La perfecta imperfección (It´s ok not to be ok)

Soy una líder, y estoy cansada. Es un agotamiento físico, mental y emocional que me ha obligado a bajar el ritmo (elegante eufemismo para referirme a mi parón en seco) después de largos meses de esfuerzo y tensión acumulada. El viento huracanado que me daba alas ha comenzado a amainar, así que me he autoimpuesto medidas para lidiar con el exceso de responsabilidades y el calor de 40º que asfixia el entusiasmo: silencio, soledad y meditación. Sé que estas medidas me ayudarán a encarar las situaciones que escapan a mi control.

Problemas, circunstancias adversas, acontecimientos imprevistos, accidentes… En efecto, no podemos controlarlos, pero sí podemos desarrollar la resiliencia, que supone un aprendizaje y conlleva un crecimiento personal y una demostración de la fuerza del alma que nos hace contemplar el mundo con otros ojos. Ser resiliente es tomar consciencia tanto de nuestra fragilidad como de nuestros recursos para recuperarnos de una tragedia. Sin embargo, la resiliencia llevada al extremo muta a competencia desadaptativa: al sobreestimar nuestras facultades, nos adentramos en terreno pantanoso.

Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido, El hombre en busca de sentido último y En el principio era el sentido, nos habló de que la vida es digna de ser vivida incluso cuando existe sufrimiento, ¡precisamente a través de ese sufrimiento! La diferencia entre el individuo común y el hombre extraordinario reside en la actitud que se adopte ante la desgracia. Somos dueños de nuestras decisiones, actos y omisiones, y aunque no poseemos el don de escoger las cartas con las que nos obsequia la existencia, sí podemos elegir cómo jugarlas. Para Frankl, el sentido de la vida es encontrar un propósito: si conocemos un por qué, siempre hallaremos un cómo.

La cuestión es que, a  veces, la fatiga nubla nuestro juicio. ¿Qué ocurre cuando tu identidad se desdibuja? ¿Qué sucede cuando dudas de que tu propósito vital sea x? ¿Y si, de repente, ya no te apasiona aquello por lo que has luchado durante tanto tiempo? Es necesario expresar las emociones, sentimientos, ideas y pensamientos que nos asaltan en nuestras horas más bajas. El autoconocimiento y el abrazo al yo permiten establecer “líneas rojas” que no debemos cruzar, so pena de dañar nuestra salud física, mental, emocional y espiritual. Somos humanos, no superhéroes. ¡Somos perfectamente imperfectos! La manifestación de la debilidad es, en verdad, una muestra de seguridad y fortaleza. ¡Está bien no estar bien! It´s ok not to be ok!

Mantenerse al pie del cañón, aguantando impertérritos los envites del Destino, nos pasa factura. Es entonces el momento de frenar y perdonarnos. Perdonarnos por haber forzado la máquina, por no haber sabido (o querido) escuchar la voz del espíritu que rogaba descanso. Se trata de una autocompasión sana, que nada tiene que ver con el victimismo o la culpa, sino con la adecuada identificación y gestión de nuestras emociones. ¡Hay que practicar la bondad hacia uno mismo, como sublime acto de amor propio!

Al abuso de la resiliencia en la vida analógica se suma la presión a la que nos somete la vida digital. “Dientes, dientes”, cuerpos de infarto, ropa de marca, familia ideal y éxito profesional. Nos convertimos en hologramas insensibles y patéticos, y corremos el riesgo de que la frontera entre persona y personaje se difumine. Es lógico que, a medio-largo plazo, y a causa de la exhibición aparentemente pluscuamperfecta del hacer y el tener, se produzca un cortocircuito en el ser. Mantener la apariencia de una continua felicidad exige un gasto energético brutal y terrible. Reconocer que sufrimos, pedir ayuda y desahogarnos es una magnífica catarsis que nos devuelve la armonía interior. Cuando la esencia grita “¡Basta!”, la matrix calla.

La pandemia continúa haciendo estragos en todo el mundo. Seguimos enfrentándonos a un enemigo invisible que posterga una y otra vez la consecución de nuestros objetivos. Vivimos en una incertidumbre abrumadora, y hasta los más curtidos especialistas en salud mental coinciden en afirmar que jamás habían visto tal incremento en número de casos de ansiedad y depresión. El implacable tic-tac del reloj resuena como un trueno que se estrella contra el océano. Estamos perdidos en un mar de respuestas huecas y vacilantes. El único absoluto que encontramos entre tanta relatividad es la aceptación de que estamos mal, y tenemos derecho a sentirnos así. “Todo irá bien” es un mantra que, en ocasiones, resulta tan falso como contraproducente. ¡No hay ninguna garantía de que todo irá bien! Optimismo realista, siempre; pensamiento positivo radical, nunca.

La conclusión es que los seres humanos  tenemos días buenos, malos y regulares, y es ridículo fingir alegría cuando la tristeza se apodera de nosotros. Esa tristeza es circunstancial y, afortunadamente, tiene fecha de caducidad, pero también es muy real, se siente aquí y ahora y merece consideración y respeto. Yo he decidido activar el modo “vacaciones cerebrales”. Porque lo necesito, porque me da la gana y porque estoy orgullosa de mi perfecta imperfección.

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Una noche cualquiera

24 de diciembre, Nochebuena. Brota cierta nostalgia y desazón cuando se contempla el movimiento de las agujas del reloj. Tal vez la frase que mejor me defina sea “Érase una mujer a un reloj pegada”, como coloquial revisión del soneto de Quevedo. Tiempo…. Y salud. Esos son los verdaderos regalos de esta Navidad. Porque son escasos y se deslizan raudos como agua entre los dedos, porque son finitos y absolutos y no podemos controlarlos. La gestión del tiempo es una utopía, pues él fluye ajeno e indiferente a nuestras circunstancias y deseos. La buena salud es un extra que casi siempre viene de serie y que desaparece a poco que nos descuidemos. Ahora tenemos la oportunidad de apreciar el tiempo y la salud como se merecen.

Este año, he crecido a nivel emocional, espiritual y profesional. Mi familia se encuentra bien. He conocido a expertos en múltiples disciplinas que me han regalado su experiencia y sabios consejos. Tengo un techo bajo el que dormir y mi frigorífico está lleno. Mis amigos son nobles y leales. Tengo un trabajo que me permite vivir con dignidad y mi primer libro está a punto de publicarse. Los míos y yo hemos aprendido a lidiar con las ausencias y hace muchas Navidades que brindamos por los que se han ido, por lo que estamos aquí y por los que aún tienen que llegar. Por supuesto, entiendo que hay personas con graves problemas, pero la adversidad no es mayor durante una noche concreta; sólo la magnificamos. Sé que los reencuentros son especialmente emotivos en estas fechas y es fantástico dar de comer a medio árbol genealógico entre risas y achuchones, pero el calendario tiene otros 364 días en los que se puede hacer lo mismo. Así que, ¿de verdad tenemos derecho a quejarnos por una Nochebuena diferente? La melancolía es habitual compañera de juegos de la Navidad. Quizás, este 24 de diciembre gane una batalla muchos hogares, pero, por favor, no le permitamos ganar la guerra.

Me sobran el pavo relleno, el belén y la zambomba. Toda esa voluptuosa parafernalia está de más en un año en que lo principal es celebrar la vida. Es muy hermoso sentir alegría, mas, a veces, la carcajada resuena demasiado fuerte. Creo que la Navidad se ha desvirtuado hasta transformarse en una caricatura de sí misma. Todo es excesivo y delirante, nos invade lo kitsch y se impone la obligación de ser feliz. Tomemos consciencia: lo importante es qué se celebra, y no cómo se celebra ni dónde.

En cuanto al quién, estoy segura de que habrá más de uno que dé gracias por no tener que compartir mesa con el cuñado jartible ni con la suegra metomentodo. Esta Nochebuena, extraña para muchos, será para otros un bálsamo de calma y tranquilidad, libres de compromisos familiares y cenas multitudinarias que sólo acaban de tres formas: con borrachera, con discusión o con indigestión (o con todas). Hay personas que son metralletas pelando y comiendo gambas. Tendrían que acudir a uno de esos concursos de talentos en los que un individuo se desliza como si tal cosa cabeza abajo por una barra vertical, o una chiquilla de siete años borda la Habanera de Carmen, de Bizet. También se antoja insufrible aguantar la verborrea incesante del primo Fulanito presumiendo de su éxito entre las mujeres, o soportar estoicamente la mirada y dedo inquisidor de la tía Menganita repitiendo que se te va a pasar el arroz como no te eches novio pronto. Aunque estos personajes parezcan estereotipos, juro que son reales, que sus estómagos son pozos sin fondo y que suelen olvidar la vergüenza y el decoro en sus casas.

Descerebrados los ha habido, los hay y los habrá. No me sorprenden las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes malgastando el tiempo y jugándose la salud en fiestas clandestinas, sin mascarillas y sin respetar las medidas de seguridad. Me gustaría que los medios de comunicación, en lugar de bombardearnos con este tipo de material audiovisual, contribuyeran a mantener la fe y la esperanza. Mi abuela decía: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una jarra de vinagre”. A ver, oiga, no me eche más broncas ni me deprima con cifras desoladoras. Llevamos muchos meses con la misma cantinela. La clase política sigue dando palos de ciego y exhibiendo su incompetencia, incapaces de evitar la tragedia, ¡Estoy harta de restricciones y de toques de queda! Yo, y todos los españoles, y todos los ciudadanos de este pobre planeta. Ahora es momento de insuflar ánimos y energía. Necesitamos paz, tranquilidad y, sobre todo, amor, que es el antídoto del miedo. Hay tanto pánico en el ambiente que pretendemos eliminarlo a base de juerga y desfase, cuando lo único que puede neutralizar su poder es el amor.

Ha sido un año muy duro, y lo que nos queda. No es necesario reunir a 30 comensales para demostrarles que los amamos a todos. Ellos ya lo saben. A través de la historia, los obstáculos han sido el aliciente que nos han empujado a avanzar. Somos seres gregarios y sociales, pero en la Naturaleza no sobreviven los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan a las circunstancias. Sí, es cierto que la Nochebuena del 2020 será distinta a las del pasado, pero adaptémonos a los que nos ha tocado y así multiplicaremos las probabilidades de que la Nochebuena de 2021 vuelva a ser lo que consideramos “normal”.

Los cristianos celebran el nacimiento de Jesús, mientras que los no creyentes hacen lo propio con el solsticio de invierno o se limitan a disfrutar de un período de descanso vacacional. Sea como fuere, lo cierto es que todo ello remite a una misma idea: la luz. Es época de renacimiento, de amanecer y esplendor. Y me refiero a una chispa interior, no a la vorágine consumista y estridente de la Navidad mediática. Este año no es posible armar la marimorena en 50 metros cuadrados, pero no nos hundamos en el pozo de la negatividad. Hay mucho por lo que dar las gracias, aunque esta Nochebuena sea una noche cualquiera. Feliz Navidad.

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