Elogio de la vida canalla

Vivimos en un mundo en el que la doble moral campa a sus anchas, protegida por el escudo de lo políticamente correcto. Talibanes de la norma y fariseos de valores baratos predican su mensaje de saber estar y estricto régimen protocolario cuando, en realidad, no tienen ni idea de lo que significa la palabra “clase”. Porque hay individuos que rompen las reglas con tanta naturalidad y gracejo que convierten esa elegante rebeldía en elemento característico de su marca personal. La vida canalla, que a muchos les gustaría disfrutar aunque no lo reconozcan, es la que han elegido llevar los indómitos, almas libres que encaran la existencia desde una perspectiva muy singular.

Estos personajes de vida canalla exprimen las horas más allá de los límites del tiempo. Tienen por costumbre irse a la cama cuando la ciudad comienza a despertar: cerrar los bares y abrir las puertas del duermevela forma parte de su cotidianidad. Se zambullen en los espacios oníricos donde les sumergen los vapores etílicos y, a veces, alucinan con otras sustancias de cuyo nombre no quiero acordarme. Enamorados del amor, con frecuencia histriónicos y salvajes, que olvidan llenar la nevera porque están demasiado ocupados cultivando el jardín de su universo interior.

Sostienen desafiantes la mirada, crápulas de discurso elevado y extraordinaria inteligencia. Sus arrugas son testigo y consecuencia de la alegría más desbordante y la decepción más amarga. Sus juergas y frustraciones los han encumbrado a la categoría de mitos, deidades que protagonizan gloriosos textos y sublimes melodías. Son, en fin, ídolos de carne y piel, quizás más delicados que el resto de los mortales, y a quienes la Historia acoge entre sus brazos como una madre acuna a su hijo recién nacido.

Tenemos numerosos exponentes de vida canalla, tanto a nivel patrio como internacional, y los encontramos en todas las épocas. ¿Cómo ignorar las innumerables correrías de Giacomo Casanova o las comprometidas  amistades de Frank Sinatra? ¿Qué extraña melancolía envolvió al ambiguo Lord Byron, considerado aun hoy prototipo del poeta maldito? ¿Cómo resistirse al carisma de Jaime de Mora y Aragón, aristócrata y actor, figura imprescindible de los años dorados de Marbella, municipio de cuya Oficina de Turismo llegó a ser el responsable? ¿Qué sería de Joaquín Sabina sin sus “cenicientas de saldo y esquina” o sin su “princesa de la boca de fresa”? ¿Acaso alguna influencer o famosilla de tres al cuarto puede compararse con Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, que se bebía el agua de los floreros en cada escapada a Madrid y toreaba vaquillas sin despeinarse? ¿Cómo olvidar a Sara Montiel deleitándose con el sabor y el aroma de un buen puro?

Caballeros y damas que esgrimen la espada de la osadía, defendiendo con uñas y dientes su feudo de libertad, que no de libertinaje. Porque la vida canalla se confunde a menudo con la perversión y la ruindad, pero son conceptos muy dispares: el pícaro hace de su capa un sayo y hace lo que le da la real gana sin lastimar a los demás. Ahí radica la diferencia entre un desalmado malasangre y un magnífico granuja. El canalla que define el Diccionario de la Real Academia y el que yo ensalzo son radicalmente opuestos. El golfo con encanto y la reina sin corona son especies en peligro de extinción. Por eso despiertan admiración, y por eso nos duele cuando alguno de ellos abandona las jaranas terrenales para seguir la fiesta en el Más Allá. Sí… hay canallas y canallas. Aquel cuyo atractivo hoy ensalzo resulta irresistible porque esconde, en el fondo (muy en el fondo) un corazoncito sensible y ávido de ternura. Quizás fue la soledad no escogida la que les moldeó esa imagen aparentemente fría y superficial o, tal vez, fue la mala reputación ganada a pulso la que les condenó a la soledad.

Es imposible mantener una perenne conducta ejemplar. Hay reglas que están para cumplirse y hay otras que están para romperse, y lo importante es saber cuándo y cómo. Ya Aristóteles hacía malabares con la inteligencia emocional cuando dijo:

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

 

Si aplicamos la inteligencia emocional al cumplimiento de las normas y su hipotética vulneración, obtenemos las palabras del Dalai Lama:

“Aprende las reglas y así sabrás cómo romperlas apropiadamente”

 

Quien lleva una vida canalla ha roto mil y una reglas y eso le hace feliz, teniendo en cuenta que la felicidad no es una emoción (breve, intensa y pasajera) sino un estado y, por tanto, implica perdurabilidad. ¿Esto significa que para ser feliz hay que pasarse el día de parranda? En absoluto. Lo que digo es que a nuestro cuerpo, cerebro y espíritu les viene de lujo romper de vez en cuando las ataduras del corsé que otros nos imponen. Hay que liarse la manta a la cabeza, dar una patada al suelo… ¡y que salga el sol por Antequera!

Si queremos avanzar, tendremos que romper las reglas en alguna ocasión. Bienvenida sea la vida canalla si con ella adquirimos conocimiento, habilidad y experiencia. Recibámosla con gusto si nos trae una mayor creatividad y sensibilidad. Gocémosla y salgamos de nuestra aburguesada zona de confort, abramos la mente y dejémonos sorprender por lo inesperado. Que el miedo a las lágrimas no nos impida contemplar la belleza que nos aguarda fuera de la caverna. Desde la humanidad más desbordante, permitámonos cometer errores y caer, y así nos levantaremos mejores y más fuertes. Tal vez no pasaremos a la Historia como sí han hecho otros, pero podremos decir bien alto: “Que me quiten lo bailao”. Como afirmó la oradora motivacional Mary Lou Cook:

“Para abrir nuevos caminos, hay que inventar; experimentar; crecer, correr riesgos, romper las reglas, equivocarse… Y divertirse”

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El ego y esa amante inoportuna que se llama soledad

Algunas veces, cuando aún no había irrumpido en nuestras vidas esta vorágine pandémica, me sentía perdida entre calendarios. No sabía el motivo de tanto malestar, aunque tal vez fuera la sensación de que algo grande estaba a punto de llamar a la puerta, pero tardaba demasiado. Quería hacer, quería tener, y quería parecer… aunque no sabía muy bien el qué. Hasta que comprendí que mi ansiedad era provocada por un duende travieso llamado ego, que me mantenía alejada de un amigo fiel denominado yo, utilizando la trampa del perfeccionismo y la promesa de una buena reputación.

Decidí, un buen día, que no perdería más tiempo buscando y dejaría que ese algo grande me encontrara a mí. Me reconcilié con mis defectos y virtudes y me premié por mis logros, grandes o pequeños, porque entendí que siempre habría alguien que podría hacer, tener o parecer más o mejor que yo, pero nunca ser como yo.

Cuando se afronta la existencia desde el ser, y merced a la calma que otorga la sana autoestima, nace una infinita compasión hacia el conjunto de la humanidad. Se trata de una compasión cimentada en la idea de misericordia y solidaridad, sin connotaciones peyorativas que remitan a desigualdades. El ego nos hace creer que somos el ombligo del mundo y, aunque somos excepcionales en nuestra unicidad, nuestra valía como especie se equilibra gracias a la dignidad y libertad innatas al ser humano. ¡Cuánta compasión encontramos en un abrazo sincero o en un silencio cómplice!

Atreverse a vivir desde el yo y no desde el ego implica tomar consciencia de tres realidades:

  • Lo que hago no me define
  • Lo que tengo no me define
  • Lo que opinen de mí no me define

Ser yo significa que soy la misma persona haga lo que haga, tenga lo que tenga, opinen lo que opinen. Aceptarse a sí mismo conlleva amarse sin reproches y sin condiciones, como únicamente puede conseguirlo quien conoce la diferencia entre estar solo y sentirse solo. Surgen del abismo de mi memoria los versos escritos por el maestro Joaquín Sabina, y que integran el estribillo de su canción Que se llama soledad:

Y algunas veces suelo recostar

Mi cabeza en el hombro de la luna

Y le hablo de esa amante inoportuna

Que se llama soledad.

En principio, resulta paradójico utilizar en la misma frase las palabras “amante” y “soledad”, pero su unión cobra sentido si (además de rendirnos ante el genio del compositor) reflexionamos acerca de nuestra naturaleza. La soledad elegida voluntariamente es bálsamo para las heridas emocionales y las provocadas por el estrés. La soledad impuesta, por el contrario, es un veneno que marchita el corazón y amarga la cotidianeidad. De ahí el terror que despierta la posibilidad de un nuevo confinamiento domiciliario: nos separan, nos aíslan y nos roban la libertad de escoger, imponiéndonos una soledad que acarrea angustia y tristeza extremas, y que es origen de numerosas enfermedades físicas y psicológicas. El individuo está diseñado para vivir en sociedad e interactuar con sus semejantes, pero puede sentirse solo en medio de una multitud, como una gota de agua en la inmensidad del océano. El hombre tiene derecho a estar solo si así lo desea, pero el sentimiento de soledad quiebra las mentes más poderosas.

Apegarse a la pareja y responsabilizarla de nuestra felicidad, como teórica cura frente a la soledad, es una actitud egoísta y errónea. Las parejas más felices son aquellas cuyos miembros, independientemente de un proyecto de vida común, tienen sus particulares ilusiones, propósitos y expectativas. El fundamento del amor en pareja se halla en el amor propio, que permite al sujeto establecer una relación de respeto y confianza con el otro. Si una relación se asienta en la frivolidad, el interés o la hipocresía, significa que el ego es el elemento dominante y no existe auténtico amor. Al fin y al cabo, como dijo Albert Camus: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”.

Amarse a uno mismo es el antídoto para que la toxicidad del ego no nos convierta en carcasas vacías, usuarios compulsivos de redes sociales, ávidos de likes y followers. En esta colosal feria de las vanidades, donde la reputación se basa en el hacer y el tener, el ser queda relegado a un segundo plano. Las redes sociales deben utilizarse con elegancia y prudencia, para transmitir mensajes que contribuyan a hacer del mundo un lugar más hermoso, y no para alardear de esto o aquello. Hay que ser muy valiente para rebelarse contra la ordinariez e ignorar los groseros comentarios de la masa de incultos que invade internet. Incluso cuando ya hemos aprendido a vivir desde el yo, hay que seguir reforzando nuestro autoconcepto y la actitud de agradecimiento hacia quienes nos rodean: el ego dormita agazapado en cualquier rincón y el murmullo más aterciopelado puede romper su letargo. Por eso, cuando la tentación de sucumbir a la jactancia pronuncia mi nombre, le ordeno que no levante la voz.

Ese algo grande que buscaba con ahínco emergió el día que dejé de pensar demasiado y comencé a vivir. El ego cayó de su pedestal y la soledad no fue nunca más una amante inoportuna. Cuando encontramos ese algo grande, la energía se concentra en el propio círculo de influencia, relegando el hacer, el tener y la reputación a diminutos rincones del tiempo y el espacio. Ese algo grande, en fin, es la felicidad de regresar, como arrepentidos hijos pródigos, al hogar donde reside nuestra esencia: el yo.

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Una noche cualquiera

24 de diciembre, Nochebuena. Brota cierta nostalgia y desazón cuando se contempla el movimiento de las agujas del reloj. Tal vez la frase que mejor me defina sea “Érase una mujer a un reloj pegada”, como coloquial revisión del soneto de Quevedo. Tiempo…. Y salud. Esos son los verdaderos regalos de esta Navidad. Porque son escasos y se deslizan raudos como agua entre los dedos, porque son finitos y absolutos y no podemos controlarlos. La gestión del tiempo es una utopía, pues él fluye ajeno e indiferente a nuestras circunstancias y deseos. La buena salud es un extra que casi siempre viene de serie y que desaparece a poco que nos descuidemos. Ahora tenemos la oportunidad de apreciar el tiempo y la salud como se merecen.

Este año, he crecido a nivel emocional, espiritual y profesional. Mi familia se encuentra bien. He conocido a expertos en múltiples disciplinas que me han regalado su experiencia y sabios consejos. Tengo un techo bajo el que dormir y mi frigorífico está lleno. Mis amigos son nobles y leales. Tengo un trabajo que me permite vivir con dignidad y mi primer libro está a punto de publicarse. Los míos y yo hemos aprendido a lidiar con las ausencias y hace muchas Navidades que brindamos por los que se han ido, por lo que estamos aquí y por los que aún tienen que llegar. Por supuesto, entiendo que hay personas con graves problemas, pero la adversidad no es mayor durante una noche concreta; sólo la magnificamos. Sé que los reencuentros son especialmente emotivos en estas fechas y es fantástico dar de comer a medio árbol genealógico entre risas y achuchones, pero el calendario tiene otros 364 días en los que se puede hacer lo mismo. Así que, ¿de verdad tenemos derecho a quejarnos por una Nochebuena diferente? La melancolía es habitual compañera de juegos de la Navidad. Quizás, este 24 de diciembre gane una batalla muchos hogares, pero, por favor, no le permitamos ganar la guerra.

Me sobran el pavo relleno, el belén y la zambomba. Toda esa voluptuosa parafernalia está de más en un año en que lo principal es celebrar la vida. Es muy hermoso sentir alegría, mas, a veces, la carcajada resuena demasiado fuerte. Creo que la Navidad se ha desvirtuado hasta transformarse en una caricatura de sí misma. Todo es excesivo y delirante, nos invade lo kitsch y se impone la obligación de ser feliz. Tomemos consciencia: lo importante es qué se celebra, y no cómo se celebra ni dónde.

En cuanto al quién, estoy segura de que habrá más de uno que dé gracias por no tener que compartir mesa con el cuñado jartible ni con la suegra metomentodo. Esta Nochebuena, extraña para muchos, será para otros un bálsamo de calma y tranquilidad, libres de compromisos familiares y cenas multitudinarias que sólo acaban de tres formas: con borrachera, con discusión o con indigestión (o con todas). Hay personas que son metralletas pelando y comiendo gambas. Tendrían que acudir a uno de esos concursos de talentos en los que un individuo se desliza como si tal cosa cabeza abajo por una barra vertical, o una chiquilla de siete años borda la Habanera de Carmen, de Bizet. También se antoja insufrible aguantar la verborrea incesante del primo Fulanito presumiendo de su éxito entre las mujeres, o soportar estoicamente la mirada y dedo inquisidor de la tía Menganita repitiendo que se te va a pasar el arroz como no te eches novio pronto. Aunque estos personajes parezcan estereotipos, juro que son reales, que sus estómagos son pozos sin fondo y que suelen olvidar la vergüenza y el decoro en sus casas.

Descerebrados los ha habido, los hay y los habrá. No me sorprenden las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes malgastando el tiempo y jugándose la salud en fiestas clandestinas, sin mascarillas y sin respetar las medidas de seguridad. Me gustaría que los medios de comunicación, en lugar de bombardearnos con este tipo de material audiovisual, contribuyeran a mantener la fe y la esperanza. Mi abuela decía: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una jarra de vinagre”. A ver, oiga, no me eche más broncas ni me deprima con cifras desoladoras. Llevamos muchos meses con la misma cantinela. La clase política sigue dando palos de ciego y exhibiendo su incompetencia, incapaces de evitar la tragedia, ¡Estoy harta de restricciones y de toques de queda! Yo, y todos los españoles, y todos los ciudadanos de este pobre planeta. Ahora es momento de insuflar ánimos y energía. Necesitamos paz, tranquilidad y, sobre todo, amor, que es el antídoto del miedo. Hay tanto pánico en el ambiente que pretendemos eliminarlo a base de juerga y desfase, cuando lo único que puede neutralizar su poder es el amor.

Ha sido un año muy duro, y lo que nos queda. No es necesario reunir a 30 comensales para demostrarles que los amamos a todos. Ellos ya lo saben. A través de la historia, los obstáculos han sido el aliciente que nos han empujado a avanzar. Somos seres gregarios y sociales, pero en la Naturaleza no sobreviven los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan a las circunstancias. Sí, es cierto que la Nochebuena del 2020 será distinta a las del pasado, pero adaptémonos a los que nos ha tocado y así multiplicaremos las probabilidades de que la Nochebuena de 2021 vuelva a ser lo que consideramos “normal”.

Los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, mientras que los no creyentes hacen lo propio con el solsticio de invierno o se limitan a disfrutar de un período de descanso vacacional. Sea como fuere, lo cierto es que todo ello remite a una misma idea: la luz. Es época de renacimiento, de amanecer y esplendor. Y me refiero a una chispa interior, no a la vorágine consumista y estridente de la Navidad mediática. Este año no es posible armar la marimorena en 50 metros cuadrados, pero no nos hundamos en el pozo de la negatividad. Hay mucho por lo que dar las gracias, aunque esta Nochebuena sea una noche cualquiera. Feliz Navidad.

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La imagen del poder y el postureo 2.0

Estamos, literalmente, inmersos en una ola de exhibicionismo digital. El consumo de Internet y el tiempo que pasamos en las redes sociales se han disparado. Fotos, vídeos, podcasts y, en el mejor de los casos, algún que otro texto medianamente interesante. Así aplacan su sed los narcisistas y los voyeurs. Los dirigentes no son inmunes al hechizo de las redes sociales y son conscientes de su fuerza. Si antes eran las celebrities quieren mostraban una vida aparentemente pluscuamperfecta, los gobernantes se han subido al carro de esta vorágine digital. La imagen del poder encuentra su escaparate idóneo en el postureo 2.0, y yo me pregunto: si una autoridad adultera su esencia para conseguir más likes, ¿hasta qué punto su conducta puede considerarse ética?

Las redes sociales son uno de los escenarios donde se desarrolla esa intrincada obra de teatro que es la comunicación política. Como si de estrellas de cine se tratara, políticos de toda ideología comparten su día a día: reuniones de trabajo, asistencia a eventos, inauguración de congresos, visita a instituciones o corporaciones… Sin embargo, ¿cuántas fotos debieron tomarse hasta lograr la que mejor transmitiera un mensaje concreto? ¿Dónde queda la naturalidad? ¿Qué ha ocurrido con la transparencia que, supuestamente, ha de regir la comunicación entre dirigentes y ciudadanos? La sociedad de la información se metamorfosea en un corral de vecinos digitalizado hasta decir “basta”. A través de machacones posts y tweets, el ideario político deriva hacia el adoctrinamiento de la masa.

Ahora resulta que el modelito de la ministra fulanita, estudiado al detalle por los usuarios de Instagram, es más importante que el último decreto en el que estampó su firma. El perfil griego del alcalde menganito, admirado en Facebook por sus incondicionales, es alabado aunque sus declaraciones sobre economía local carezcan de sentido. Sufrimos una invasión de políticos que, ávidos de conectar con las generaciones más jóvenes (en teoría, nativos digitales), saturan Internet con imágenes de ellos mismos intencionadamente tergiversadas.

Postureo 2.0 que arrasa con la honestidad y la ética. Imagino a los guionistas de turno exprimiéndose los sesos, construyendo los cimientos de la siguiente barbarie que, en breve, aparecerá publicada en Facebook, Instagram o Twitter. Porque hay un guion, seguro. Nos están contando una historia –un cuento chino, más bien- con giros inesperados que nos mantienen pegados al ordenador y al móvil, a la espera de que aquellos que deciden nuestros destinos nos comuniquen sus ocurrencias a través de sus perfiles públicos. Somos receptores de una comunicación digital que ha tornado en unidireccional, violando el espíritu con el que nacieron las redes sociales.

Así las cosas, la imagen del poder se limita a la escenificación estática de la toma de decisiones por parte de los gobernantes. Es curioso: se utilizan las nuevas tecnologías para dar pasos hacia atrás en cuanto a interacción Administración/administrado se refiere. Hasta el protocolo evoluciona y es una disciplina dinámica y flexible, elemento imprescindible en la estrategia de comunicación global de la entidad. ¿Cómo es posible que no exista escucha activa ni se genere feedback? ¿De qué sirven las redes sociales si no es el propio dirigente quien responde a los comentarios, sino un community manager a sueldo? Y que conste que la tarea de un community manager me parece fundamental, pero más aún lo es conocer de primera mano las inquietudes de los ciudadanos, y esto es responsabilidad de quien ostenta el poder.

Tampoco anhelo demonizar a nadie. ¡Allá cada uno con su marca personal! Además, el deseo de reconocimiento es innato al ser humano: cualquier individuo disfruta recibiendo el aplauso de sus semejantes. Lo que me indigna es que el culto al yo ha desbancado a la honradez y la cercanía como valores primordiales de quienes ostentan el poder. Ese postureo descarado, esa pose artificial y repetitiva me produce un hartazgo insoportable.

Se han perdido las formas y la vergüenza, porque para lograr la complicidad de los demás no es necesario recurrir a tácticas maquiavélicas, sino acercarse de buena fe al prójimo. Aparentar lo que no se es desgasta la identidad y despierta emociones negativas en los otros. Si existe manipulación en vez de persuasión, entonces no es auténtica comunicación política; es propaganda barata. El postureo le ha arrebatado prestigio a la clase política, que vende muy barato su popularidad y hace oídos sordos a las críticas y reproches de la ciudadanía con tal de multiplicar su presencia en el mundo digital.

Ya lo dijo Salvador Dalí: “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí”. Quizás, esta afirmación no deba quitarnos el sueño en boca de un genio de la pintura que construyó su propia leyenda. No obstante, sí me preocupa que la frasecita de marras se haya convertido en el mantra de nuestros gobernantes. Nos desconciertan con normativas absurdas e irreverentes salidas de tono que, lejos de provocarles inquietud o arrepentimiento, son ya su orgullosa seña de identidad. ¡La reputación por los suelos, oiga, pero la imagen del poder queda bien clarita! Aquí mando yo, y el resto a tragar. Pues yo me quedo con una soberbia máxima de William Shakespeare: “El más puro tesoro al que puede aspirar un ser humano en estos tiempos es una reputación sin mancha”. He ahí la clave: la imagen del poder es una percepción del ciudadano, y la reputación es un juicio de valor sobre dicha imagen. Señor gobernante, ya le estamos juzgando, y la sentencia es: culpable.

 

Fuente de la imagen: https://www.nortes.me/2020/09/27/postureo-politico-o-el-traje-nuevo-del-emperador-de-nuestro-tiempo/

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El placer de recibir versus la felicidad de dar

En este otoño plagado de incertidumbre y nuevas restricciones, he constatado una hermosa realidad: la felicidad es posible. He escuchado quejas por doquier (yo misma me he permitido algunos momentos de bajón) y constantes críticas a la gestión de la pandemia por parte de los gobernantes. Sin embargo, no he llegado a sentir ira ni impotencia. Como antítesis a los episodios aislados de placer que provocan los sentidos al ser estimulados, he disfrutado de un prolongado estado de paz y calma. Frente al requerimiento y la exigencia, yo he optado por la entrega y la confianza. El resultado, sereno y magnífico, se llama felicidad.

La crisis de valores que se ha instalado en nuestra cotidianeidad tiene su origen en la confusión entre placer y felicidad. Mucha gente equipara estos conceptos, pero son completamente distintos. Esta diferencia tiene una base biológica indiscutible. El ser humano es una maravilla de la naturaleza y producimos hormonas de todo tipo y para todos los gustos, como mensajeros que recorren el cuerpo y que condicionan nuestras reacciones. Si hablamos de placer y felicidad, hay que hacer referencia a cuatro de ellas: la endorfina, la oxitocina, la dopamina y la serotonina.

  • La endorfina es un analgésico y anestésico natural. Se produce, por ejemplo, al hacer deporte o reírse a carcajadas.
  • La oxitocina se encarga de establecer vínculos emocionales y sociales. Se la conoce como “la hormona del amor”, ya se trate de amor romántico, afecto social o autoconfianza.
  • La dopamina es un estimulador y acelerador. Su exceso puede conducir a adicciones y trastornos de la personalidad y el comportamiento.
  • La serotonina es un inhibidor que equilibra y apacigua la violencia y el dolor, de manera que la felicidad resultante se mantiene estable a lo largo del tiempo.

Centrémonos en las dos últimas. Imaginemos que un individuo consume cualquier sustancia adictiva. La dopamina estimula a una neurona, y a otra, y a otra… Y cuando las neuronas son estimuladas excesivamente y con demasiada frecuencia, tienden a morir. La neurona posee un fantástico mecanismo de defensa contra esto: reduce la cantidad de receptores que pueden ser excitados, en un intento desesperado por mitigar el daño de la sobreestimulación. En psicología, este proceso se denomina “supresión de estímulos”. Esta persona necesitará cada vez más cantidad de la sustancia en cuestión para obtener la misma cantidad de placer, porque hay menos receptores disponibles. Al final, recibes una dosis enorme, pero no sientes nada. A esto se le llama “tolerancia”. Y cuando las hormonas empiezan a morir, significa que hemos desarrollado una adicción. La felicidad, por el contrario, no depende del consumo de drogas ni se define como un eventual “subidón”, sino que es una disposición perenne con respecto a la vida. Como la serotonina es un inhibidor, apacigua a los receptores y provoca alegría. Experimentamos, entonces, ese sentimiento de ser uno con el Todo.

Hay una cosa que suprime la serotonina: la dopamina. Paradójicamente, cuanto más placer busques, más infeliz serás. El capitalismo exacerbado y la competitividad empresarial llevada al límite han desdibujado, intencionada y deliberadamente, la línea que separa placer y felicidad, de tal manera que la persona crea que, en verdad, la felicidad se puede comprar. Un sistema económico que fomenta el narcisismo y el hedonismo solo conduce a la destrucción de la esencia humana. Encontramos al hombre de hoy asfixiado por mensajes de consumismo compulsivo, hipnotizado por una falsa promesa de felicidad, cuando, en verdad, la imposición de tan absurdas expectativas le lleva a la frustración y la ansiedad.

El mes de octubre ha sido extraño y emocionante. He llevado a cabo una serie de actos desinteresados, a fin de proporcionar el bien a otras personas a las que aprecio y admiro, sin pensar en ningún momento en obtener un beneficio para mí. Todas, sin excepción, han agradecido mi gesto, y esa gratitud me ha hecho sonreír como hacía tiempo que no lo hacía. No tengo necesidad de decir públicamente el nombre de esas personas, porque eso sería alimentar mi vanidad y traicionar su confianza. Simplemente, destacaré que todos sus éxitos y logros son más que merecidos, y que su categoría profesional es directamente proporcional a su calidad humana. Soy afortunada, porque en esta jungla que es el mundo de la empresa, donde solo sobreviven quienes se adaptan y arriesgan, he encontrado a personas excepcionales. ¡Eso que me llevo, y que me quiten lo bailao! Mi admiración, aprecio y respeto para todos ellos.

Así que, partiendo de la biología y añadiendo unas gotitas de mi propia experiencia, deduzco las siguientes conclusiones:

  • El placer es pasajero. La felicidad es permanente. La intensidad del placer camina de la mano de su brevedad, mientras que la felicidad implica persistencia.
  • El placer es visceral, instintivo, carnal. La felicidad es etérea, lúcida, espiritual. Al igual que el sentimiento nace de la elaboración consciente de la emoción en el neocórtex, la felicidad brota de la sensata reflexión relativa a los propios alicientes.
  • El placer se experimenta solo: mis emociones, mis La felicidad se alcanza en grupos sociales, en cuyo seno la energía fluye y se crean nexos de unión. Recordemos: necesitamos integrarnos en tribus y sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos, pues así obtenemos la seguridad y el reconocimiento fundamentales para nuestra autorrealización.

Considero que el placer es recibir y la felicidad es dar. Si te hacen un regalo, sin duda sentirás placer, pero si eres tú quien hace un regalo, entonces sentirás felicidad. Es un hermoso obsequio para el alma ofrecer tus alas al prójimo para que vuele más y más alto. No es complicado ser feliz. Solo hay que amar.

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