El placer de recibir versus la felicidad de dar

En este otoño plagado de incertidumbre y nuevas restricciones, he constatado una hermosa realidad: la felicidad es posible. He escuchado quejas por doquier (yo misma me he permitido algunos momentos de bajón) y constantes críticas a la gestión de la pandemia por parte de los gobernantes. Sin embargo, no he llegado a sentir ira ni impotencia. Como antítesis a los episodios aislados de placer que provocan los sentidos al ser estimulados, he disfrutado de un prolongado estado de paz y calma. Frente al requerimiento y la exigencia, yo he optado por la entrega y la confianza. El resultado, sereno y magnífico, se llama felicidad.

La crisis de valores que se ha instalado en nuestra cotidianeidad tiene su origen en la confusión entre placer y felicidad. Mucha gente equipara estos conceptos, pero son completamente distintos. Esta diferencia tiene una base biológica indiscutible. El ser humano es una maravilla de la naturaleza y producimos hormonas de todo tipo y para todos los gustos, como mensajeros que recorren el cuerpo y que condicionan nuestras reacciones. Si hablamos de placer y felicidad, hay que hacer referencia a cuatro de ellas: la endorfina, la oxitocina, la dopamina y la serotonina.

  • La endorfina es un analgésico y anestésico natural. Se produce, por ejemplo, al hacer deporte o reírse a carcajadas.
  • La oxitocina se encarga de establecer vínculos emocionales y sociales. Se la conoce como “la hormona del amor”, ya se trate de amor romántico, afecto social o autoconfianza.
  • La dopamina es un estimulador y acelerador. Su exceso puede conducir a adicciones y trastornos de la personalidad y el comportamiento.
  • La serotonina es un inhibidor que equilibra y apacigua la violencia y el dolor, de manera que la felicidad resultante se mantiene estable a lo largo del tiempo.

Centrémonos en las dos últimas. Imaginemos que un individuo consume cualquier sustancia adictiva. La dopamina estimula a una neurona, y a otra, y a otra… Y cuando las neuronas son estimuladas excesivamente y con demasiada frecuencia, tienden a morir. La neurona posee un fantástico mecanismo de defensa contra esto: reduce la cantidad de receptores que pueden ser excitados, en un intento desesperado por mitigar el daño de la sobreestimulación. En psicología, este proceso se denomina “supresión de estímulos”. Esta persona necesitará cada vez más cantidad de la sustancia en cuestión para obtener la misma cantidad de placer, porque hay menos receptores disponibles. Al final, recibes una dosis enorme, pero no sientes nada. A esto se le llama “tolerancia”. Y cuando las hormonas empiezan a morir, significa que hemos desarrollado una adicción. La felicidad, por el contrario, no depende del consumo de drogas ni se define como un eventual “subidón”, sino que es una disposición perenne con respecto a la vida. Como la serotonina es un inhibidor, apacigua a los receptores y provoca alegría. Experimentamos, entonces, ese sentimiento de ser uno con el Todo.

Hay una cosa que suprime la serotonina: la dopamina. Paradójicamente, cuanto más placer busques, más infeliz serás. El capitalismo exacerbado y la competitividad empresarial llevada al límite han desdibujado, intencionada y deliberadamente, la línea que separa placer y felicidad, de tal manera que la persona crea que, en verdad, la felicidad se puede comprar. Un sistema económico que fomenta el narcisismo y el hedonismo solo conduce a la destrucción de la esencia humana. Encontramos al hombre de hoy asfixiado por mensajes de consumismo compulsivo, hipnotizado por una falsa promesa de felicidad, cuando, en verdad, la imposición de tan absurdas expectativas le lleva a la frustración y la ansiedad.

El mes de octubre ha sido extraño y emocionante. He llevado a cabo una serie de actos desinteresados, a fin de proporcionar el bien a otras personas a las que aprecio y admiro, sin pensar en ningún momento en obtener un beneficio para mí. Todas, sin excepción, han agradecido mi gesto, y esa gratitud me ha hecho sonreír como hacía tiempo que no lo hacía. No tengo necesidad de decir públicamente el nombre de esas personas, porque eso sería alimentar mi vanidad y traicionar su confianza. Simplemente, destacaré que todos sus éxitos y logros son más que merecidos, y que su categoría profesional es directamente proporcional a su calidad humana. Soy afortunada, porque en esta jungla que es el mundo de la empresa, donde solo sobreviven quienes se adaptan y arriesgan, he encontrado a personas excepcionales. ¡Eso que me llevo, y que me quiten lo bailao! Mi admiración, aprecio y respeto para todos ellos.

Así que, partiendo de la biología y añadiendo unas gotitas de mi propia experiencia, deduzco las siguientes conclusiones:

  • El placer es pasajero. La felicidad es permanente. La intensidad del placer camina de la mano de su brevedad, mientras que la felicidad implica persistencia.
  • El placer es visceral, instintivo, carnal. La felicidad es etérea, lúcida, espiritual. Al igual que el sentimiento nace de la elaboración consciente de la emoción en el neocórtex, la felicidad brota de la sensata reflexión relativa a los propios alicientes.
  • El placer se experimenta solo: mis emociones, mis La felicidad se alcanza en grupos sociales, en cuyo seno la energía fluye y se crean nexos de unión. Recordemos: necesitamos integrarnos en tribus y sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos, pues así obtenemos la seguridad y el reconocimiento fundamentales para nuestra autorrealización.

Considero que el placer es recibir y la felicidad es dar. Si te hacen un regalo, sin duda sentirás placer, pero si eres tú quien hace un regalo, entonces sentirás felicidad. Es un hermoso obsequio para el alma ofrecer tus alas al prójimo para que vuele más y más alto. No es complicado ser feliz. Solo hay que amar.

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¡Mamá, quiero ser emprendedor!

Recuerdo a la maravillosa Concha Velasco, embutida en medias negras y chaqueta azul de lentejuelas, cantando a grito pelado “Mamá, quiero ser artista”. La revista fue un género muy popular en España en los años 80, hasta que el capitalismo impuso su ley y ya no resultó rentable viajar en furgoneta por la piel de toro cargando plumas y tacones. Pues bien, ese “Mamá, quiero ser artista” que hacía temblar a los progenitores cuando lo escuchaban de labios de sus hijos, se ha transformado hoy en una frase no menos inquietante: “Mamá, quiero ser emprendedor”. ¡Horror!

El deseo de triunfar es lícito y legítimo, ya sea sobre los escenarios o liderando una empresa. Lo malo es que a nuestros jóvenes les han vendido una versión almibarada de lo que significa emprender. Una de las mayores mentiras del ámbito laboral es que el emprendimiento es la panacea a los problemas de desempleo. Es cierto que ser tu propio jefe tiene muchas ventajas, pero también conlleva numerosos inconvenientes. Ah, no, pero no interesa que esa parte negativa salga a la luz, porque entonces los eufemismos ya no tendrían sentido y al emprendedor se le llamaría por el nombre que realmente le corresponde pero que nadie quiere pronunciar: “autónomo”.

¡La palabra maldita, el término prohibido, el vocablo tabú! Todos quieren ser emprendedores, pero no quieren oír hablar de ser autónomos. Ya, oiga, ¡pero es que es lo mismo! Podrá usted tomar decisiones sin nadie que le tosa, pero las consecuencias de esas decisiones serán únicamente responsabilidad suya, para lo bueno y para lo malo. Inestabilidad, preocupaciones y domingos delante del ordenador.

En estos meses han cerrado empresas consolidadas, de larga e impecable trayectoria, que contaban con una envidiable cartera de clientes. Nada han podido hacer para enfrentarse al enemigo invisible que ha robado empleos y vidas. Un coronavirus cualquiera se ha llevado por delante la economía de la nación. Pequeños y medianos empresarios han visto desaparecer sus negocios de la noche a la mañana. Otra cosa es el jovenzuelo inexperto al que llenan la cabeza de pajaritos. Ese cree que va a comerse el mundo haciendo cuatro cursos de informática. Pues no, hijo, no. Tendrás que lidiar con el propietario del local que alquilaste, los proveedores que te reclaman el cobro de materiales, los clientes insatisfechos (eso, cuando llegan clientes), el colega de la Agencia Tributaria (mejor no hablar del asunto tributario), las facturas incomprensibles de telefonía e internet y hasta con tu madre, que exclamará, mientras coloca el dedo acusador a diez centímetros de tu nariz: “Te lo dije”.

Yo creo que, en una situación como esta, no es conveniente hacer leña del árbol caído. Lo malo de vender humo es que nadie quiere recoger las cenizas cuando prende el fuego del fracaso. Sobreviene un incendio de frustración y deudas que ya es bastante castigo para el emprendedor que no quiso ver ni escuchar más que el amanecer de sus sueños y la voz de su pasión. Ningún empresario tiene el éxito garantizado eternamente, ya se trate de un popular hombre de negocios o de un chaval recién llegado a la jungla empresarial. También hay quien emprende por necesidad o se recicla después de años trabajando para otros. A todos ellos les quedará por delante una trayectoria profesional rebosante de esfuerzo y sacrificio. Habrá alegrías y satisfacciones, y es aconsejable alimentarse de ellas antes de que las crisis despierten el hambre.

Para ser empresario hay que estudiar, formarse y hacer números hasta decir basta. La vocación y la pasión deben ir acompañadas de una laboriosa investigación de mercado, a fin de conocer cuáles son las necesidades del cliente y si nuestro producto o servicio las satisface. Invertir en diseño e innovación no es cosa de broma y marca la diferencia entre ser uno más o convertirse en referente. Mantener la cabeza fría hasta en los momentos más difíciles es básico para sobrevivir en el actual entorno VUCA, caracterizado por una gran  volatilidad (volatility), incertidumbre (uncertainty), complejidad (complexity) y ambigüedad (ambiguity).

Habría que hacer un monumento al autónomo. Con su trabajo de sol a sol, tiran del carro de la economía y dan de comer a muchas familias. El camino está lleno de obstáculos, contratiempos, imprevistos, injusticias y disgustos. ¿Cuántos encajes de bolillos habrán hecho muchos empresarios durante las épocas de crisis, intentando averiguar cómo pagar las nóminas a todos sus empleados a final de mes? ¿Qué habrá sentido el fontanero, el electricista, el chapuzas de barrio a quien la pandemia confina en su casa, imposibilitándoles ganar el pan con el sudor de su frente? ¿Cómo se las habrá ingeniado esa madre soltera que hacía jornadas de 12 y 14 horas diarias, cuando de repente un bicho se come sus posibilidades de pagar la hipoteca?

Imagino que hay quien se ha despertado más de una vez en medio de la noche empapado de un sudor frío (eso, si ha logrado conciliar el sueño). No conozco ninguna escuela de negocios donde se impartan las asignaturas “Empresa versus pandemia”, “Cómo despedir a tus empleados cuando ya no te queda ni un euro en el banco” o “Cómo renunciar al que ha sido tu sueño durante toda la vida”. No hay secretos para triunfar y tampoco para mantenerse a flote en medio de la tempestad profesional. Lo único que está en manos del emprendedor es ser consciente de lo que implica ser el propio jefe. Hay que pensarlo muuuuucho antes de plantarse y decir: “Mamá, quiero ser emprendedor”. Un consejo: cambia las palabras y a ver cómo te suena eso de “Mamá, quiero ser autónomo”.

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