Elogio de la vida canalla

Vivimos en un mundo en el que la doble moral campa a sus anchas, protegida por el escudo de lo políticamente correcto. Talibanes de la norma y fariseos de valores baratos predican su mensaje de saber estar y estricto régimen protocolario cuando, en realidad, no tienen ni idea de lo que significa la palabra “clase”. Porque hay individuos que rompen las reglas con tanta naturalidad y gracejo que convierten esa elegante rebeldía en elemento característico de su marca personal. La vida canalla, que a muchos les gustaría disfrutar aunque no lo reconozcan, es la que han elegido llevar los indómitos, almas libres que encaran la existencia desde una perspectiva muy singular.

Estos personajes de vida canalla exprimen las horas más allá de los límites del tiempo. Tienen por costumbre irse a la cama cuando la ciudad comienza a despertar: cerrar los bares y abrir las puertas del duermevela forma parte de su cotidianidad. Se zambullen en los espacios oníricos donde les sumergen los vapores etílicos y, a veces, alucinan con otras sustancias de cuyo nombre no quiero acordarme. Enamorados del amor, con frecuencia histriónicos y salvajes, que olvidan llenar la nevera porque están demasiado ocupados cultivando el jardín de su universo interior.

Sostienen desafiantes la mirada, crápulas de discurso elevado y extraordinaria inteligencia. Sus arrugas son testigo y consecuencia de la alegría más desbordante y la decepción más amarga. Sus juergas y frustraciones los han encumbrado a la categoría de mitos, deidades que protagonizan gloriosos textos y sublimes melodías. Son, en fin, ídolos de carne y piel, quizás más delicados que el resto de los mortales, y a quienes la Historia acoge entre sus brazos como una madre acuna a su hijo recién nacido.

Tenemos numerosos exponentes de vida canalla, tanto a nivel patrio como internacional, y los encontramos en todas las épocas. ¿Cómo ignorar las innumerables correrías de Giacomo Casanova o las comprometidas  amistades de Frank Sinatra? ¿Qué extraña melancolía envolvió al ambiguo Lord Byron, considerado aun hoy prototipo del poeta maldito? ¿Cómo resistirse al carisma de Jaime de Mora y Aragón, aristócrata y actor, figura imprescindible de los años dorados de Marbella, municipio de cuya Oficina de Turismo llegó a ser el responsable? ¿Qué sería de Joaquín Sabina sin sus “cenicientas de saldo y esquina” o sin su “princesa de la boca de fresa”? ¿Acaso alguna influencer o famosilla de tres al cuarto puede compararse con Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, que se bebía el agua de los floreros en cada escapada a Madrid y toreaba vaquillas sin despeinarse? ¿Cómo olvidar a Sara Montiel deleitándose con el sabor y el aroma de un buen puro?

Caballeros y damas que esgrimen la espada de la osadía, defendiendo con uñas y dientes su feudo de libertad, que no de libertinaje. Porque la vida canalla se confunde a menudo con la perversión y la ruindad, pero son conceptos muy dispares: el pícaro hace de su capa un sayo y hace lo que le da la real gana sin lastimar a los demás. Ahí radica la diferencia entre un desalmado malasangre y un magnífico granuja. El canalla que define el Diccionario de la Real Academia y el que yo ensalzo son radicalmente opuestos. El golfo con encanto y la reina sin corona son especies en peligro de extinción. Por eso despiertan admiración, y por eso nos duele cuando alguno de ellos abandona las jaranas terrenales para seguir la fiesta en el Más Allá. Sí… hay canallas y canallas. Aquel cuyo atractivo hoy ensalzo resulta irresistible porque esconde, en el fondo (muy en el fondo) un corazoncito sensible y ávido de ternura. Quizás fue la soledad no escogida la que les moldeó esa imagen aparentemente fría y superficial o, tal vez, fue la mala reputación ganada a pulso la que les condenó a la soledad.

Es imposible mantener una perenne conducta ejemplar. Hay reglas que están para cumplirse y hay otras que están para romperse, y lo importante es saber cuándo y cómo. Ya Aristóteles hacía malabares con la inteligencia emocional cuando dijo:

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

 

Si aplicamos la inteligencia emocional al cumplimiento de las normas y su hipotética vulneración, obtenemos las palabras del Dalai Lama:

“Aprende las reglas y así sabrás cómo romperlas apropiadamente”

 

Quien lleva una vida canalla ha roto mil y una reglas y eso le hace feliz, teniendo en cuenta que la felicidad no es una emoción (breve, intensa y pasajera) sino un estado y, por tanto, implica perdurabilidad. ¿Esto significa que para ser feliz hay que pasarse el día de parranda? En absoluto. Lo que digo es que a nuestro cuerpo, cerebro y espíritu les viene de lujo romper de vez en cuando las ataduras del corsé que otros nos imponen. Hay que liarse la manta a la cabeza, dar una patada al suelo… ¡y que salga el sol por Antequera!

Si queremos avanzar, tendremos que romper las reglas en alguna ocasión. Bienvenida sea la vida canalla si con ella adquirimos conocimiento, habilidad y experiencia. Recibámosla con gusto si nos trae una mayor creatividad y sensibilidad. Gocémosla y salgamos de nuestra aburguesada zona de confort, abramos la mente y dejémonos sorprender por lo inesperado. Que el miedo a las lágrimas no nos impida contemplar la belleza que nos aguarda fuera de la caverna. Desde la humanidad más desbordante, permitámonos cometer errores y caer, y así nos levantaremos mejores y más fuertes. Tal vez no pasaremos a la Historia como sí han hecho otros, pero podremos decir bien alto: “Que me quiten lo bailao”. Como afirmó la oradora motivacional Mary Lou Cook:

“Para abrir nuevos caminos, hay que inventar; experimentar; crecer, correr riesgos, romper las reglas, equivocarse… Y divertirse”

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Los propósitos de Año Nuevo en la era del coaching

                Hoy acaba el año y tenemos por costumbre realizar un balance de los pasados 12 meses. Experimentamos emociones contradictorias y sentimientos encontrados cuando nos percatamos de que otro año se marchó, casi sin darnos cuenta, enfrascados en el alocado ritmo diario. Nos zambullimos en lo urgente y demoramos sine die proyectos e iniciativas que, año tras año, incluimos en la lista de buenos propósitos y quedan relegados a la cola de nuestras prioridades. Apenas hay tiempo para dedicarlo a lo realmente importante. Pero, ¿qué es lo verdaderamente importante?

                La procrastinación se hace dueña de la cotidianeidad. Una idea que no se lleva a cabo no cambia nada; un sueño que no se materializa no marca ninguna diferencia. Si no luchamos por lo que deseamos, ¿significa esto que hemos errado en la elección de los propósitos? Yo creo que más bien hemos confundido conceptos, ya que es posible fijar objetivos y realizar acciones que nos ayuden a su consecución, pero por encima de esos objetivos se encuentra un propósito superior, la fuerza que inspira cada paso y que nos empuja a levantarnos por más veces que caigamos.

                El propósito es la meta última de la vida y, en coaching, responde al a pregunta “¿Para qué?”. Si el individuo no sabe responder a dicha pregunta, tampoco podrá determinar los objetivos que le acerquen a la meta y que responden al “¿Qué?”, y mucho menos diseñar las acciones que posibilitan alcanzar los objetivos y que definen el “¿Cómo?”. Es muy divertido escribir listas llenas de buenos deseos, pero tengamos esto claro: esa lista no incluye propósitos, sino objetivos. El propósito sólo es uno y ocupa un lugar sobresaliente en nuestra hoja de vida, mientras que los objetivos pueden ser múltiples y han de cumplir la regla SMART: específicos, mensurables, alcanzables, relevantes y sostenibles en el tiempo.

                Si el propósito es aquello que nos mueve, significa que es energía, y no hay energía más poderosa que la emoción, del latín emotio, derivado del verbo movere. La emoción es energía en movimiento, y el coach acompaña al coachee a descubrir hacia dónde caminar. Quizás el miedo, las creencias irracionales y limitantes, o simplemente perseguir sueños ajenos en lugar de los propios, son la explicación al desconocimiento o abandono de nuestra meta. Lo maravilloso es que el propósito se mimetiza con nuestro sentido de ser, el significado del que dotamos a la existencia. Somos fácilmente manipulables si ignoramos quiénes somos; sin embargo, cuando tomamos consciencia de nuestro verdadero yo, también hallamos el auténtico sentido de nuestra vida. Ahí tenemos el propósito, la meta, el fin último que anhelamos y que nos insufla entusiasmo y vigor ante los obstáculos.

                Para que encajen las piezas de nuestro ser, hay que conocer el propósito, definir nuestra misión y visión, así como saber cuáles son los valores por lo que nos regimos. Mucho y bien se ha escrito sobre este tema y no quiero resultar repetitiva. Lo que sí me gustaría subrayar es que, cuando una persona piensa, siente y actúa en función de su propósito, su misión y visión, y con total fidelidad a sus valores, experimenta una inmensa felicidad. Es una felicidad que nace del interior, real, no derivada de placeres mundanos y eventuales, sino perenne y constante. La persona está alineada con su ser, con su significado de la vida, y ello le mantiene en un estado extraordinario: el sosiego del alma.

                ¡Fascinante! El propósito que nos impulsa favorece la serenidad del espíritu. A su vez, ejercitar la calma interior facilita el descubrimiento del propósito. Es una magnífica espiral de mejora continua, basada en una inicial toma de consciencia, el compromiso con objetivos SMART y la acción dirigida a la consecución de estos. Sin prisa pero sin pausa, como indica el kaizen coaching, avancemos con seguridad y coherencia hacia el destino que cada uno ha elegido para sí. Porque el hombre goza de un don divino que a menudo no aprovecha como debiera ni agradece lo suficiente: el libre albedrío. La libertad para pensar, sentir, decidir y actuar. La libertad para amar y ser amado, para descubrir su propósito y vivir en consonancia con él.

                El individuo ambiciona objetivos que son, desde una perspectiva lógica, imposibles de cumplir, y malgasta sus facultades y recursos persiguiendo quimeras. ¡Tanto potencial, talento y esfuerzo derrochados inútilmente! Ay, pero es que el hombre es espiritual, holístico, complejo, multidimensional, plétora de emociones, un misterio para sí mismo y guardián de razones que la razón no entiende. Ésa es la cuestión: resulta absurdo apelar a la racionalidad pura cuando se trata de aclarar el propósito de la vida. Es un elemento inmaterial, un asunto que trasciende el método científico y las capacidades del intelecto. Para encontrar el significado de la existencia y el sentido de ser hay que despertar hacia dentro y abrirse hacia fuera, escuchar el silencio y conversar en tácito diálogo con el único que posee la llave del alma: el yo.

                Esta noche de 31 de diciembre, cuando escribamos la típica lista de deseos, detengámonos un instante para reflexionar. En una imaginaria coctelera, mezclemos en justa medida la pasión, los acicates, el entusiasmo y la realidad. Añadamos un buen chorro de sentido común y otro pellizco de deseo. Agitemos sin miedo, sirvamos frío (que ya lo calentará el fuego de la ilusión) y bebamos a grandes sorbos, porque hoy estamos aquí, pero mañana quién sabe. Enhorabuena a quienes ya conocen su propósito, ánimo a los que están en camino de encontrarlo, y respeto a aquellos que ni siquiera se plantean buscarlo. A todos ellos, sin distinción alguna, ¡Feliz Año Nuevo!

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