La perfecta imperfección (It´s ok not to be ok)

Soy una líder, y estoy cansada. Es un agotamiento físico, mental y emocional que me ha obligado a bajar el ritmo (elegante eufemismo para referirme a mi parón en seco) después de largos meses de esfuerzo y tensión acumulada. El viento huracanado que me daba alas ha comenzado a amainar, así que me he autoimpuesto medidas para lidiar con el exceso de responsabilidades y el calor de 40º que asfixia el entusiasmo: silencio, soledad y meditación. Sé que estas medidas me ayudarán a encarar las situaciones que escapan a mi control.

Problemas, circunstancias adversas, acontecimientos imprevistos, accidentes… En efecto, no podemos controlarlos, pero sí podemos desarrollar la resiliencia, que supone un aprendizaje y conlleva un crecimiento personal y una demostración de la fuerza del alma que nos hace contemplar el mundo con otros ojos. Ser resiliente es tomar consciencia tanto de nuestra fragilidad como de nuestros recursos para recuperarnos de una tragedia. Sin embargo, la resiliencia llevada al extremo muta a competencia desadaptativa: al sobreestimar nuestras facultades, nos adentramos en terreno pantanoso.

Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido, El hombre en busca de sentido último y En el principio era el sentido, nos habló de que la vida es digna de ser vivida incluso cuando existe sufrimiento, ¡precisamente a través de ese sufrimiento! La diferencia entre el individuo común y el hombre extraordinario reside en la actitud que se adopte ante la desgracia. Somos dueños de nuestras decisiones, actos y omisiones, y aunque no poseemos el don de escoger las cartas con las que nos obsequia la existencia, sí podemos elegir cómo jugarlas. Para Frankl, el sentido de la vida es encontrar un propósito: si conocemos un por qué, siempre hallaremos un cómo.

La cuestión es que, a  veces, la fatiga nubla nuestro juicio. ¿Qué ocurre cuando tu identidad se desdibuja? ¿Qué sucede cuando dudas de que tu propósito vital sea x? ¿Y si, de repente, ya no te apasiona aquello por lo que has luchado durante tanto tiempo? Es necesario expresar las emociones, sentimientos, ideas y pensamientos que nos asaltan en nuestras horas más bajas. El autoconocimiento y el abrazo al yo permiten establecer “líneas rojas” que no debemos cruzar, so pena de dañar nuestra salud física, mental, emocional y espiritual. Somos humanos, no superhéroes. ¡Somos perfectamente imperfectos! La manifestación de la debilidad es, en verdad, una muestra de seguridad y fortaleza. ¡Está bien no estar bien! It´s ok not to be ok!

Mantenerse al pie del cañón, aguantando impertérritos los envites del Destino, nos pasa factura. Es entonces el momento de frenar y perdonarnos. Perdonarnos por haber forzado la máquina, por no haber sabido (o querido) escuchar la voz del espíritu que rogaba descanso. Se trata de una autocompasión sana, que nada tiene que ver con el victimismo o la culpa, sino con la adecuada identificación y gestión de nuestras emociones. ¡Hay que practicar la bondad hacia uno mismo, como sublime acto de amor propio!

Al abuso de la resiliencia en la vida analógica se suma la presión a la que nos somete la vida digital. “Dientes, dientes”, cuerpos de infarto, ropa de marca, familia ideal y éxito profesional. Nos convertimos en hologramas insensibles y patéticos, y corremos el riesgo de que la frontera entre persona y personaje se difumine. Es lógico que, a medio-largo plazo, y a causa de la exhibición aparentemente pluscuamperfecta del hacer y el tener, se produzca un cortocircuito en el ser. Mantener la apariencia de una continua felicidad exige un gasto energético brutal y terrible. Reconocer que sufrimos, pedir ayuda y desahogarnos es una magnífica catarsis que nos devuelve la armonía interior. Cuando la esencia grita “¡Basta!”, la matrix calla.

La pandemia continúa haciendo estragos en todo el mundo. Seguimos enfrentándonos a un enemigo invisible que posterga una y otra vez la consecución de nuestros objetivos. Vivimos en una incertidumbre abrumadora, y hasta los más curtidos especialistas en salud mental coinciden en afirmar que jamás habían visto tal incremento en número de casos de ansiedad y depresión. El implacable tic-tac del reloj resuena como un trueno que se estrella contra el océano. Estamos perdidos en un mar de respuestas huecas y vacilantes. El único absoluto que encontramos entre tanta relatividad es la aceptación de que estamos mal, y tenemos derecho a sentirnos así. “Todo irá bien” es un mantra que, en ocasiones, resulta tan falso como contraproducente. ¡No hay ninguna garantía de que todo irá bien! Optimismo realista, siempre; pensamiento positivo radical, nunca.

La conclusión es que los seres humanos  tenemos días buenos, malos y regulares, y es ridículo fingir alegría cuando la tristeza se apodera de nosotros. Esa tristeza es circunstancial y, afortunadamente, tiene fecha de caducidad, pero también es muy real, se siente aquí y ahora y merece consideración y respeto. Yo he decidido activar el modo “vacaciones cerebrales”. Porque lo necesito, porque me da la gana y porque estoy orgullosa de mi perfecta imperfección.

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El ego y esa amante inoportuna que se llama soledad

Algunas veces, cuando aún no había irrumpido en nuestras vidas esta vorágine pandémica, me sentía perdida entre calendarios. No sabía el motivo de tanto malestar, aunque tal vez fuera la sensación de que algo grande estaba a punto de llamar a la puerta, pero tardaba demasiado. Quería hacer, quería tener, y quería parecer… aunque no sabía muy bien el qué. Hasta que comprendí que mi ansiedad era provocada por un duende travieso llamado ego, que me mantenía alejada de un amigo fiel denominado yo, utilizando la trampa del perfeccionismo y la promesa de una buena reputación.

Decidí, un buen día, que no perdería más tiempo buscando y dejaría que ese algo grande me encontrara a mí. Me reconcilié con mis defectos y virtudes y me premié por mis logros, grandes o pequeños, porque entendí que siempre habría alguien que podría hacer, tener o parecer más o mejor que yo, pero nunca ser como yo.

Cuando se afronta la existencia desde el ser, y merced a la calma que otorga la sana autoestima, nace una infinita compasión hacia el conjunto de la humanidad. Se trata de una compasión cimentada en la idea de misericordia y solidaridad, sin connotaciones peyorativas que remitan a desigualdades. El ego nos hace creer que somos el ombligo del mundo y, aunque somos excepcionales en nuestra unicidad, nuestra valía como especie se equilibra gracias a la dignidad y libertad innatas al ser humano. ¡Cuánta compasión encontramos en un abrazo sincero o en un silencio cómplice!

Atreverse a vivir desde el yo y no desde el ego implica tomar consciencia de tres realidades:

  • Lo que hago no me define
  • Lo que tengo no me define
  • Lo que opinen de mí no me define

Ser yo significa que soy la misma persona haga lo que haga, tenga lo que tenga, opinen lo que opinen. Aceptarse a sí mismo conlleva amarse sin reproches y sin condiciones, como únicamente puede conseguirlo quien conoce la diferencia entre estar solo y sentirse solo. Surgen del abismo de mi memoria los versos escritos por el maestro Joaquín Sabina, y que integran el estribillo de su canción Que se llama soledad:

Y algunas veces suelo recostar

Mi cabeza en el hombro de la luna

Y le hablo de esa amante inoportuna

Que se llama soledad.

En principio, resulta paradójico utilizar en la misma frase las palabras “amante” y “soledad”, pero su unión cobra sentido si (además de rendirnos ante el genio del compositor) reflexionamos acerca de nuestra naturaleza. La soledad elegida voluntariamente es bálsamo para las heridas emocionales y las provocadas por el estrés. La soledad impuesta, por el contrario, es un veneno que marchita el corazón y amarga la cotidianeidad. De ahí el terror que despierta la posibilidad de un nuevo confinamiento domiciliario: nos separan, nos aíslan y nos roban la libertad de escoger, imponiéndonos una soledad que acarrea angustia y tristeza extremas, y que es origen de numerosas enfermedades físicas y psicológicas. El individuo está diseñado para vivir en sociedad e interactuar con sus semejantes, pero puede sentirse solo en medio de una multitud, como una gota de agua en la inmensidad del océano. El hombre tiene derecho a estar solo si así lo desea, pero el sentimiento de soledad quiebra las mentes más poderosas.

Apegarse a la pareja y responsabilizarla de nuestra felicidad, como teórica cura frente a la soledad, es una actitud egoísta y errónea. Las parejas más felices son aquellas cuyos miembros, independientemente de un proyecto de vida común, tienen sus particulares ilusiones, propósitos y expectativas. El fundamento del amor en pareja se halla en el amor propio, que permite al sujeto establecer una relación de respeto y confianza con el otro. Si una relación se asienta en la frivolidad, el interés o la hipocresía, significa que el ego es el elemento dominante y no existe auténtico amor. Al fin y al cabo, como dijo Albert Camus: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”.

Amarse a uno mismo es el antídoto para que la toxicidad del ego no nos convierta en carcasas vacías, usuarios compulsivos de redes sociales, ávidos de likes y followers. En esta colosal feria de las vanidades, donde la reputación se basa en el hacer y el tener, el ser queda relegado a un segundo plano. Las redes sociales deben utilizarse con elegancia y prudencia, para transmitir mensajes que contribuyan a hacer del mundo un lugar más hermoso, y no para alardear de esto o aquello. Hay que ser muy valiente para rebelarse contra la ordinariez e ignorar los groseros comentarios de la masa de incultos que invade internet. Incluso cuando ya hemos aprendido a vivir desde el yo, hay que seguir reforzando nuestro autoconcepto y la actitud de agradecimiento hacia quienes nos rodean: el ego dormita agazapado en cualquier rincón y el murmullo más aterciopelado puede romper su letargo. Por eso, cuando la tentación de sucumbir a la jactancia pronuncia mi nombre, le ordeno que no levante la voz.

Ese algo grande que buscaba con ahínco emergió el día que dejé de pensar demasiado y comencé a vivir. El ego cayó de su pedestal y la soledad no fue nunca más una amante inoportuna. Cuando encontramos ese algo grande, la energía se concentra en el propio círculo de influencia, relegando el hacer, el tener y la reputación a diminutos rincones del tiempo y el espacio. Ese algo grande, en fin, es la felicidad de regresar, como arrepentidos hijos pródigos, al hogar donde reside nuestra esencia: el yo.

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El placer de recibir versus la felicidad de dar

En este otoño plagado de incertidumbre y nuevas restricciones, he constatado una hermosa realidad: la felicidad es posible. He escuchado quejas por doquier (yo misma me he permitido algunos momentos de bajón) y constantes críticas a la gestión de la pandemia por parte de los gobernantes. Sin embargo, no he llegado a sentir ira ni impotencia. Como antítesis a los episodios aislados de placer que provocan los sentidos al ser estimulados, he disfrutado de un prolongado estado de paz y calma. Frente al requerimiento y la exigencia, yo he optado por la entrega y la confianza. El resultado, sereno y magnífico, se llama felicidad.

La crisis de valores que se ha instalado en nuestra cotidianeidad tiene su origen en la confusión entre placer y felicidad. Mucha gente equipara estos conceptos, pero son completamente distintos. Esta diferencia tiene una base biológica indiscutible. El ser humano es una maravilla de la naturaleza y producimos hormonas de todo tipo y para todos los gustos, como mensajeros que recorren el cuerpo y que condicionan nuestras reacciones. Si hablamos de placer y felicidad, hay que hacer referencia a cuatro de ellas: la endorfina, la oxitocina, la dopamina y la serotonina.

  • La endorfina es un analgésico y anestésico natural. Se produce, por ejemplo, al hacer deporte o reírse a carcajadas.
  • La oxitocina se encarga de establecer vínculos emocionales y sociales. Se la conoce como “la hormona del amor”, ya se trate de amor romántico, afecto social o autoconfianza.
  • La dopamina es un estimulador y acelerador. Su exceso puede conducir a adicciones y trastornos de la personalidad y el comportamiento.
  • La serotonina es un inhibidor que equilibra y apacigua la violencia y el dolor, de manera que la felicidad resultante se mantiene estable a lo largo del tiempo.

Centrémonos en las dos últimas. Imaginemos que un individuo consume cualquier sustancia adictiva. La dopamina estimula a una neurona, y a otra, y a otra… Y cuando las neuronas son estimuladas excesivamente y con demasiada frecuencia, tienden a morir. La neurona posee un fantástico mecanismo de defensa contra esto: reduce la cantidad de receptores que pueden ser excitados, en un intento desesperado por mitigar el daño de la sobreestimulación. En psicología, este proceso se denomina “supresión de estímulos”. Esta persona necesitará cada vez más cantidad de la sustancia en cuestión para obtener la misma cantidad de placer, porque hay menos receptores disponibles. Al final, recibes una dosis enorme, pero no sientes nada. A esto se le llama “tolerancia”. Y cuando las hormonas empiezan a morir, significa que hemos desarrollado una adicción. La felicidad, por el contrario, no depende del consumo de drogas ni se define como un eventual “subidón”, sino que es una disposición perenne con respecto a la vida. Como la serotonina es un inhibidor, apacigua a los receptores y provoca alegría. Experimentamos, entonces, ese sentimiento de ser uno con el Todo.

Hay una cosa que suprime la serotonina: la dopamina. Paradójicamente, cuanto más placer busques, más infeliz serás. El capitalismo exacerbado y la competitividad empresarial llevada al límite han desdibujado, intencionada y deliberadamente, la línea que separa placer y felicidad, de tal manera que la persona crea que, en verdad, la felicidad se puede comprar. Un sistema económico que fomenta el narcisismo y el hedonismo solo conduce a la destrucción de la esencia humana. Encontramos al hombre de hoy asfixiado por mensajes de consumismo compulsivo, hipnotizado por una falsa promesa de felicidad, cuando, en verdad, la imposición de tan absurdas expectativas le lleva a la frustración y la ansiedad.

El mes de octubre ha sido extraño y emocionante. He llevado a cabo una serie de actos desinteresados, a fin de proporcionar el bien a otras personas a las que aprecio y admiro, sin pensar en ningún momento en obtener un beneficio para mí. Todas, sin excepción, han agradecido mi gesto, y esa gratitud me ha hecho sonreír como hacía tiempo que no lo hacía. No tengo necesidad de decir públicamente el nombre de esas personas, porque eso sería alimentar mi vanidad y traicionar su confianza. Simplemente, destacaré que todos sus éxitos y logros son más que merecidos, y que su categoría profesional es directamente proporcional a su calidad humana. Soy afortunada, porque en esta jungla que es el mundo de la empresa, donde solo sobreviven quienes se adaptan y arriesgan, he encontrado a personas excepcionales. ¡Eso que me llevo, y que me quiten lo bailao! Mi admiración, aprecio y respeto para todos ellos.

Así que, partiendo de la biología y añadiendo unas gotitas de mi propia experiencia, deduzco las siguientes conclusiones:

  • El placer es pasajero. La felicidad es permanente. La intensidad del placer camina de la mano de su brevedad, mientras que la felicidad implica persistencia.
  • El placer es visceral, instintivo, carnal. La felicidad es etérea, lúcida, espiritual. Al igual que el sentimiento nace de la elaboración consciente de la emoción en el neocórtex, la felicidad brota de la sensata reflexión relativa a los propios alicientes.
  • El placer se experimenta solo: mis emociones, mis La felicidad se alcanza en grupos sociales, en cuyo seno la energía fluye y se crean nexos de unión. Recordemos: necesitamos integrarnos en tribus y sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos, pues así obtenemos la seguridad y el reconocimiento fundamentales para nuestra autorrealización.

Considero que el placer es recibir y la felicidad es dar. Si te hacen un regalo, sin duda sentirás placer, pero si eres tú quien hace un regalo, entonces sentirás felicidad. Es un hermoso obsequio para el alma ofrecer tus alas al prójimo para que vuele más y más alto. No es complicado ser feliz. Solo hay que amar.

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El alma que hablar puede con los ojos… incluso con mascarilla

“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”. ¿Qué musa visitaría aquella noche a Gustavo Adolfo Bécquer para inspirarle a escribir estos versos? Es la sublime expresión de cómo los ojos son capaces de expresar el mensaje del espíritu. Cada mirada es única, como lo es cada persona en su subjetividad. Si una imagen vale más que mil palabras, los ojos son ese espejo del alma donde se reflejan las más íntimas emociones.

“Érase un hombre a una nariz pegado”. Así comienza el soneto A una nariz de Francisco de Quevedo. Pues bien, hoy nos encontramos ante un hombre encolado a una mascarilla, apéndice inaudito tras el que precisamente se oculta la pituitaria, como si de un tipo de bozal se tratara.  Quedan nariz y boca ahogadas por la celulosa o el tejido, mientras las orejas sufren el roce continuo de gomas elásticas, cual versión contemporánea de los látigos de antaño. Solo los ojos quedan a la vista; solo ellos, luchando por escapar de sus órbitas para realizar la más básica, esencial y prioritaria de las funciones que nos definen como seres humanos: comunicar.

A causa de la mascarilla, la voz se distorsiona y las voces se dispersan entre susurros y reverberaciones. Mantener una conversación medianamente decente se convierte en misión imposible, y no digamos si nuestro interlocutor posee una discapacidad auditiva. Las manos, disparatadas, gesticulan fuera de control, en un intento de hacer llegar las palabras a quien hace ímprobos esfuerzos por entendernos. Escuchar se vuelve un ejercicio agotador, para el que resultan imprescindibles infinita paciencia y hasta ciertas dosis adivinatorias en caso de que el hablante se niegue a repetir una y otra vez lo que ya ha dicho.

Quedan los ojos, entonces, como único vehículo de testimonio y canal de manifestación. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar (Antonio Machado dixit), y a cada paso nos cruzaremos con una variedad infinita de miradas: inquietas, tristes, intrigantes, cabizbajas, perdidas, serenas… y, las menos, confiadas. Porque la confianza requiere tiempo y voluntad (al igual que el olvido y el perdón) y, por desgracia, somos siervos del reloj y la pereza. Mirar a los ojos del otro mientras hablamos es una demostración de autoestima y franqueza, y no todo el mundo se ama a sí mismo ni acostumbra a contar las verdades. Si las miradas matasen, más de uno se caería redondo al suelo. Y no es necesario abrir la boca ni realizar ademán alguno, porque ya se encargan los ocelos de clavarse en los ocelos ajenos, mientras el alma compone en silencio estrofas henchidas de rencor.

Los ojos son capaces de atraer la atención y dirigirla hacia otro punto concreto. Es decir, no solo despiertan curiosidad en los demás, sino que también la reorientan. El neuromarketing ha aprovechado esta cualidad a través de la técnica del eye tracking, que extrae información del individuo analizando sus movimientos oculares. Al saber qué llama la atención de una persona, es posible desarrollar estrategias para guiar su trayectoria visual hacia un objeto o lugar determinado. Pero el eye tracking no ha hecho más que extrapolar al campo del neuromarketing una realidad de la vida cotidiana: los ojos revelan qué deseamos. En efecto, es imposible controlar la reacción de las pupilas cuando nos encontramos ante nuestro objeto (o sujeto) de deseo. Llegan a aumentar hasta 30 veces su tamaño aunque el resto del cuerpo se mantenga impertérrito. ¡No hay mascarilla que encubra una mirada anhelante! El contacto visual excita, agita y compensa la sonrisa escondida.

También la programación neurolingüística ha estudiado el lenguaje de los ojos y lo ha denominado “claves de acceso ocular” o “pistas de acceso ocular”. No obstante, aunque es verdad que ciertos movimientos oculares se relacionan con determinados patrones de comportamiento, considero que cada individuo es tan complejo y fascinante que resulta utópico reducirlo a un patrón determinado.

Dijo Miguel de Unamuno: “Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan”. Abiertos de par en par como ventanas al mundo interior, invitan a asomarse a los navegantes que se detienen un instante en su puerto, acogiendo tal vez al náufrago que espera ser rescatado. Una mirada delata las emociones dormidas en los recónditos rincones del ser, haciéndonos sentir vulnerables pero también aliviados, porque en ausencia del verbo, los ojos claman libremente aquello que no nos atrevemos a confesar.

Hay ojos que te escudriñan de arriba a abajo y los que nunca se posan en ti; unos que parpadean sin cesar y otros que parecen flotar en una laguna seca; estos que lloran ignorando la presencia de extraños y aquellos que contemplan la vida pasar sin alterarse lo más mínimo. La mirada es el eco de nuestra naturaleza, aquella que rebasa la frontera de lo físico. Una mascarilla acalla el trueno de la voz y suaviza la intensidad de los aromas, pero no puede apagar el brillo de esos dos luceros que resplandecen en el rostro.

En Los ojos verdes, Bécquer narra la leyenda de un joven noble que es arrastrado a la muerte por una mujer (ángel o demonio) de ojos color esmeralda, de la que se enamora locamente. ¿Qué importan las mascarillas si podemos deleitarnos con la belleza del iris? Aún podemos cobijarnos bajo el manto cálido de una mirada compasiva y ver reflejadas las estrellas en las pupilas de nuestros seres queridos. Sí, el alma puede hablar con los ojos… incluso con mascarilla. Hoy, además, es el momento de besar con la mirada.

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Los tres pecados capitales del mal jefe

En la actualidad, es común que las empresas ofrezcan ciertas actividades de formación a sus trabajadores. Sin embargo, de nada sirve invertir cantidades ingentes de tiempo y dinero en esta formación si quien dirige el equipo es un inútil emocional. Por desgracia, estos personajes abundan tanto en el sector privado como el público, e intoxican con sus malas energías a todo el que se le acerca. ¿Por qué se mantiene en sus puestos a estos jefecillos de tres al cuarto? ¡Misterio, llamen a Iker Jiménez! Aferrado con uñas y dientes a un sillón de mando al que denigra con su actitud, tres son los pecados capitales que distinguen a este ejemplar, y por los que purgan sus empleados: la soberbia, la envidia y la ira.

La soberbia es el sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás, y se manifiesta a través de prepotencia y menosprecio a las ideas ajenas. Este jefe convierte su mesa de despacho en una trinchera desde la cual observa con ojos de lechuza a sus subordinados para averiguar quién puede hacerle sombra. ¡Ay de aquél que se atreva a cuestionar alguna de sus instrucciones y, sobre todo, de aquél que destaque entre los miembros del rebaño! En cuanto sea consciente del brillo de algún trabajador, el mal jefe utilizará todas las armas a su alcance para mermar ese resplandor, sin prisa pero sin pausa. La ética queda al margen de las actuaciones, pues el objetivo es minar la autoestima del empleado ejerciendo un mobbing contundente.

El jefe soberbio es un espécimen con una capacidad de reproducción que ridiculiza a la de las cucarachas. Comparte con estos insectos su destreza para desenvolverse con soltura por las alcantarillas, si bien, en este caso, me refiero a las cloacas del alma humana. Lo más gracioso es que la soberbia caracteriza a quien, en realidad, tiene un enorme complejo de inferioridad. Antítesis de la humildad, la soberbia nos presenta al mal jefe como un mequetrefe despojado de carisma y autoconfianza, de manera que la única forma de imponer su voluntad es a base de despotismo.

La envidia es el deseo de tener algo que otra persona posee. Es la semilla del resentimiento, ya que el sentimiento de tristeza o malestar por el bien ajeno es preludio del rencor. Se esconde en el fondo del corazón humano como una víbora en su agujero (Balzac dixit) y tiene el poder de enloquecer al más cuerdo de los individuos, alimentando su ansia de detentar esto o aquello. Si un trabajador goza de una especial habilidad y su jefe es un tipo envidioso, en seguida se ganará su antipatía. Quizás, ese mal jefe intentó, sin lograrlo, ser como su empleado, hacer lo que él hace o tener lo que él tiene. Ahora contempla cómo su subordinado hace gala con naturalidad de la cualidad o pericia anhelada, como si hubiera sido bendecido con un don. De aquí fluirá el río de la envidia con una potencia excepcional, llevándose por delante lo que encuentre a su paso: la sintonía, la conexión emocional y el buen ambiente laboral.

¡Cuántos excelentes profesionales han sido víctimas de la envidia de su jefe! ¡Cuántas zancadillas y puñaladas traperas se han asestado en nombre de este pecado! A un mal jefe no le tiembla el pulso a la hora de cortar de raíz la prometedora carrera profesional de un trabajador, con tal de mantenerse cómodo y a salvo en su mediocridad. Doy fe: desde la mentira a la amenaza, pasando por el chantaje y el acoso. Todas ellas son prácticas válidas desde la corrupta perspectiva de un jefe envidioso.

Como decía Napoléon, “La envidia es declaración de inferioridad”. Por tanto, envidia y soberbia son hermanas de sangre: ambas representan erróneos mecanismos con los que enfrentarse a  un pobrísimo autoconcepto.  ¿Y cómo se exteriorizan descaradamente esos mecanismos? Pues con ira, con mucha ira. La rabia incontrolable que siente un mal jefe cuando su empleado obtiene recompensa a su esfuerzo es el eco de su oscuro interior. Un líder siempre se alegra por los éxitos de los integrantes de su equipo, los reconoce y celebra. Un mal jefe hará todo lo que esté en su mano para impedir que esos éxitos salgan a la luz, y los minusvalorará a fin de que el trabajador dude de su talento.

Sé que muchos habrán experimentado en primera persona lo que expongo en este artículo. La soberbia, la envidia y la ira están a la orden del día en las oficinas. El área laboral puede ser un infierno cuando nos topamos con un mal jefe que se empeña en hacernos la vida imposible. Creo que la solución a este problema se cimenta en dos iniciativas:

  • Que las empresas impulsen la formación en valores más allá de los talleres que ahondan en conocimientos teórico-prácticos, y que en los destinatarios de dicha formación se incluya a los directivos.
  • Que los trabajadores de la empresa, sea cual sea su cargo y posición en el organigrama, tengan el coraje de realizar un sincero ejercicio de introspección, encaren sus miedos y aprendan a amarse con sus defectos y virtudes, para así no machacar a otros que brillan más que ellos.

 

Un mal jefe (o jefa, porque la mediocridad no entiende de sexos) es una piedra en el camino que conduce a la plenitud profesional. Hay quien tropieza con ella, quien la esquiva y también quien se deja aplastar. Jamás se debe renunciar a la propia dignidad si nos encontramos con un escollo de estas dimensiones. Resulta muy difícil trabajar con un jefe que irradia soberbia, envidia o ira, y es lícito marcharse de la empresa si la situación se torna insostenible. Si optamos por esto último, mantengamos siempre la cabeza alta. En el fondo (muy en el fondo, porque soy buena pero no imbécil), individuos así me inspiran compasión. Un mal jefe es un animalito vulgar y gris. Un profesional excelente es un ser que atesora grandeza.

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