Réquiem por el protocolo

El 3 de diciembre de 2019 tuvo lugar la sesión constitutiva de la XIV Legislatura. Estos días, gracias al incesante bombardeo desde los medios de comunicación, hemos tenido conocimiento de acuerdos y negociaciones in extremis que han desembocado en un gobierno de coalición, el primero de la Historia reciente. Sin entrar a valorar las consecuencias de este pacto ni la idiosincrasia que marcará las decisiones que regirán el destino de los españoles los próximos 4 años (si llegamos), considero digno de comentario el degradante espectáculo con el que las últimas semanas nos han obsequiado políticos de las más dispares ideologías. Al contemplar tales escenas, sólo puedo exclamar: el protocolo ha muerto, ¡viva el protocolo!

 Según el artículo 1.2. de la Constitución, la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Pues bien, yo soy integrante de ese pueblo español y me indigna advertir cómo quienes ostentan el poder muestran un inaceptable desprecio a la buena educación, el acatamiento a las reglas y el saber estar. Cuando las tomas de posesión se convierten en circos, las fórmulas de juramento se recitan sin acogerse a la normativa y las sesiones plenarias se desarrollan entre broncas monumentales, es que algo anda muy mal en este país. Prudencia, inteligencia y un intachable código ético y moral debieran ser los rasgos distintivos de aquellos que tienen el honor de representarnos, porque no sólo se trata de la imagen que perciban de España en el extranjero, sino de lo que sintamos los españoles.

¿Para qué sirve lo reglado si no se le presta obediencia? El sometimiento a la norma permite cierto margen de actuación, pero en ningún caso la libertad de expresión puede imponerse a la legalidad. ¡Esto no es censura, sino cordura! Protocolo no es sólo decidir dónde se sienta fulanito y cuándo le toca hablar a menganito, sino también decencia, valores y buenos modales. Si el artículo 9.1 de la Constitución establece que los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico, ¿cómo es posible que la rebeldía a este respecto por parte de quienes ostentan cargos públicos sea la tónica general?

Política y comunicación deben caminar de la mano. El protocolo forma parte de la estrategia integral de las instituciones para lograr proyectar la identidad del poder, afianzar su presencia y garantizar la percepción de una adecuada imagen. Su meta es generar compromiso en la ciudadanía a través del orden y la excelencia. Pero, ¿qué orden siguen aquellos que, en vez de dialogar de manera civilizada, se limitan a gritar y vilipendiarse? Es aceptable que un cargo público se altere y se enfade porque es humano y hasta lícito que exprese sus emociones. Si se armonizan norma y emoción, el resultado es exquisito. Si la balanza se inclina hacia uno u otro extremo, el equilibrio se quiebra y el desastre está asegurado.

Creo que se está descuidando una de las bases del protocolo: el respeto. Respeto a las normas establecidas, a las más altas autoridades del Estado (¿una inclinación de cabeza ante el rey sin detener el paso y sacando chepa?), a los superiores, subordinados y compañeros en las diferentes instituciones y, sobre todo, a quienes mantenemos el sistema con nuestro voto y nuestra confianza. La clase política debe tener en cuenta una realidad fundamental: ya no se gobierna al pueblo ni para el pueblo, sino con el pueblo. Sin respeto no hay confianza y sin confianza no hay voto. Así de simple.

El respeto ha de ser mutuo y recíproco en cualquier circunstancia y situación, compartamos o no la opinión del interlocutor. En política es normal y hasta recomendable que existan conflictos porque la heterogeneidad parlamentaria conlleva discrepancias, pero los enfrentamientos deben resolverse sin recurrir a la injuria. Ni siquiera voy a hacer referencia a la empatía porque, desgraciadamente, la aplicación de la inteligencia emocional en el ámbito político brilla por su ausencia. Sin embargo, el protocolo existe para ordenar el caos, y es esta magnífica facultad la que se desdeña cayendo en los brazos de la anarquía comunicativa y relacional. Como dijo el político francés Charles-Maurice de Talleyrand, uno de los padres de la diplomacia moderna, “Sólo los tontos se burlan del protocolo. Simplifica la vida”. Tres siglos después, esta frase conserva plenamente su vigencia y validez.

Las materias afines al protocolo también sufren lo suyo. Las buenas maneras se excluyen de las más básicas interacciones, y aunque mutasen en desdeñable hipocresía, esto sería preferible a escuchar la ya habitual retahíla de soliloquios plagados de insultos. La etiqueta se desprecia y la elegancia se maltrata hasta transformarla en un concepto ambiguo y hasta carente de sentido. ¡Qué sucesión de palabras malsonantes y gestos exagerados e hirientes! ¿Dónde queda la moderación lingüística y el control del lenguaje no verbal? La ironía, el discurso agresivo, el cuerpo jorobado sobre el atril y el dedo acusador son evidencia de una pérdida absoluta de las formas y de la sublimación de la soberbia en detrimento de la ética. Asistimos a un show esperpéntico, surrealista y apocalíptico. Las afrentas personales son graves, pero las ofensas a la Carta Magna y al resto del ordenamiento jurídico son una imperdonable falta de respeto a nuestra democracia y revelan una nula vocación de servicio al ciudadano. La degeneración de las relaciones entre los representantes de la ciudadanía y su desaire al protocolo anuncia el principio del fin de la estructura de poder tal y como la conocemos en la actualidad. Réquiem por el protocolo. Descanse en paz.

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