Las tres dimensiones del nuevo profesional: razón, emoción, alma

En medio del caos que puede llegar a ser la vida laboral, hay quien habla de dominar las circunstancias que nos rodean para así controlar las emociones. Yo prefiero hablar de dominar la reacción a esas circunstancias, que es a lo único que en verdad puede aspirar el individuo. Ya lo decía Epícteto: “Los hombres no se perturban por las cosas, sino por lo que piensan acerca de esas cosas”. Las emociones no pueden controlarse porque son básicas, inmediatas y fugaces; solamente pueden gestionarse adecuadamente.

Para no ser esclavos de nuestras pulsiones pero tampoco convertirnos en seres fríos y calculadores, debemos cultivar y entrenar la inteligencia emocional. Se trata de conseguir la armonía entre la potencia del sistema límbico, donde residen las emociones, y el sosegado desempeño del neocórtex, donde se elaboran los pensamientos y descansa la reflexión. Es imposible reducir nuestra existencia a una sucesión de pensamientos lineales. Al fin y al cabo, los humanos somos seres emocionales. O, mejor dicho, somos seres emocionales que razonan, como afirma mi admirado doctor Daniel López Rosetti, y esas emociones y sentimientos se expresan y manifiestan a través del cuerpo (de ahí las famosas somatizaciones).

Considero que la motivación más potente que puede tener una persona es la de su propio desarrollo. Ese deseo de crecimiento nace del interior, pues la esencia del individuo se cimenta sobre el anhelo de evolución. Si se prefiere, llámese a esa esencia “espíritu” o “alma”. Así que voy un paso más allá en lo que se refiere a la naturaleza humana, grabada a fuego en lo más profundo de la psique: somos seres emocionales que razonan, pero sobre todo, somos seres espirituales que sienten y razonan. El alma es esa fuerza vital que nos impulsa a caminar cuando creemos que ya no podemos más, es ese aliento vital que nos susurra que hay algo más que lo que vemos a simple vista, es esa luz etérea donde reside la verdadera belleza del hombre.

Con respecto al ámbito laboral, para un emprendedor ilusionado con crear su propio negocio o un ejecutivo esperanzado en conseguir un ascenso suena muy bien eso de “Si crees en ti, no habrá absolutamente nada que esté fuera de tus posibilidades”. ¡Ay, que caemos en la trampa de la psicología positiva y el optimismo radical! Tan inútil es no actuar como peligroso es lanzarse al mundo sin un mínimo de realismo, objetividad y planificación. ¿Qué es eso de que no hay que planificar nada y regirse sólo por la pasión? En la actualidad se extiende una curiosa corriente que anima a los individuos a comerse el mundo, pero no les ofrece alternativas en caso de fracaso. Es genial abrirse a nuevas experiencias y tener el valor de salir de la zona de confort, pero con cabeza, con mucha cabeza, precisamente para no pegarse un cabezazo.

Es cierto que de los errores se aprende, pero no es tan fácil aceptarlos sin más. Para colmo, la mayoría de personas no conocen la diferencia entre aceptación y resignación. Mientras que la aceptación implica la serena asimilación de circunstancias y acontecimientos que escapan a nuestro control, la resignación conlleva una profunda tristeza y una pérdida de autoestima por no conseguir el objetivo marcado. Por tanto, al sentirse vencida y derrotada, la persona pierde su posición de individuo diferenciado del resto y se integra en una masa homogénea de descontentos. Y esto es horrible, porque el perfeccionismo exacerbado es causa de ansiedad y sufrimiento, pero la resignación es la madre del conformismo.

El nuevo profesional debe focalizar su energía en gestionar adecuadamente sus emociones mediante su identificación, elaboración y aceptación. Los sentimientos resultan de esa gestión emocional una vez interviene el pensamiento, y nuestro cerebro puede ser nuestro más valioso aliado o nuestro más feroz enemigo. ¿Y qué ocurre con el alma? ¿En qué parte del cerebro se localiza? Ya sabemos que el coaching y la inteligencia emocional son un método y un modelo de gestión idóneos para fomentar las aptitudes innatas del trabajador y enriquecer sus habilidades sociales y directivas. Pero… ¿cómo utilizarlos para entrenar la faceta espiritual del ejecutivo en su propio beneficio y en el de la empresa en la que preste sus servicios?

Queda mucho por investigar y decir en este campo, pero hay algo que sí me atrevo a afirmar: razón, emoción y alma forman una tríada indisoluble porque se retroalimentan entre ellas. La filosofía de las empresas socialmente responsables refleja un interés por el bienestar del empleado, un interés por el regreso a la esencia del individuo. Si hoy se ha afianzado el concepto de inteligencia emocional, ¿hablaremos mañana de inteligencia espiritual? Seguramente, sí. Inteligencia implica evolución, y como hemos comentado antes, la evolución caracteriza la esencia de la persona, es decir, su alma. En consecuencia, las almas inteligentes se encontrarán con otras afines que se asomen al mundo laboral sin miedos, sin fanatismos y sin creerse en posesión de las verdades absolutas, esgrimiendo la bandera del respeto, la tolerancia y la empatía. El mundo de los negocios es una jungla donde no sobrevivirán los más fuertes, sino aquellos que mejor se adapten a las nuevas reglas del mercado. Y esta adaptación implica trabajar en la evolución equitativa de las tres dimensiones del nuevo profesional: razón, emoción y alma.

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