Protocolo y organización de eventos: juntos, pero no revueltos

Es obvio que la crisis del COVID-19 ha obligado a una reinvención generalizada de los diferentes sectores empresariales. El de los eventos, por supuesto, es uno de los que más ha acusado las limitaciones del confinamiento y se ha revuelto de cara a la tan ansiada (aunque mal denominada) “nueva normalidad”. Parece que todo el mundo es o quiere ser organizador de eventos y, lo que es más llamativo, ahora resulta que cualquiera es especialista en protocolo. El resultado es un totum revolutum de conceptos, términos y prácticas, lo cual resta valor diferencial al auténtico protocolista. Porque, a ver, querido organizador de eventos, ¿tú sabes lo que es el protocolo?

Le pregunté a Google qué significa para él eso de “protocolo”, y me contestó:

  1. Conjunto de reglas de formalidad que rigen los actos y ceremonias diplomáticos y oficiales.
  2. Conjunto de reglas de cortesía que se siguen en las relaciones sociales y que han sido establecidas por costumbre.

Por su parte, la organización de eventos es el proceso de diseño, planificación y producción de un acontecimiento grupal. Manejamos el presupuesto, la logística y el transporte, la tramitación de permisos y autorizaciones, la contratación del personal auxiliar… Un cúmulo, en fin, de asuntos a tener en cuenta. El sector ha crecido tantísimo que incluso se identifica con un acrónimo, el famoso MICE: meetings (reuniones), incentives (incentivos), conferences (congresos) y exhibitions (exposiciones).

Protocolo es norma y organización de eventos es proceso. Todo proceso necesita de una norma que lo regule y toda norma se perfecciona cuando se aplica. Está claro, ¿no? Pues no, oiga, a muchos no les queda claro. Como bien dice mi amigo Pedro Luis Sánchez, experto en inteligencia estratégica en protocolo internacional y comunicación, la organización de eventos es una ensalada y el protocolo es la receta que establece cómo mezclar todos los ingredientes. ¡Es un símil delicioso! Si te pasas un poquito con el aceite, la sal o el vinagre, te cargas el resultado final, aunque la receta incluya caviar y salmón noruego.

Don Felio A. Vilarrubias, que en paz descanse, definió el protocolo como “ciencia” y también como “arte”: ciencia porque bebe de fuentes como la Historia, la Antropología y la Sociología, y arte porque conjuga forma, estilo y belleza. ¡Ah, la belleza, que calma y excita por igual, tal es la fuerza de la dimensión estética para despertar al más somnoliento de los espíritus! La forma en que los distintos ingredientes del evento se cocinan para conquistar al más exigente de los paladares se llama ceremonial, que se desarrolla respetando una determinada etiqueta, es decir, el estilo exigido para cada evento específico. Luz, melodía, palabra e indumentaria conforman un código descifrable por todos aquellos que asisten al evento, de manera que todos ellos se sienten parte de una comunidad. El protocolo ordena, coordina y da sentido a ese código, obteniendo un todo cohesionado o, lo que es lo mismo: un evento bien organizado.

Mi artículo “El ritual y la ética en el protocolo institucional y corporativo”  empieza con una frase que huele a sentencia: “El protocolo es orden, pero también es emoción”. Es necesaria una adecuada combinación de normas y emociones para que el mensaje llegue adecuadamente a los públicos y se establezca un vínculo emocional con estos. Digamos que el protocolo basa su legitimidad en la norma y apela a las emociones para hacer que el mensaje sea comprendido. El protocolo contemporáneo, al tiempo que ordena los diferentes elementos de un acto, hace gala de expresión de sentimientos y flexibilidad al aplicar las reglas. Esta relativa relajación normativa es imprescindible, ya que un orden que deriva en tiranía solo conduce a la más absoluta confusión.

El protocolo de la España actual tiene su origen en 1548, cuando a Felipe II se le empezó a servir a la manera del protocolo de Borgoña: estricto, fastuoso y elevación del soberano a categoría casi divina. En 1814, el Congreso de Viena marcó un antes y un después en las relaciones institucionales y diplomáticas. Pero incluso desde ese punto de inflexión que representó el Congreso, mucho ha llovido desde entonces. ¡Ha caído un diluvio desde que Jordi Pujol pronunció su famoso “El protocolo es la representación visual del poder” y, sin embargo, no hace tanto de esto! La propia evolución de la sociedad ha impulsado el nacimiento de un protocolo dinámico, considerado un magnífico instrumento de comunicación al servicio de la entidad. Más allá de ordenar banderas y precedencias, es una herramienta idónea no solo para exhibir el poder, sino hacer partícipe del mismo a todos los asistentes. Así que el protocolo ha aprendido de la organización de eventos cómo involucrar al público en el desarrollo del acto, y la organización de eventos ha interiorizado las reglas originales del protocolo oficial, moldeándolas según las necesidades y circunstancias de cada evento.

El protocolista no puede aferrarse a las reglas como si le fuera la vida en ello, y el organizador de eventos no debe ignorar las normas buscando más rentabilidad y un mayor impacto de la experiencia.  Hay fantásticos organizadores de eventos que no tienen ni idea de protocolo, y expertos en protocolo que son fabulosos rumiando la teoría, pero incapaces de llevar a la práctica sus conocimientos. Conozco a sujetos de ambas especies. No pretendo desprestigiar a unos ni encumbrar a otros; simplemente, evidenciar la diferencia entre ellos. Creo que ha llegado el momento de sumar fuerzas y no mirarse por encima del hombro, porque la norma que no se acata, muere, y el proceso que no se regula carece de sustento y legitimidad. Si entendemos esto, entonces el protocolo y la organización de eventos caminarán juntos, pero no revueltos. Como debe ser.

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Réquiem por el protocolo

El 3 de diciembre de 2019 tuvo lugar la sesión constitutiva de la XIV Legislatura. Estos días, gracias al incesante bombardeo desde los medios de comunicación, hemos tenido conocimiento de acuerdos y negociaciones in extremis que han desembocado en un gobierno de coalición, el primero de la Historia reciente. Sin entrar a valorar las consecuencias de este pacto ni la idiosincrasia que marcará las decisiones que regirán el destino de los españoles los próximos 4 años (si llegamos), considero digno de comentario el degradante espectáculo con el que las últimas semanas nos han obsequiado políticos de las más dispares ideologías. Al contemplar tales escenas, sólo puedo exclamar: el protocolo ha muerto, ¡viva el protocolo!

 Según el artículo 1.2. de la Constitución, la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Pues bien, yo soy integrante de ese pueblo español y me indigna advertir cómo quienes ostentan el poder muestran un inaceptable desprecio a la buena educación, el acatamiento a las reglas y el saber estar. Cuando las tomas de posesión se convierten en circos, las fórmulas de juramento se recitan sin acogerse a la normativa y las sesiones plenarias se desarrollan entre broncas monumentales, es que algo anda muy mal en este país. Prudencia, inteligencia y un intachable código ético y moral debieran ser los rasgos distintivos de aquellos que tienen el honor de representarnos, porque no sólo se trata de la imagen que perciban de España en el extranjero, sino de lo que sintamos los españoles.

¿Para qué sirve lo reglado si no se le presta obediencia? El sometimiento a la norma permite cierto margen de actuación, pero en ningún caso la libertad de expresión puede imponerse a la legalidad. ¡Esto no es censura, sino cordura! Protocolo no es sólo decidir dónde se sienta fulanito y cuándo le toca hablar a menganito, sino también decencia, valores y buenos modales. Si el artículo 9.1 de la Constitución establece que los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico, ¿cómo es posible que la rebeldía a este respecto por parte de quienes ostentan cargos públicos sea la tónica general?

Política y comunicación deben caminar de la mano. El protocolo forma parte de la estrategia integral de las instituciones para lograr proyectar la identidad del poder, afianzar su presencia y garantizar la percepción de una adecuada imagen. Su meta es generar compromiso en la ciudadanía a través del orden y la excelencia. Pero, ¿qué orden siguen aquellos que, en vez de dialogar de manera civilizada, se limitan a gritar y vilipendiarse? Es aceptable que un cargo público se altere y se enfade porque es humano y hasta lícito que exprese sus emociones. Si se armonizan norma y emoción, el resultado es exquisito. Si la balanza se inclina hacia uno u otro extremo, el equilibrio se quiebra y el desastre está asegurado.

Creo que se está descuidando una de las bases del protocolo: el respeto. Respeto a las normas establecidas, a las más altas autoridades del Estado (¿una inclinación de cabeza ante el rey sin detener el paso y sacando chepa?), a los superiores, subordinados y compañeros en las diferentes instituciones y, sobre todo, a quienes mantenemos el sistema con nuestro voto y nuestra confianza. La clase política debe tener en cuenta una realidad fundamental: ya no se gobierna al pueblo ni para el pueblo, sino con el pueblo. Sin respeto no hay confianza y sin confianza no hay voto. Así de simple.

El respeto ha de ser mutuo y recíproco en cualquier circunstancia y situación, compartamos o no la opinión del interlocutor. En política es normal y hasta recomendable que existan conflictos porque la heterogeneidad parlamentaria conlleva discrepancias, pero los enfrentamientos deben resolverse sin recurrir a la injuria. Ni siquiera voy a hacer referencia a la empatía porque, desgraciadamente, la aplicación de la inteligencia emocional en el ámbito político brilla por su ausencia. Sin embargo, el protocolo existe para ordenar el caos, y es esta magnífica facultad la que se desdeña cayendo en los brazos de la anarquía comunicativa y relacional. Como dijo el político francés Charles-Maurice de Talleyrand, uno de los padres de la diplomacia moderna, “Sólo los tontos se burlan del protocolo. Simplifica la vida”. Tres siglos después, esta frase conserva plenamente su vigencia y validez.

Las materias afines al protocolo también sufren lo suyo. Las buenas maneras se excluyen de las más básicas interacciones, y aunque mutasen en desdeñable hipocresía, esto sería preferible a escuchar la ya habitual retahíla de soliloquios plagados de insultos. La etiqueta se desprecia y la elegancia se maltrata hasta transformarla en un concepto ambiguo y hasta carente de sentido. ¡Qué sucesión de palabras malsonantes y gestos exagerados e hirientes! ¿Dónde queda la moderación lingüística y el control del lenguaje no verbal? La ironía, el discurso agresivo, el cuerpo jorobado sobre el atril y el dedo acusador son evidencia de una pérdida absoluta de las formas y de la sublimación de la soberbia en detrimento de la ética. Asistimos a un show esperpéntico, surrealista y apocalíptico. Las afrentas personales son graves, pero las ofensas a la Carta Magna y al resto del ordenamiento jurídico son una imperdonable falta de respeto a nuestra democracia y revelan una nula vocación de servicio al ciudadano. La degeneración de las relaciones entre los representantes de la ciudadanía y su desaire al protocolo anuncia el principio del fin de la estructura de poder tal y como la conocemos en la actualidad. Réquiem por el protocolo. Descanse en paz.

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