desequilibrio anímico, mental y emocional que padecen estas personas se denomina “síndrome de la cabaña”. Instalado en una atípica zona de confort, el individuo experimenta terror si piensa en asomarse al descansillo de la escalera. Se ha acostumbrado a la oscuridad y teme a la luz. Increíble, pero cierto.

Esta seguridad que ofrece la casa, como si se tratara de un búnker a prueba de epidemias, tiene más contras que pros. La psicología y el coaching nos advierten de que la zona de confort no siempre otorga genuinos beneficios; simplemente, nos sentimos cómodos en ella. El cerebro está programado para sobrevivir y no le gustan los cambios. En consecuencia, permanecerá en el ambiente que implique un menor gasto de energía y garantice esa supervivencia. “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, dice el refrán, y es perfectamente aplicable al caso. Nos instalamos en una cueva y así no nos exponemos a la enfermedad ni al dolor, pero también nos perdemos la belleza de la existencia.

El síndrome de la cabaña me ha recordado (con matices) al mito de la caverna que Platón incluye en el libro VII de su obra República. Sócrates y Glaucón dialogan sobre cómo el ser humano adquiere el conocimiento y qué consecuencias tiene dicho logro. Para Sócrates, el hombre se encuentra prisionero en una caverna desde el mismo instante de su nacimiento. Cautivo, la única luz se la proporciona un fuego encendido detrás de él. Lo que ve reflejado en las paredes de la caverna son solo las sombras de los objetos que se encuentran en el mundo real, creyéndolas, no obstante, la auténtica realidad.

Un prisionero escapa. Siente miedo, pero sigue adelante. La luz del exterior le ciega, pero poco a poco va abriendo los ojos hasta que contempla el mundo en toda su hermosura. Decide regresar a la caverna para ayudar a escapar a los otros prisioneros:  quiere mostrarles la magnificencia de la realidad. ¡Ay, pero ellos se encuentran tan cómodos en la dimensión de las sombras que no aceptan ninguna alternativa a su circunstancia y hasta llegan a reaccionar con violencia ante la pretensión de hacerles cambiar!

¡Lástima del ser humano, infeliz ignorante de la belleza que se encuentra allende los muros de esa caverna! ¿Ignorante? Sí. ¿Infeliz? En absoluto. La ignorancia no implica desgracia, porque nadie puede desear aquello que no sabe que existe. Si la persona desconoce la verdadera realidad, brillante y luminosa incluso a pesar de los contratiempos, es imposible que anhele vivir en ella.

En mi artículo “De líder a maestro: más allá de la excelencia profesional” reflexioné acerca del archifamoso libro de Stephen R. Covey Los siete hábitos de la gente altamente efectiva y el menos popular El octavo hábito, concretado en descubrir la propia voz e inspirar a los demás para que encuentren la suya. Ya entonces, afirmé que este supuesto octavo hábito no es tal en sí mismo, sino que se trata de la consecuencia natural de la adquisición de los otros siete. Cuando una persona trasciende el ego y da el salto de la excelencia a la grandeza, su impulso natural es el de ayudar a otros para que también la hallen. Lo malo es que muchos se resistirán a avanzar porque su zona de confort es acogedora y evolucionar se traduce en esfuerzo y trabajo duro.

La cabaña es una metáfora del conformismo en el que mucha gente ha caído a raíz del decreto del estado de alarma. Hemos sacrificado nuestro derecho a la libertad de movimiento y ello ha implicado la adopción de nuevos hábitos. Para algunos, esos hábitos se han metamorfoseado en una cárcel de oro. Hay que escapar de la caverna, salir de la cabaña y romper los límites de la zona de confort. Las tres son distintas manifestaciones de la misma limitación: el miedo.

Para que las ideas se materialicen y así ganen la batalla contra las apariencias, es útil acudir a metodologías como el coaching y a herramientas como la inteligencia emocional. Pero lo que sin duda resultará más eficaz y satisfactorio será concentrar el foco en la faceta espiritual. La luz que aguarda fuera de la caverna brota de lo más profundo de nuestra esencia. Es un misterio tan fascinante como indiscutible: cuando el hombre admira la realidad está reconociendo en ella su esencia más íntima. Confiemos en nuestro poder interior y en la fuerza de la motivación, la voluntad y, sobre todo, de la pasión.

Yo creo que cuando venzamos al coronavirus no seremos ni mejores ni peores, sino diferentes. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra… y tres, y cuatro, y las que haga falta. Olvidamos con rapidez y los besos que ahora ansiamos se tornarán empalagosos cuando no quede un milímetro de piel sobre el que depositarlos. Platón escribió República en el 380 a.C., aproximadamente. Los números marean. Llevamos veinticinco siglos apoltronados en la zona de confort, reaccionando con ira y miedo ante la posibilidad de cambio. Ciertos niveles de temor y ansiedad son inevitables cuando se trata de avanzar, y desde luego que la recompensa merecerá la pena: la adquisición del conocimiento. ¿Qué más se puede pedir? Solo la sabiduría, la facultad de gestionar el conocimiento adecuadamente, a fin de sentir esa maravillosa plenitud que llamamos felicidad.

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Fake news, cerveza y michelines

En un mundo donde los titulares de prensa rotan a la misma velocidad que las tendencias de moda, no resulta extraño que las fake news hayan establecido su imperio. Luchamos contra el coronavirus encerrándonos en pisos diminutos y consumiendo cantidades ingentes de información y de cerveza. Se disparan las ventas de harina y levaduras mientras los michelines aumentan de tamaño día a día. Incertidumbre, morbo y miedo juegan una partida macabra en la que la banca siempre gana. El ciudadano, por desgracia, pierde.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Führer cuando Adolf Hitler ostentaba el poder en Alemania, ha pasado a la Historia como orador al servicio del engaño y la destrucción. ¡Qué horror, usar la inteligencia para un fin tan mezquino! Goebbels no ocultaba su recurso a los embustes, afirmando categóricamente: “Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad”. Hitler no se quedaba atrás cuando aconsejaba: “Haz la mentira grande, hazla simple, continúa repitiéndola y finalmente se la creerán”. ¡Ay, el populacho! Como una marioneta, la masa es susceptible de mangoneo y por ello es tan peligrosa. El individuo que alza la voz exigiendo explicaciones es considerado una amenaza para el sistema y por eso se le acalla sin piedad, de manera fulminante.

Las fake news persiguen diferentes objetivos, pero todos ellos se integran en dos categorías: económicos y de reputación. En lo que se refiere al dinero, unos ganan y otros pierden; en lo relativo a la reputación, siempre hay un quebranto. La muchedumbre se limita a creer y repetir la noticia que acaba de leer en los mentideros de las redes sociales. ¿Para qué extender esos bulos?  ¿Para qué plantar semillas de miedo y odio? La cuestión es que por cada “clic” de un usuario que sufre la ansiedad de la duda, hay alguien que obtiene ingresos. Cuando el usuario navega por la red y comparte noticias falsas está contribuyendo a desvirtuar la realidad y se erige en un miserable portavoz de la falacia y la injuria.

Internet, bien utilizada, es un conducto ideal para acceder a información útil y veraz, pero usada con metas oscuras es portadora de calumnias (ya lo dijo Voltaire: “Calumniad, calumniad, que algo quedará”). En tiempos de la II Guerra Mundial no existían Internet ni las redes sociales, pero un discurso pronunciado por alguien con carisma arrastraba al vulgo hasta la enajenación. La fuerza de un gobernante reside, en realidad, en la fuerza de aquellos a quienes gobierna. Solo hay que saber hacia dónde orientarla y cómo sacar provecho de ella.

Desde el “Pan y circo” (Panem et circenses) que los emperadores de la Antigua Roma ofrecían al pueblo para así mantenerlos contentos y que no se inmiscuyeran en los asuntos de Estado, se han levantado muchas cortinas de humo para desviar la atención. Hay circunstancias que marcan la diferencia entre una nación gobernada con sabiduría y un país que navega a la deriva. ¡No debemos consentir que el Panem et circerses tenga su contemporáneo alter ego en un Estado de Bienestar corrupto! El pensamiento crítico del ciudadano se diluye en una amalgama de alcohol, azúcar y falsedad. La información es tergiversada y adulterada hasta tal punto que resulta creíble, precisamente, por lo descabellado de su contenido.

Recordemos cómo en 1938 Orson Welles hizo entrar en pánico a todo Estados Unidos cuando retransmitió por la radio una supuesta invasión extraterrestre. Junto a la compañía de teatro que él mismo dirigía, Welles se limitó a interpretar la novela La guerra de los mundos, del británico H.G. Wells. La apelación a las emociones y una fantástica estrategia comunicativa posibilitaron que 12 millones de americanos creyeran que estaban siendo invadidos por marcianos. Se vivieron intensas escenas de terror, con multitudes echándose a las calles y carreteras, huyendo hacia ninguna parte en medio del caos. Las fake news llegan tan lejos porque hablan a nuestro cerebro emocional, un volcán cuya erupción tiene la facultad de suscitar la alegría más desbordante y la desesperación más absoluta. El ataque extraterrestre era falso y, sin embargo, muchos lo creyeron cierto y reaccionaron con un pavor colosal. No nos riamos de ello… porque ya sabemos lo que puede ocasionar la lealtad ciega a un dictador.

El sensacionalismo es lo habitual en esta era de consumo masivo de noticias. La información se traduce en una serie de titulares a cuál más llamativo. A los pocos minutos, ese titular habrá sido sustituido por otro más agresivo, más provocador, más polémico. Hemos entronizado a la desinformación y le hemos otorgado autoridad para que influya en nuestras decisiones y actos. ¡Despojemos de credibilidad a las noticias inverosímiles que circulan por canales digitales! Solo así recuperará su prestigio la denostada profesión de periodista. La propaganda no es información y ni siquiera persuasión, sino manipulación.

Hoy, los minutos transcurren ante las pantallas del ordenador y el teléfono móvil mientras rumiamos patatas fritas por puro aburrimiento. Al mirarnos al espejo nos percatamos de los kilos que se van acumulando en la tripa o en las caderas, pero no tomamos consciencia del veneno que va intoxicando nuestra capacidad de discernimiento. La resaca de la cerveza desaparecerá y venceremos a los michelines con algo de ejercicio físico y dieta, así que no cedamos ante el bombardeo infame de las fake news. De lo contrario, estaremos enriqueciendo a aquellos que se aprovechan de quienes tienen hambre y sed de verdad.

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