Los bustos parlantes: la epidemia de la comunicación 2.0

A los pocos días de decretarse el estado de alarma, leí en El País un artículo cuyo título me hizo sonreír: “La invasión de los bustos parlantes”. El texto destacaba la cantidad de personas que, desde el inicio de la crisis sanitaria, aparecían en Internet con el objetivo de informar, comentar o criticar la extraordinaria situación. Se dio un boom de comparecencias en las que el emisor del mensaje, según su experiencia más o menos dilatada en esto de hablar a la cámara, se volcaba en mayor o menor medida sobre la pantalla hasta el punto de que casi podíamos contar los pelos de su nariz. Daba igual repetir lo que ya había dicho fulanito o menganito; lo importante (y urgente) era ser miembro del club de los bustos parlantes.

Sin embargo, como bien indicaba el autor de este artículo, “debido al desgaste de los materiales, los bustos ya no informan, ni sosiegan ni animan. La confianza los vuelve paisaje”. La comunicación de crisis debe ser directa, breve, concreta y concisa. Nada que ver con lo que hace esta plaga de comentaristas, contertulios y colaboradores, además de supuestos expertos en diferentes materias, que han colonizado los medios digitales. ¡Señores, entiendan que, en estos momentos de indignación generalizada, su rol no es contribuir al aumento de la confusión, sino informar con objetividad sobre lo que está ocurriendo ahí fuera! La avalancha de opiniones y juicios marea y hastía. La obsesión por asaltar la intimidad del espectador a base de primeros planos, que tuvo cierta gracia al principio, ya aburre a quien simplemente desea conocer datos reales.

Por otra parte, a causa del teletrabajo, las videollamadas y los webinars, los ojos acaban la jornada secos y enrojecidos. No los maltraten, encima, obligándoles a contemplar unas ojeras mal disimuladas con maquillaje cuarteado, el grano chivato de un rebelde acné no tan juvenil o las raíces de unos cabellos que piden a gritos un tinte, aunque sea uno barato de supermercado que apeste a amoníaco. Ah, porque ésa es otra cuestión: es comprensible y dispensable que en medio de una reunión online se cuele la voz de un niño o el ladrido de un perro, pero oigan, cuiden su aspecto, su indumentaria y, sobre todo, respeten las normas de cortesía. La buena educación ha de regir nuestra conducta y comportamiento incluso cuando quienes nos escuchan están a kilómetros de distancia, aunque no lo parezca porque les hemos contado hasta la última peca de los mofletes.

Hablando de webinars, durante el confinamiento he asistido a varios. Algunos me han parecido muy dignos, otros me han sorprendido gratamente por su originalidad y los menos me han resultado infumables. Vamos a ver… Un webinar no puede consistir en hablar con el mismo tono de voz durante hora y media mientras pasamos una diapositiva tras otra. No lea en voz alta lo que pone en la diapositiva. ¡Yo sé leer! Esto es una falta de respeto a la persona que se inscribe en la actividad y nos está dedicando su tiempo. Quien se ponga al frente de un webinar, sea cual sea el número de asistentes, debe asimilar previamente tres ideas fundamentales:

  • Prohibido ser un busto parlante. Todo lo que se diga ha de tener un sentido y un significado.
  • Es imprescindible marcar un objetivo (¿Qué quiero conseguir? ¿Para qué organizo este webinar? ¿Qué quiero comunicar?), trazar una estrategia comunicativa (¿Cómo voy a transmitir el mensaje?) y elaborar un guion (¿De qué forma voy a transmitir el mensaje? ¿Qué pasos voy a dar? ¿De cuántas partes va a constar mi conferencia?).
  • Empatía, empatía y más empatía. Incluso en un entorno digital, las personas se mueven impulsadas por sus emociones. ¡Es vital establecer una conexión emocional con los participantes desde el minuto uno! No puedo sentarme delante de la cámara y soltar mi rollo; hay que motivar a los asistentes para que intervengan, estar pendiente de lo que escriben en el chat, nombrarles y felicitarles por sus aportaciones.

 

El orador que se presenta ante el público sobre un escenario o detrás de un atril juega con diversos elementos:

  • La cronemia o cronémica, definida como la estructuración del tiempo durante la celebración de un evento. Criterios para ordenar los comportamientos temporales son la preeminencia, el género, la antigüedad o la edad.
  • La proxemia o proxémica, relativa al uso del espacio en el que interactúan los asistentes al acto según su estatus, las tareas que realizan o su grado de conocimiento acerca del asunto a tratar.
  • La kinesia o kinésica, que se refiere al lenguaje no verbal.
  • La paralingüística, relativa a los matices que acompañan a las palabras: el tono, los silencios, las pausas, el ritmo, tono de voz, velocidad al hablar…

 

Es obvio que un webinar o una videollamada apenas nos permite jugar con el elemento temporal y espacial, y es por ello que las expresiones faciales y la voz toman el protagonismo. ¡Cuidado con los gestos que delatan inseguridad o titubeo! ¡Atención a las connotaciones de una frase pronunciada en cierto tono! Rostro y voz son dos herramientas magníficas que nos permitirán captar y mantener la atención de los oyentes durante toda nuestra intervención. Ya sea como ponentes en un webinar o a la hora de cerrar un acuerdo comercial a través de videollamada, la clave del éxito reside en lo que transmitamos con nuestras expresiones faciales y en cómo utilicemos los numerosos recursos de nuestra voz. Si la cara es el espejo del alma, la voz es, en palabras de Alejandro Jodorowsky, “tu segundo rostro. Ella revela tu inteligencia, tus sentimientos, tus deseos y tu fuerza”.

Jamás levantemos la voz para imponer una idea; antes bien, reforcemos nuestros argumentos. No seamos bustos parlantes que cotorrean aquí y allá repitiendo como loros frases vacías. La comunicación 2.0 es bidireccional, inmediata y social: aquí no sirve el “yo, yo, yo…”, sino el “nosotros”. Avanzamos hacia un modelo de negocio digital que, paradójicamente, debe cuidar en extremo las relaciones humanas y la atención personalizada. Los bustos parlantes tienen los días contados si solo ofrecen verborrea y politización de mensajes. Son una epidemia a la que vencerán los auténticos profesionales de la comunicación.

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Oratoria e inteligencia emocional. Hablar en público desde la consciencia

Como dijo Marco Tulio Cicerón (106 a.C – 43 d.C.), excepcional jurista, escritor y político romano: “Los poetas nacen, los oradores se hacen”. Retórica y oratoria son las dos caras de una misma moneda, inseparables e interdependientes, considerándose ambas como artes. La retórica es el arte de conocer el vocabulario y la semántica a fin de utilizarlos eficazmente para convencer o persuadir (según la Real Academia Española, “arte de buen decir”), mientras que la oratoria es el arte de expresarse con fluidez y soltura en base a ese conocimiento teórico (“arte de hablar con elocuencia”). Retórica y oratoria, en conjunto, integran lo que se popularmente se llama “hablar con propiedad”, ya que tan importante es poseer un amplio abanico de términos como utilizarlos correctamente en una frase. Y frase a frase, se construye un discurso.

Hace tiempo leí un librito que me llamó mucho la atención: Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruíz (Ediciones Urano, Madrid 1998). Dejando a un lado la introducción pseudoreligiosa que realiza el autor explicando cómo se fraguó su obra, sí me resulta muy interesante llevar a la práctica esos cuatro acuerdos que una persona debe firmar consigo misma si desea evolucionar a nivel interior y que esa evolución se manifieste exteriormente. El primero de ellos, “Sé impecable con tus palabras”, es el origen de los otros tres: “No te tomes nada personalmente”, “No hagas suposiciones” y “Haz siempre lo máximo que puedas”.  Ser “impecable” (es decir, “sin pecado”) con las palabras significa no utilizarlas contra uno ni contra los demás, focalizando correctamente la energía que nos proporciona el amor. Cuando aquí hablo de amor, me refiero especialmente al amor propio. Muchos hablan del prójimo olvidando que, para respetar, amar y ayudar a los demás, antes hay que respetarse, amarse y ayudarse a uno mismo. Señores, esto no es egoísmo; es dignidad.

Hay cientos de libros y artículos relativos a cómo perder el miedo a hablar en público, pero pocos de esos libros y artículos se refieren a las emociones que siente el speaker. Me gusta pensar en el orador como un contador de historias, un moderno trovador capaz de transmitir su mensaje no sólo con palabras, sino con todo su cuerpo. A un orador excelente se le reconoce porque su actitud se basa en tres rasgos  fundamentales: confianza, naturalidad y entusiasmo. Confianza en que sabe de lo que habla, en que domina la materia y conoce la mejor forma de compartirla. Naturalidad al mostrarse tal como es y tal como siente, sin avergonzarse de ello. Entusiasmo que irradia a través del brillo de sus ojos y la difusión generosa de su energía.

 A su vez, una conferencia atractiva se caracteriza por compartir los rasgos propios de una verdadera historia, y por ello la técnica del storytelling es una de las más utilizadas por los oradores excelentes. Se trata, como muchos expertos han repetido hasta la saciedad, de empezar por el principio, continuar por el nudo y acabar con el desenlace. Estupendo, ¿y eso qué significa? Pues significa que el orador excelente siente una descarga eléctrica con cada palabra, cada frase, cada párrafo. Conforme avanza la historia, su implicación en ella es mayor, visualiza las escenas y los escenarios, y cuando se acerca el momento culmen, todo su ser se eleva arrebatado de emociones. El orador excelente es quien hace suya la historia, la vive y la comunica con pasión.

Yo creo que, a la hora de hablar en público, es necesario que el speaker sepa quién es él, cuáles son los puntos fundamentales de su exposición, qué siente al hablar sobre esa temática y cómo desea manifestar esa emoción. La sublimación del vínculo emocional da como resultado el nexo espiritual entre el orador y sus oyentes. No se trata de hacer un uso perfecto de la retórica a través de la oratoria, ni de obsesionarse con el control de la postura corporal, ni de dominar todos los matices de la paralingüística. La excelencia al hablar en público se logra cuando el orador experto en la materia es capaz de volcar las emociones y la pasión que late en su interior para fluir, fuera del espacio y del tiempo, arrastrando a todo aquél que escucha la historia. Ese estado de flujo es el demiurgo de una conexión cuasimágica, envuelta en el aura de los antiguos rituales, de manera que el orador se transforma en maestro de ceremonias y los asistentes se contagian de la solemnidad del momento.

En la actualidad, los profesionales del protocolo saben de la importancia de la aplicación y gestión de emociones en los diferentes actos y eventos que organicen, ya sean públicos o privados, oficiales o no oficiales, institucionales o corporativos. Por eso, la persona que suba al atril o al escenario y se disponga a hablar al público asistente debe contar no sólo con formación y experiencia en el ámbito de la comunicación, sino también, y muy especialmente, en inteligencia emocional. Un profesional de la comunicación será un excelente orador si tiene el valor de conocerse a sí mismo, identificar qué siente y expresar esas emociones abriéndose en canal ante su público. Aquí no cabe la vergüenza ni el miedo, sino el gozo de hacer a los otros cómplices y partícipes de los propios sentimientos y así contribuir a la mejor y más efectiva captación del mensaje.

Dicen que la felicidad es una actitud ante la vida y se mide por momentos. Yo afirmo, sin lugar a dudas, que uno de los momentos más felices que puede experimentar un profesional de la comunicación es hablar en público. Hoy por hoy, cuando desde el atril me dirijo al público que asiste a un evento, experimento una impagable inyección de autoestima y dicha. Así que ánimo, valor y fuerza a todos esos magníficos oradores en potencia que tiemblan al pensar en dirigirse a un auditorio. Hablar en público eficazmente es el resultado de una disciplinada secuencia: autoconocimiento, gestión de emociones, dominio de la materia y, por último, práctica incansable, definitivo peldaño de la escalera que conduce a la excelencia como orador.

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