Gracias al cielo por ser escritora (La luz de la vocación)

Cuando me hablan de amor, viene a mi cabeza un nombre de mujer. Ese nombre es el de mi abuela, y algunas veces pienso que es demasiado hermoso para pronunciarlo en voz alta. El nombre de los ángeles debería grabarse a fuego en el corazón de todos los hombres. 

Mi abuela sintió la vocación de escribir a muy temprana edad, y a mí me ocurrió exactamente lo mismo. Crecí en una casa repleta de libros, donde las tardes transcurrían entre silencios, besos y carcajadas. El silencio se dedicaba al estudio y la escritura, y las carcajadas eran resultado de los besos que nos regalábamos la una a la otra sin soltar el bolígrafo ni el diccionario. El quedo tic-tac del reloj de pared no nos impedía entrar en un maravilloso estado de flujo. Éramos dos escritoras, una madura y otra en ciernes, ella escribiendo sin titubeos y con un exquisito dominio del lenguaje, y yo construyendo unos primeros párrafos rebosantes de inocencia. Nueve campanadas marcaban el final del sueño y empezábamos a preparar la cena. ¿O lo que marcaban era el final de la realidad, nuestra realidad?

Se entregaba totalmente porque creía en las personas. Confiaba en la bondad incluso de aquellos a los que no conocía, y regalaba sonrisas, palabras y caricias que almibaraban el paso del tiempo. Quiso hacer de las vidas ajenas el camino de rosas que nunca fue su propia vida. Y ella no esperaba recibir nada a cambio. Sólo deseaba escribir y, testigo de cada paso que yo daba hacia el mañana, me repetía que como decía Antonio Machado se hace camino al andar. Pasó muchas horas a los pies de mi cama, contándome historias de su niñez, de su juventud, de su madurez… Parecían sacadas de un libro de cuentos, ¡tanta ternura irradiaban!

Le gustaba mirar a través de las ventanas. Primavera, verano, otoño, invierno. El cambio de estación le parecía insólito, hermosísimo, y cada vez que ocurría volvía a disfrutar, como si acaso fuera la primera vez, de la belleza de la existencia. Inventaba poemas que después se llevaba el viento, aunque nada empañaba la delicada belleza de sus versos. Las mil historias que habían nacido de su imaginación poseían aquel frescor y desparpajo del que sólo gozamos cuando somos niños.

Creó su mundo privado, donde las emociones reinaban y los sentimientos moraban. Desataba su pasión la poesía confundida entre notas musicales y tenía miedo de no saber expresar su propio terror, de sufrir el martirio de palabras sin sentido encadenadas en el papel. Pero seguía escribiendo porque, a fin de cuentas, ¿qué son las palabras, sino la voz del corazón? Y ella era todo corazón. Muchas veces la escuché dar gracias al cielo por haberle concedido el don maravilloso de adivinar las pasiones e inquietudes del hombre. Yo me mantenía en silencio, respetando su alegría, y pensaba que, en verdad, lo que hacía mi abuela era dar gracias al cielo por ser escritora.

Cuando al fin pudo descansar en paz tras una cruel enfermedad, todos nos sentimos muy solos. Voló su alma de nardo y luna blanca, dejando atrás esas manos que construyeron estoicas murallas de sueños, fortalezas que contenían hermosos cuentos de hadas. Su espíritu olvidó aquellas manos que forjaron tantas historias y se elevó como un peregrino que finaliza su búsqueda y deja de vagar entre la niebla para contemplar la luz. Se alejó en un susurro. Fue un discreto mutis por el foro. Se fue, sí, pero dejó estelas de plata protegiendo mis sueños para enseñarme a luchar contra una página en blanco.

Al principio, no quise plantearme si debía escribir o no. Temía no ser digna sucesora de esa mujer, buena y humilde, que atrapaba los suspiros perdidos en el viento para transformarlos en voz callada sobre hojas de papel. Así que una noche murmuré una plegaria sencilla, y soñé con rayos de sol que se filtraban entre las nubes. La luz de mi vocación me sorprendió esa mañana y escribí. Las palabras fluían como si del agua de un manantial se tratase, y refrescaban mi frente ardorosa bañada de recuerdos. Las tardes de lluvia se hicieron mis amigas y me reconcilié con el silencio. Las respuestas a las preguntas llegaban apenas formulaba las cuestiones, y aquella antigua fotografía de la viejecita que quiso escribir me inspiraba para seguir componiendo la melodía de mi vida.  

Una brisa encantada sopló en mi oído. Los lamentos se fueron apagando, y la angustia se deshizo en jirones. Busqué un poco de tranquilidad, un refugio extraño más allá de lo cotidiano. En algún lugar debía encontrarse ese paraíso donde el tiempo no es rey. El tiempo… Abracé mi memoria, y vi imágenes de árboles grandes y frondosos, de juegos infantiles y un estanque de agua clara junto al que aprendí a caminar. Mi abuela sostenía entonces mis manos suavemente, y hoy me doy cuenta de que también sostuvo mis pies hasta que la enfermedad me robó sus besos.

Gracias a mi abuela descubrí mi vocación, hallé el sentido de mi vida y aprendí que la soledad no es mala cuando se escoge libremente, porque llega a convertirse en la mejor compañera. Mi abuela escribió hasta el último momento, hasta que ya no pudo sostener el lápiz con su mano delgada y temblorosa. Sé que soy su heredera, quien debe continuar venerando las palabras, las que se alzan en forma de oraciones y blasfemias y que pueden herir o curar. Una foto de mi abuela preside el nacimiento de cada frase, y sé que ella alivia con caricias de cristal el dolor que produce un párrafo inconcluso.

Este cuento, como tantos otros que se han escrito inspirados por el amor, tuvo un final feliz. Hay gente que piensa que las despedidas no podrán jamás hacer brotar una sonrisa, pero el adiós es la única garantía del reencuentro. Ahora soy yo quien da gracias al cielo por haberme concedido el don maravilloso de adivinar las pasiones e inquietudes del hombre. Ahora soy yo quien da gracias al cielo por ser escritora.

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