La imagen del poder y el postureo 2.0

Estamos, literalmente, inmersos en una ola de exhibicionismo digital. El consumo de Internet y el tiempo que pasamos en las redes sociales se han disparado. Fotos, vídeos, podcasts y, en el mejor de los casos, algún que otro texto medianamente interesante. Así aplacan su sed los narcisistas y los voyeurs. Los dirigentes no son inmunes al hechizo de las redes sociales y son conscientes de su fuerza. Si antes eran las celebrities quieren mostraban una vida aparentemente pluscuamperfecta, los gobernantes se han subido al carro de esta vorágine digital. La imagen del poder encuentra su escaparate idóneo en el postureo 2.0, y yo me pregunto: si una autoridad adultera su esencia para conseguir más likes, ¿hasta qué punto su conducta puede considerarse ética?

Las redes sociales son uno de los escenarios donde se desarrolla esa intrincada obra de teatro que es la comunicación política. Como si de estrellas de cine se tratara, políticos de toda ideología comparten su día a día: reuniones de trabajo, asistencia a eventos, inauguración de congresos, visita a instituciones o corporaciones… Sin embargo, ¿cuántas fotos debieron tomarse hasta lograr la que mejor transmitiera un mensaje concreto? ¿Dónde queda la naturalidad? ¿Qué ha ocurrido con la transparencia que, supuestamente, ha de regir la comunicación entre dirigentes y ciudadanos? La sociedad de la información se metamorfosea en un corral de vecinos digitalizado hasta decir “basta”. A través de machacones posts y tweets, el ideario político deriva hacia el adoctrinamiento de la masa.

Ahora resulta que el modelito de la ministra fulanita, estudiado al detalle por los usuarios de Instagram, es más importante que el último decreto en el que estampó su firma. El perfil griego del alcalde menganito, admirado en Facebook por sus incondicionales, es alabado aunque sus declaraciones sobre economía local carezcan de sentido. Sufrimos una invasión de políticos que, ávidos de conectar con las generaciones más jóvenes (en teoría, nativos digitales), saturan Internet con imágenes de ellos mismos intencionadamente tergiversadas.

Postureo 2.0 que arrasa con la honestidad y la ética. Imagino a los guionistas de turno exprimiéndose los sesos, construyendo los cimientos de la siguiente barbarie que, en breve, aparecerá publicada en Facebook, Instagram o Twitter. Porque hay un guion, seguro. Nos están contando una historia –un cuento chino, más bien- con giros inesperados que nos mantienen pegados al ordenador y al móvil, a la espera de que aquellos que deciden nuestros destinos nos comuniquen sus ocurrencias a través de sus perfiles públicos. Somos receptores de una comunicación digital que ha tornado en unidireccional, violando el espíritu con el que nacieron las redes sociales.

Así las cosas, la imagen del poder se limita a la escenificación estática de la toma de decisiones por parte de los gobernantes. Es curioso: se utilizan las nuevas tecnologías para dar pasos hacia atrás en cuanto a interacción Administración/administrado se refiere. Hasta el protocolo evoluciona y es una disciplina dinámica y flexible, elemento imprescindible en la estrategia de comunicación global de la entidad. ¿Cómo es posible que no exista escucha activa ni se genere feedback? ¿De qué sirven las redes sociales si no es el propio dirigente quien responde a los comentarios, sino un community manager a sueldo? Y que conste que la tarea de un community manager me parece fundamental, pero más aún lo es conocer de primera mano las inquietudes de los ciudadanos, y esto es responsabilidad de quien ostenta el poder.

Tampoco anhelo demonizar a nadie. ¡Allá cada uno con su marca personal! Además, el deseo de reconocimiento es innato al ser humano: cualquier individuo disfruta recibiendo el aplauso de sus semejantes. Lo que me indigna es que el culto al yo ha desbancado a la honradez y la cercanía como valores primordiales de quienes ostentan el poder. Ese postureo descarado, esa pose artificial y repetitiva me produce un hartazgo insoportable.

Se han perdido las formas y la vergüenza, porque para lograr la complicidad de los demás no es necesario recurrir a tácticas maquiavélicas, sino acercarse de buena fe al prójimo. Aparentar lo que no se es desgasta la identidad y despierta emociones negativas en los otros. Si existe manipulación en vez de persuasión, entonces no es auténtica comunicación política; es propaganda barata. El postureo le ha arrebatado prestigio a la clase política, que vende muy barato su popularidad y hace oídos sordos a las críticas y reproches de la ciudadanía con tal de multiplicar su presencia en el mundo digital.

Ya lo dijo Salvador Dalí: “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí”. Quizás, esta afirmación no deba quitarnos el sueño en boca de un genio de la pintura que construyó su propia leyenda. No obstante, sí me preocupa que la frasecita de marras se haya convertido en el mantra de nuestros gobernantes. Nos desconciertan con normativas absurdas e irreverentes salidas de tono que, lejos de provocarles inquietud o arrepentimiento, son ya su orgullosa seña de identidad. ¡La reputación por los suelos, oiga, pero la imagen del poder queda bien clarita! Aquí mando yo, y el resto a tragar. Pues yo me quedo con una soberbia máxima de William Shakespeare: “El más puro tesoro al que puede aspirar un ser humano en estos tiempos es una reputación sin mancha”. He ahí la clave: la imagen del poder es una percepción del ciudadano, y la reputación es un juicio de valor sobre dicha imagen. Señor gobernante, ya le estamos juzgando, y la sentencia es: culpable.

 

Fuente de la imagen: https://www.nortes.me/2020/09/27/postureo-politico-o-el-traje-nuevo-del-emperador-de-nuestro-tiempo/

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Los bustos parlantes: la epidemia de la comunicación 2.0

A los pocos días de decretarse el estado de alarma, leí en El País un artículo cuyo título me hizo sonreír: “La invasión de los bustos parlantes”. El texto destacaba la cantidad de personas que, desde el inicio de la crisis sanitaria, aparecían en Internet con el objetivo de informar, comentar o criticar la extraordinaria situación. Se dio un boom de comparecencias en las que el emisor del mensaje, según su experiencia más o menos dilatada en esto de hablar a la cámara, se volcaba en mayor o menor medida sobre la pantalla hasta el punto de que casi podíamos contar los pelos de su nariz. Daba igual repetir lo que ya había dicho fulanito o menganito; lo importante (y urgente) era ser miembro del club de los bustos parlantes.

Sin embargo, como bien indicaba el autor de este artículo, “debido al desgaste de los materiales, los bustos ya no informan, ni sosiegan ni animan. La confianza los vuelve paisaje”. La comunicación de crisis debe ser directa, breve, concreta y concisa. Nada que ver con lo que hace esta plaga de comentaristas, contertulios y colaboradores, además de supuestos expertos en diferentes materias, que han colonizado los medios digitales. ¡Señores, entiendan que, en estos momentos de indignación generalizada, su rol no es contribuir al aumento de la confusión, sino informar con objetividad sobre lo que está ocurriendo ahí fuera! La avalancha de opiniones y juicios marea y hastía. La obsesión por asaltar la intimidad del espectador a base de primeros planos, que tuvo cierta gracia al principio, ya aburre a quien simplemente desea conocer datos reales.

Por otra parte, a causa del teletrabajo, las videollamadas y los webinars, los ojos acaban la jornada secos y enrojecidos. No los maltraten, encima, obligándoles a contemplar unas ojeras mal disimuladas con maquillaje cuarteado, el grano chivato de un rebelde acné no tan juvenil o las raíces de unos cabellos que piden a gritos un tinte, aunque sea uno barato de supermercado que apeste a amoníaco. Ah, porque ésa es otra cuestión: es comprensible y dispensable que en medio de una reunión online se cuele la voz de un niño o el ladrido de un perro, pero oigan, cuiden su aspecto, su indumentaria y, sobre todo, respeten las normas de cortesía. La buena educación ha de regir nuestra conducta y comportamiento incluso cuando quienes nos escuchan están a kilómetros de distancia, aunque no lo parezca porque les hemos contado hasta la última peca de los mofletes.

Hablando de webinars, durante el confinamiento he asistido a varios. Algunos me han parecido muy dignos, otros me han sorprendido gratamente por su originalidad y los menos me han resultado infumables. Vamos a ver… Un webinar no puede consistir en hablar con el mismo tono de voz durante hora y media mientras pasamos una diapositiva tras otra. No lea en voz alta lo que pone en la diapositiva. ¡Yo sé leer! Esto es una falta de respeto a la persona que se inscribe en la actividad y nos está dedicando su tiempo. Quien se ponga al frente de un webinar, sea cual sea el número de asistentes, debe asimilar previamente tres ideas fundamentales:

  • Prohibido ser un busto parlante. Todo lo que se diga ha de tener un sentido y un significado.
  • Es imprescindible marcar un objetivo (¿Qué quiero conseguir? ¿Para qué organizo este webinar? ¿Qué quiero comunicar?), trazar una estrategia comunicativa (¿Cómo voy a transmitir el mensaje?) y elaborar un guion (¿De qué forma voy a transmitir el mensaje? ¿Qué pasos voy a dar? ¿De cuántas partes va a constar mi conferencia?).
  • Empatía, empatía y más empatía. Incluso en un entorno digital, las personas se mueven impulsadas por sus emociones. ¡Es vital establecer una conexión emocional con los participantes desde el minuto uno! No puedo sentarme delante de la cámara y soltar mi rollo; hay que motivar a los asistentes para que intervengan, estar pendiente de lo que escriben en el chat, nombrarles y felicitarles por sus aportaciones.

 

El orador que se presenta ante el público sobre un escenario o detrás de un atril juega con diversos elementos:

  • La cronemia o cronémica, definida como la estructuración del tiempo durante la celebración de un evento. Criterios para ordenar los comportamientos temporales son la preeminencia, el género, la antigüedad o la edad.
  • La proxemia o proxémica, relativa al uso del espacio en el que interactúan los asistentes al acto según su estatus, las tareas que realizan o su grado de conocimiento acerca del asunto a tratar.
  • La kinesia o kinésica, que se refiere al lenguaje no verbal.
  • La paralingüística, relativa a los matices que acompañan a las palabras: el tono, los silencios, las pausas, el ritmo, tono de voz, velocidad al hablar…

 

Es obvio que un webinar o una videollamada apenas nos permite jugar con el elemento temporal y espacial, y es por ello que las expresiones faciales y la voz toman el protagonismo. ¡Cuidado con los gestos que delatan inseguridad o titubeo! ¡Atención a las connotaciones de una frase pronunciada en cierto tono! Rostro y voz son dos herramientas magníficas que nos permitirán captar y mantener la atención de los oyentes durante toda nuestra intervención. Ya sea como ponentes en un webinar o a la hora de cerrar un acuerdo comercial a través de videollamada, la clave del éxito reside en lo que transmitamos con nuestras expresiones faciales y en cómo utilicemos los numerosos recursos de nuestra voz. Si la cara es el espejo del alma, la voz es, en palabras de Alejandro Jodorowsky, “tu segundo rostro. Ella revela tu inteligencia, tus sentimientos, tus deseos y tu fuerza”.

Jamás levantemos la voz para imponer una idea; antes bien, reforcemos nuestros argumentos. No seamos bustos parlantes que cotorrean aquí y allá repitiendo como loros frases vacías. La comunicación 2.0 es bidireccional, inmediata y social: aquí no sirve el “yo, yo, yo…”, sino el “nosotros”. Avanzamos hacia un modelo de negocio digital que, paradójicamente, debe cuidar en extremo las relaciones humanas y la atención personalizada. Los bustos parlantes tienen los días contados si solo ofrecen verborrea y politización de mensajes. Son una epidemia a la que vencerán los auténticos profesionales de la comunicación.

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Fake news, cerveza y michelines

En un mundo donde los titulares de prensa rotan a la misma velocidad que las tendencias de moda, no resulta extraño que las fake news hayan establecido su imperio. Luchamos contra el coronavirus encerrándonos en pisos diminutos y consumiendo cantidades ingentes de información y de cerveza. Se disparan las ventas de harina y levaduras mientras los michelines aumentan de tamaño día a día. Incertidumbre, morbo y miedo juegan una partida macabra en la que la banca siempre gana. El ciudadano, por desgracia, pierde.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Führer cuando Adolf Hitler ostentaba el poder en Alemania, ha pasado a la Historia como orador al servicio del engaño y la destrucción. ¡Qué horror, usar la inteligencia para un fin tan mezquino! Goebbels no ocultaba su recurso a los embustes, afirmando categóricamente: “Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad”. Hitler no se quedaba atrás cuando aconsejaba: “Haz la mentira grande, hazla simple, continúa repitiéndola y finalmente se la creerán”. ¡Ay, el populacho! Como una marioneta, la masa es susceptible de mangoneo y por ello es tan peligrosa. El individuo que alza la voz exigiendo explicaciones es considerado una amenaza para el sistema y por eso se le acalla sin piedad, de manera fulminante.

Las fake news persiguen diferentes objetivos, pero todos ellos se integran en dos categorías: económicos y de reputación. En lo que se refiere al dinero, unos ganan y otros pierden; en lo relativo a la reputación, siempre hay un quebranto. La muchedumbre se limita a creer y repetir la noticia que acaba de leer en los mentideros de las redes sociales. ¿Para qué extender esos bulos?  ¿Para qué plantar semillas de miedo y odio? La cuestión es que por cada “clic” de un usuario que sufre la ansiedad de la duda, hay alguien que obtiene ingresos. Cuando el usuario navega por la red y comparte noticias falsas está contribuyendo a desvirtuar la realidad y se erige en un miserable portavoz de la falacia y la injuria.

Internet, bien utilizada, es un conducto ideal para acceder a información útil y veraz, pero usada con metas oscuras es portadora de calumnias (ya lo dijo Voltaire: “Calumniad, calumniad, que algo quedará”). En tiempos de la II Guerra Mundial no existían Internet ni las redes sociales, pero un discurso pronunciado por alguien con carisma arrastraba al vulgo hasta la enajenación. La fuerza de un gobernante reside, en realidad, en la fuerza de aquellos a quienes gobierna. Solo hay que saber hacia dónde orientarla y cómo sacar provecho de ella.

Desde el “Pan y circo” (Panem et circenses) que los emperadores de la Antigua Roma ofrecían al pueblo para así mantenerlos contentos y que no se inmiscuyeran en los asuntos de Estado, se han levantado muchas cortinas de humo para desviar la atención. Hay circunstancias que marcan la diferencia entre una nación gobernada con sabiduría y un país que navega a la deriva. ¡No debemos consentir que el Panem et circerses tenga su contemporáneo alter ego en un Estado de Bienestar corrupto! El pensamiento crítico del ciudadano se diluye en una amalgama de alcohol, azúcar y falsedad. La información es tergiversada y adulterada hasta tal punto que resulta creíble, precisamente, por lo descabellado de su contenido.

Recordemos cómo en 1938 Orson Welles hizo entrar en pánico a todo Estados Unidos cuando retransmitió por la radio una supuesta invasión extraterrestre. Junto a la compañía de teatro que él mismo dirigía, Welles se limitó a interpretar la novela La guerra de los mundos, del británico H.G. Wells. La apelación a las emociones y una fantástica estrategia comunicativa posibilitaron que 12 millones de americanos creyeran que estaban siendo invadidos por marcianos. Se vivieron intensas escenas de terror, con multitudes echándose a las calles y carreteras, huyendo hacia ninguna parte en medio del caos. Las fake news llegan tan lejos porque hablan a nuestro cerebro emocional, un volcán cuya erupción tiene la facultad de suscitar la alegría más desbordante y la desesperación más absoluta. El ataque extraterrestre era falso y, sin embargo, muchos lo creyeron cierto y reaccionaron con un pavor colosal. No nos riamos de ello… porque ya sabemos lo que puede ocasionar la lealtad ciega a un dictador.

El sensacionalismo es lo habitual en esta era de consumo masivo de noticias. La información se traduce en una serie de titulares a cuál más llamativo. A los pocos minutos, ese titular habrá sido sustituido por otro más agresivo, más provocador, más polémico. Hemos entronizado a la desinformación y le hemos otorgado autoridad para que influya en nuestras decisiones y actos. ¡Despojemos de credibilidad a las noticias inverosímiles que circulan por canales digitales! Solo así recuperará su prestigio la denostada profesión de periodista. La propaganda no es información y ni siquiera persuasión, sino manipulación.

Hoy, los minutos transcurren ante las pantallas del ordenador y el teléfono móvil mientras rumiamos patatas fritas por puro aburrimiento. Al mirarnos al espejo nos percatamos de los kilos que se van acumulando en la tripa o en las caderas, pero no tomamos consciencia del veneno que va intoxicando nuestra capacidad de discernimiento. La resaca de la cerveza desaparecerá y venceremos a los michelines con algo de ejercicio físico y dieta, así que no cedamos ante el bombardeo infame de las fake news. De lo contrario, estaremos enriqueciendo a aquellos que se aprovechan de quienes tienen hambre y sed de verdad.

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